El informe del Congreso cifra en 81 los aviones perdidos por EE.UU. en la guerra con Irán: 3.300 millones

El documento del Congressional Research Service, elaborado con fuentes abiertas ante el silencio del Pentágono, eleva a 81 las aeronaves fuera de combate. La mayor sangría se la llevan 45 MQ-9 Reaper, siete KC-135 y doce F-15E.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Un informe del Congressional Research Service eleva a al menos 81 las aeronaves de EE.UU. perdidas desde el arranque de la guerra con Irán a finales de febrero. El coste estimado ronda los 3.300 millones de dólares.
  • ¿Quién está detrás? El documento fue elaborado para el Congreso a partir de informaciones periodísticas y comunicados del CENTCOM y del Departamento de la Guerra. El Pentágono no lo ha confirmado.
  • ¿Qué impacto tiene? El Legislativo pone el foco en si hay fondos para reponer los aparatos y en las brechas de capacidad que dejan plataformas ya escasas.

El Congressional Research Service cifra en al menos 81 los aviones perdidos por EE.UU. en la guerra con Irán, con una factura que podría alcanzar los 3.300 millones de dólares en aparatos destruidos o dañados.

Difundido este martes para uso de los legisladores, el informe no aporta una lista oficial cerrada. Se apoya, según sus autores, en en informaciones aparecidas en prensa y en comunicados del Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) y del Departamento de la Guerra. El Pentágono, como ya ocurrió en fases anteriores del conflicto, sigue sin publicar un inventario completo. El dato duro: 81 plataformas fuera de combate o tocadas, y una cifra que crece cada mes que la campaña permanece abierta.

Qué se ha perdido: del caza furtivo F-35 a los 45 MQ-9 Reaper

El documento del Congressional Research Service detalla por tipos. Entre los aparatos más sensibles, un F-35A Lightning II, el caza furtivo de quinta generación, resultó dañado por fuego iraní el 19 de marzo. Doce F-15E Strike Eagle figuran en la lista: tres fueron derribados por fuego amigo en el espacio aéreo de Kuwait a comienzos de marzo, otro fue alcanzado sobre Irán semanas después y ocho más sufrieron daños menores durante un ataque con misiles de Teherán contra una base en Jordania en septiembre. Estos últimos, según el CRS, ya han vuelto al servicio.

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La flota de reabastecimiento aéreo es la que más ha sangrado en proporción. Siete KC-135 Stratotanker resultaron destruidos o dañados. Dos se vieron envueltos en un incidente el 14 de marzo: uno se estrelló en Irak con sus seis tripulantes a bordo, todos fallecidos, y el otro efectuó un aterrizaje de emergencia. Seis más quedaron afectados días después en un bombardeo iraní contra una base estadounidense en Arabia Saudí. La pérdida de un solo Stratotanker obliga a rediseñar la cadena de reabastecimiento de un escuadrón entero.

De los helicópteros, el informe registra un AH-64 Apache derribado sobre el estrecho de Ormuz, cuatro AH-6 Little Bird perdidos durante operaciones de rescate y un MH-60 Sea Hawk estrellado en el mar de Arabia a mediados de septiembre. La lista se completa con dos A-10 Thunderbolt II, dos MC-130J de operaciones especiales y un E-3 Sentry, el avión de alerta temprana y control aerotransportado que funciona como el ojo del dispositivo aéreo.

La sangría mayor, sin embargo, se la llevan los drones. Al menos 45 MQ-9 Reaper han caído desde febrero. Es la mayor pérdida de una plataforma que el Ejército estadounidense emplea a diario para vigilancia y ataques de precisión, y una que se fabrica a un ritmo que no compensa el consumo en tiempo de guerra.

El número de aparatos importa menos que la cuenta que hay detrás: reponer un F-35 no se resuelve con presupuesto, sino con años de industria y entrenamiento.

Por qué el Pentágono se resiste a dar la lista completa

El Congreso ya había criticado antes al Pentágono por su reticencia a ofrecer una relación completa de pérdidas. Este informe, elaborado por el servicio de estudios del propio Legislativo, sortea ese bloqueo recurriendo a fuentes abiertas. No es una lista oficial, pero se acerca más que las comunicaciones castrenses.

Tres cuestiones merecerían supervisión parlamentaria según el texto: si el Pentágono tiene fondos para reponer los aparatos dañados, si la pérdida de plataformas veteranas y escasas en producción puede abrir brechas de capacidad operativa y cómo se está gestionando el desgaste en una campaña que ya dura más de siete meses.

El mes pasado, la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) calculó que el conflicto ha costado ya cerca de 38.000 millones de dólares en sus primeros cinco meses. Por cada mes adicional de combate, la factura subiría entre 2.000 y 3.000 millones más. Una guerra que la administración Trump presentó como un golpe de precisión se ha convertido en una campaña abierta con coste creciente.

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Equilibrio de Poder

La lectura estratégica del informe no está tanto en el número como en lo que revela del desgaste estadounidense frente a una potencia intermedia. Mientras Washington y Tel Aviv mantienen la ofensiva, Teherán ha elevado su capacidad de producción de armas a 2,5 veces los niveles previos a la guerra, según el portavoz del Ministerio de Defensa iraní, el general de brigada Reza Talaei-Nik. La República Islámica fabrica más de mil tipos de sistemas de armas y municiones, muchos con mejoras tecnológicas introducidas durante el conflicto. Es la paradoja clásica: cada bomba que cae sobre una fábrica iraní parece haber reforzado, no debilitado, la capacidad de sustituirla.

El precedente más cercano en la memoria reciente es la campaña aérea de la OTAN sobre Libia en 2011. Entonces también se subestimó la resiliencia de un adversario supuestamente inferior y se infravaloró el coste de sostener un dispositivo aéreo prolongado. Entonces no había drones de ataque masivos ni misiles balísticos iraníes apuntando a bases en Jordania y Arabia Saudí. Ahora sí. Las pérdidas en KC-135 y la caída de un E-3 Sentry tocan precisamente los nudos de mando, control y sostenimiento que hacen posible la superioridad aérea. Sin repuestos y sin cadenas logísticas completas, esa superioridad se degrada en semanas.

Para España el impacto es indirecto pero real. La base de Rota concentra cuatro destructores AEGIS y capacidades de reabastecimiento que forman parte del paraguas logístico de Estados Unidos en Europa. Si el esfuerzo aéreo se concentra en Oriente Próximo durante más tiempo, la rotación de medios hacia el flanco este de la OTAN y hacia el Mediterráneo occidental se resiente. A eso se suma el efecto sobre el precio del crudo y el gas: un conflicto de siete meses con Irán mantiene una prima de riesgo energético que se traslada directamente a la factura de los hogares españoles.

De fondo late otra cuestión. La capacidad de un portaaviones o de un escuadrón de F-35 para operar depende de que los reabastecedores lleguen, de que los aviones de alerta temprana vuelen y de que los drones mantengan la vigilancia continua. Cuando se pierden siete Stratotanker, 45 Reaper y un E-3, no se pierden solo aparatos: se pierde la arquitectura que hace posible la campaña. El Congreso ha puesto el foco ahí, y lo hará con más fuerza conforme avance la factura. La próxima cita de supervisión presupuestaria, con el informe trimestral de la CBO previsto para diciembre de 2026, marcará el tono del debate sobre si esta guerra se puede sostener al ritmo actual.