El calor de aquel final de agosto de 1724 caía sobre Madrid sin tregua. Dentro de palacio, los médicos de cámara entraban y salían de la alcoba real con paños húmedos y gesto grave. La viruela, que llevaba semanas recorriendo los barrios de la capital, había cruzado por fin los muros de la residencia real. El rey tenía diecisiete años recién cumplidos, doscientos veintinueve días de reinado y un cuerpo que nunca había dado muestras de fortaleza. Cuando brotaron las primeras pústulas, el diagnóstico dejó de ser una duda incómoda y se convirtió en sentencia.
Luis I de España murió el 31 de agosto de 1724, seis días después de cumplir años. Había nacido el 25 de agosto de 1707. Entre las dos fechas caben una guerra, una abdicación, una boda de Estado y el reinado más breve que ha conocido la corona española.
Capítulo I: El heredero de una guerra
Luis vino al mundo en el palacio del Buen Retiro el 25 de agosto de 1707, en plena Guerra de Sucesión. Su padre, Felipe V, llevaba casi siete años sentado en un trono que media Europa le discutía, y aquel mismo año la victoria de sus tropas en Almansa, el 25 de abril, había empezado a inclinar el conflicto en Castilla. Su madre, María Luisa Gabriela de Saboya, tenía dieciocho años y una salud que ya entonces daba señales de flaqueza.
El niño creció en una corte en campaña. La guerra no terminó hasta 1714, con la caída de Barcelona el 11 de septiembre y la firma de los tratados que dejaron a España sin Flandes, sin Milán, sin Nápoles y sin Cerdeña. Ese mismo año, el 14 de febrero, moría la reina María Luisa Gabriela. Luis tenía seis años. Antes de que acabara 1714, su padre contraía un segundo matrimonio con Isabel de Farnesio, que llegó a España con veintidós años y con una determinación feroz: tener hijos y asegurarles un porvenir fuera de España, en los tronos de Italia.
Luis era el heredero, pero la nueva reina tendría su propia prole —Carlos, Felipe, Mariana Victoria— y esa circunstancia marcaría la política española durante medio siglo. Del príncipe se sabía poco más que su fragilidad y su desgana. No era un muchacho robusto ni expansivo, y la corte lo veía crecer retraído, aficionado a la caza y a los espectáculos, poco inclinado a los asuntos de gobierno.
En el reparto doméstico del poder, el príncipe de Asturias era una figura secundaria a la espera de su turno. Su padre pasaba temporadas enteras recluido, y su madrastra ganaba terreno en los despachos. Nadie esperaba de Luis un reinado largo. Tampoco corto.
Capítulo II: La abdicación del padre
El 10 de enero de 1724, Felipe V firmó su abdicación en favor de su hijo primogénito. Tenía cuarenta años y veintitrés de reinado a la espalda. El gesto admite dos lecturas, y probablemente las dos sean ciertas a la vez. La primera es piadosa: el rey, de salud mental frágil, con episodios de melancolía que lo apartaban durante semanas de los despachos, quería dedicarse a Dios y a su mujer, y se retiró al real sitio de La Granja de San Ildefonso, cuyas obras había impulsado pocos años antes. La segunda es dinástica: al ceder la corona a un muchacho y quedarse él vivo, Felipe conservaba abierta la puerta de un posible regreso.
La decisión sorprendió a las cancillerías europeas. No era habitual que un monarca en plenitud de facultades dejara el trono en manos de un adolescente, y menos en una España que acababa de perder media Europa y trataba de rehacerse. Fuera como fuese, el 15 de enero de 1724 Luis I era proclamado rey. Tenía dieciséis años. Su esposa, la reina Luisa Isabel de Orleans, tenía catorce.
En las cortes europeas se siguió con atención el experimento: un rey joven, dócil y sin experiencia, y un padre retirado en La Granja que seguía siendo, en la práctica, el hombre más consultado del reino.
Capítulo III: La boda de Lerma

El matrimonio se había celebrado dos años antes, el 20 de enero de 1722, en la villa burgalesa de Lerma. La elegida era Luisa Isabel de Orleans, hija del duque de Orleans, que gobernaba Francia como regente durante la minoría de Luis XV. La boda fue la pieza central del doble enlace que las dos cortes pactaron para recomponer sus relaciones: mientras Luisa Isabel cruzaba la frontera hacia España, la pequeña infanta Mariana Victoria, hija de Isabel de Farnesio, viajaba en sentido contrario para ser prometida al rey de Francia.
El intercambio de princesas se produjo a comienzos de enero de 1722 en la isla de los Faisanes, en el Bidasoa, escenario de otros trueques dinásticos. Días después, el 20 de enero, la comitiva se detenía en Lerma para la ceremonia. Luis tenía catorce años; la novia, doce. La pareja era, literalmente, cosa de niños.
La llegada de la nueva princesa no fue un asunto menor. Aquel enlace sellaba la reconciliación entre Madrid y París después de años de recelo, y las dos cortes lo presentaron como una garantía de paz. La realidad doméstica fue bastante menos brillante.
La convivencia de aquellos dos adolescentes fue todo menos sencilla. Luisa Isabel había crecido en la corte más relajada de Europa y nunca terminó de encajar en el ceremonial español, rígido hasta el agotamiento. Su comportamiento, desconcertante para unos y escandaloso para otros, alimentó rumores que la corte no hizo nada por desmentir. Nadie podía imaginar entonces que aquella muchacha iba a ser reina de España a los catorce años y viuda a los catorce.
Lo que la pareja no tuvo fueron hijos. Y en una monarquía, eso era un problema de Estado.
Capítulo IV: Doscientos veintinueve días
El reinado de Luis I duró doscientos veintinueve días. No hubo tiempo para reformas de calado ni para reorientar la política exterior. El nuevo rey confirmó en sus puestos a los ministros que le había dejado su padre y mantuvo, en lo esencial, la línea de gobierno de los años anteriores. La administración siguió funcionando con los mismos nombres y las mismas rutinas; los consejos despacharon como siempre, y en los papeles oficiales apenas se nota el cambio de firma.
El reinado fue, sobretodo, una continuación. El rey firmaba lo que le ponían delante, presidía las ceremonias y dejaba hacer a los consejos. Nadie iba a remover las estructuras de una monarquía que llevaba veintitrés años funcionando con los mismos equipos.
Lo que cambió fue el aire de la corte. Luis era afable y accesible, más dado a la caza y al teatro que a la intriga de antecámara. La tradición lo bautizó con dos apodos: el Bien Amado y el Liberal. En un país acostumbrado a monarcas graves y ceremoniosos, un rey de dieciséis años que no imponía distancia resultaba una novedad.
Y había una pregunta sobre la mesa: qué ocurriría si el rey moría sin descendencia.
Capítulo V: La viruela

En el verano de 1724, la viruela se extendió por Madrid. La enfermedad era endémica en la Europa del siglo XVIII y mataba a una parte considerable de quienes la contraían; los que sobrevivían quedaban marcados de por vida. La inoculación, introducida en Europa a comienzos de la década de 1720, era todavía una técnica experimental y no exenta de riesgos. En agosto, el rey cayó enfermo y los médicos de cámara no pudieron hacer nada por detener el avance del mal.
Luis I murió el 31 de agosto de 1724, seis días después de haber cumplido diecisiete años. Fue enterrado en el Monasterio de El Escorial.
La noticia corrió primero por Madrid y luego por Europa. Un rey de diecisiete años, muerto de viruela a los siete meses de ceñir la corona, dejaba el trono vacío y ninguna descendencia directa. España volvía a tener un problema de sucesión, aunque esta vez sin guerra abierta de por medio.
España se quedaba sin el heredero que aguardaba desde 1707 y con un rey de cuarenta años que había abdicado por voluntad propia. La pregunta era inevitable: ¿volvería Felipe V a ceñirse la corona o dejaría paso a su segundo hijo, Fernando?
Capítulo VI: El rey que volvió

Felipe V se encontraba en La Granja de San Ildefonso cuando le llegó la noticia de la muerte de su hijo. Regresó a Madrid y volvió a ocupar el trono el 6 de septiembre de 1724, menos de una semana después del entierro. Había abdicado veinte meses antes y reinaría casi veintidós años más, hasta su muerte en julio de 1746.
La viuda, Luisa Isabel de Orleans, permaneció en España hasta 1725, cuando se le ordenó regresar a Francia. Murió en París en 1742, con treinta y dos años. Su salida formó parte de la ruptura entre las cortes de Madrid y Versalles, la misma que devolvió a España a la pequeña infanta Mariana Victoria.
Con Felipe V de nuevo en el trono, la influencia de Isabel de Farnesio se consolidó y sus hijos encontraron acomodo en Italia: Carlos sería duque de Parma en 1731 y rey de Nápoles y Sicilia a partir de 1734. La muerte de Luis I sin descendencia no solo devolvió la corona a su padre; reordenó las aspiraciones de toda una dinastía.
Cuando Felipe V falleció en 1746, la corona pasó a Fernando VI, hermano de Luis I. El rey de los doscientos veintinueve días no dejó herederos ni una huella duradera en la administración del Estado. La figura de Luis I quedó casi borrada por la de su padre: durante décadas, los manuales lo despacharon en dos líneas, un rey niño y una viruela, y solo la paciencia de los archivos ha ido devolviendo el perfil de un muchacho que reinó sin ganas y murió sin tiempo.
En el Panteón de Reyes del Monasterio de El Escorial hay un sepulcro que pasa casi desapercibido entre los de monarcas mucho más longevos. Doscientos veintinueve días de reinado. El tiempo justo para comprobar que, en la España de 1724, la corona podía cambiar de manos dos veces en el mismo año.

