En la madrugada del 19 de marzo de 1808, Aranjuez no se despertó con el murmullo de las fuentes del Real Sitio, sino con gritos. Una multitud había asaltado la casa de Manuel Godoy, el hombre que llevaba más de quince años gobernando España en nombre de un rey al que buena parte de la corte consideraba un convidado de piedra. Dentro de palacio, Carlos IV oía los golpes, algún disparo suelto y un rumor que crecía sin remedio: su propio hijo, el príncipe Fernando, estaba siendo aclamado por los amotinados como salvador de la patria.
Horas antes, la situación ya era insostenible. Corrían rumores de una fuga inminente de la familia real hacia el sur y, quizá, hacia América. Godoy había ordenado mover tropas y la corte se había trasladado al Real Sitio, a unos cuarenta y cinco kilómetros de Madrid. En la tarde del 17 de marzo, las calles se llenaron de soldados, criados y vecinos. El motín que estalló entonces se llevó por delante veinte años de reinado en apenas cuarenta y ocho horas.
Capítulo I: Un Borbón sin vocación
Carlos IV había nacido en Portici, en el reino de Nápoles, el 11 de noviembre de 1748, mientras su padre, el futuro Carlos III, reinaba en aquel territorio. Llegó al trono español el 14 de diciembre de 1788, tras la muerte de su progenitor, y desde el primer día dejó claro que no pensaba parecerse a él. Carlos III había sido un rey madrugador y meticuloso, capaz de supervisar personalmente el trazado de una calle. Su hijo prefería la caza, la calma y la compañía de su esposa, María Luisa de Parma, con quien se había casado en 1765.
En noviembre de 1792, con la Revolución francesa desbordada más allá de los Pirineos, Carlos IV nombró secretario de Estado a un joven guardia de corps llamado Manuel Godoy. Había nacido en Badajoz en 1767, había entrado en palacio en 1784 y no tenía ninguna experiencia de gobierno. El rey y la reina, en cambio, le tenían una confianza sin límites. En pocos años, Godoy acumuló títulos, riquezas y un poder que irritaba a media España. En 1797 se casó con María Teresa de Borbón y Vallabriga, condesa de Chinchón y prima del propio monarca: la manera más rápida de convertir a un advenedizo en familia.
Capítulo II: Godoy y los años de la guerra
El reinado de Carlos IV fue, casi entero, una sucesión de guerras ajenas. En 1793, España entró en la coalición contra la Francia revolucionaria y sufrió la llamada Guerra del Rosellón. En 1795, Godoy firmó con París la Paz de Basilea, que le valió del rey el título de Príncipe de la Paz. Un año después, el Tratado de San Ildefonso convirtió a España en aliada de la República francesa y, de paso, en enemiga de Gran Bretaña.
Aquel giro tuvo un precio inmediato. En 1797, la escuadra española fue derrotada en el cabo de San Vicente y la isla de Trinidad pasó a manos británicas. La alianza se renovó en 1800, con la devolución de la Luisiana a Francia, y en 1801 Godoy lanzó contra Portugal la breve Guerra de las Naranjas. El respiro duró poco. El 21 de octubre de 1805, frente al cabo de Trafalgar, la flota franco-española fue aniquilada por el almirante Horatio Nelson. En una sola tarde, España perdió buena parte de su marina y, con ella, la capacidad de defender el comercio con América.
Mientras tanto, en el interior, el descontento crecía. La guerra consumía la hacienda, los precios castigaban a los más pobres y la figura de Godoy se convirtió en el blanco de todas las iras. En los mentideros de Madrid se le atribuían amores con la reina y un ansia de poder sin fondo; en los papeles clandestinos se le llamaba, simplemente, «el Choricero». Nadie con poder en España era tan odiado por tantos.

Capítulo III: La trampa de Fontainebleau
La derrota de Trafalgar dejó a Carlos IV atrapado entre dos fuegos. Napoleón Bonaparte, dueño ya de media Europa tras Austerlitz y Jena, necesitaba cerrar el continente al comercio británico y, para lograrlo, debía ocupar Portugal, el último puerto abierto a Londres. El 27 de octubre de 1807, Godoy y el emperador firmaron el Tratado de Fontainebleau: las tropas francesas podrían atravesar España camino de Lisboa y, una vez conquistado el reino vecino, se repartirían sus provincias entre Madrid y París.
Lo que sobre el papel era una operación conjunta se convirtió en una ocupación. En pocas semanas, decenas de miles de soldados franceses cruzaron los Pirineos y se instalaron en Burgos, Valladolid, Salamanca, Pamplona y Barcelona. El general Joachim Murat, cuñado de Napoleón, mandaba las fuerzas imperiales. Godoy, aterrado, empezó a preparar la salida de la familia real hacia Andalucía y, si las cosas se torcían, hacia América. Aquel plan, real o exagerado por sus enemigos, fue la mecha del motín.
El otoño anterior había dejado, además, la confianza entre padre e hijo hecha trizas. En la llamada Conjura del Escorial, el príncipe Fernando apareció implicado en un intento de apartar a Godoy del poder. El rey perdonó a su hijo, pero desde entonces gobernó con la sospecha pegada al cuerpo.
Capítulo IV: El motín de Aranjuez
En marzo de 1808, la corte se instaló en Aranjuez. La presencia de tropas, la certeza de que los franceses avanzaban y el rumor de una fuga a América encendieron la chispa. El 17 de marzo, la multitud empezó a concentrarse ante la casa de Godoy. En la tarde del 18, el palacio del favorito fue asaltado, sus muebles arrastrados a la calle y sus papeles esparcidos por el barro. Godoy pasó horas escondido hasta que lo descubrieron; la muchedumbre lo golpeó y estuvo a punto de matarlo. El propio Fernando tuvo que intervenir para salvarle la vida, quizá para poder exhibirlo vivo.
Carlos IV, viendo a su favorito en peligro y a su hijo aclamado por la tropa, cedió. El 19 de marzo de 1808 firmó su abdicación en favor de Fernando, que reinaría como Fernando VII. Fue su primera renuncia al trono. Y no tardó en intentar deshacerla: pocos días después escribió a Napoleón para declarar que aquella firma le había sido arrancada por la fuerza. Esa carta, más que ninguna otra cosa, fue la invitación que el emperador esperaba.

Capítulo V: Bayonne, la corona en el aire
Napoleón no reconoció al nuevo rey. El emperador había decidido que los Borbones españoles no debían seguir en el trono y, con la excusa de arbitrar entre padre e hijo, convocó a los dos a Bayonne, en el sur de Francia. Fernando VII acudió confiado y llegó el 20 de abril de 1808. Carlos IV, María Luisa y un Godoy liberado por los franceses lo hicieron a finales de abril. En aquella casa, junto al río Adour, el emperador tuvo delante a un rey acabado, a una reina que no disimulaba su desprecio por su hijo y a un favorito impopular que solo pensaba en salvar la vida.
Las conversaciones fueron, en realidad, un simulacro. El 2 de mayo de 1808, mientras la familia real seguía en Francia, Madrid se levantó contra la ocupación. La represión ordenada por Murat dejó decenas de muertos y dio a España uno de sus mitos fundacionales: los fusilamientos del 3 de mayo, que Goya pintaría seis años después.
Nada de aquello detuvo al emperador. El 5 de mayo, Carlos IV cedió a Napoleón todos sus derechos a la corona; al día siguiente, Fernando VII hizo lo mismo. La abdicación de Bayonne estaba firmada. Napoleón entregó el trono a su hermano José, que reinaría en España hasta 1813. En menos de dos meses, Carlos IV había perdido lo que había heredado para toda una vida.
Capítulo VI: El largo exilio
Carlos IV y María Luisa, humillados, fueron instalados primero en Compiègne y después en Marsella. Más tarde se trasladaron a Roma, donde vivieron rodeados de servidores y cuadros, lejos de un trono que ya no era suyo. En diciembre de 1813, por el Tratado de Valençay, Napoleón devolvió la corona a Fernando VII, que regresó a España en 1814. Carlos IV no volvió a pisar suelo español.
María Luisa murió en Roma el 2 de enero de 1819. Su marido la siguió diecisiete días después, el 19 de enero de 1819, en la misma ciudad. Tenía setenta años y llevaba más de una década sin decidir nada importante. Su entierro fue discreto, como su reinado: sin batallas propias, sin discursos memorables, sin una sola frase que la historia haya querido guardar en mármol.

Capítulo VII: Un rey de perfil
En 1800, Francisco de Goya había retratado a la familia real en un lienzo que cuelga en el Museo del Prado, con el propio pintor asomado en la penumbra del fondo. En aquel cuadro, Carlos IV aparece con el pecho cubierto de condecoraciones, más acompañante que protagonista de su propia estampa. La observación es del cronista, no del pintor, pero encaja con lo que dejaron escrito quienes lo trataron: un hombre afable, cazador, desconfiado a ratos, incapaz de sostener sobre sus hombros el peso de un imperio en descomposición.
Abdicó dos veces, en Aranjuez y en Bayonne, y las dos veces lo hizo empujado por otros. La primera, por un motín que aclamaba a su hijo. La segunda, por un emperador que ya había repartido Europa sobre el mapa. Los historiadores discuten desde hace dos siglos si fue víctima de las circunstancias o simple espectador de su propio naufragio. Lo que nadie discute es el resultado: el hombre que había nacido en un palacio de Nápoles murió en una casa de Roma, con la corona en manos ajenas y el nombre de su dinastía a punto de caer, en apenas veinte años, del trono de Madrid al de un destierro sin retorno.

