Trump abre en Miami las negociaciones con Ucrania y la OTAN para la ‘preparación invernal’

Witkoff y Kushner dirigen dos jornadas con Kiev, la Comisión Europea y la OTAN centradas en energía y cereales. La conversación de 90 minutos entre Trump y Putin y el acuerdo sobre el diésel ruso revelan el eje real de la negociación.

Las negociaciones de Ucrania en Miami han arrancado con Witkoff y Kushner al mando y con Moscú como destinatario real. Durante dos jornadas, los enviados de Trump han sentado en la misma sala a Kiev, a la Comisión Europea, a la OTAN y a los asesores de seguridad nacional de Londres, París y Berlín para hablar de la preparación invernal: resiliencia energética y exportaciones de cereal. El comunicado es amable. La arquitectura, no.

Quién se sienta en la mesa de Miami y quién no tiene silla

El enviado especial estadounidense, Steve Witkoff, calificó la primera jornada de ‘constructiva’ en un mensaje publicado en X el viernes 9 de octubre. Su texto enumera los asuntos sobre la mesa: garantías de seguridad para Kiev, reconstrucción posbélica, adhesión futura a la Unión Europea, y un paquete de medidas inmediatas para atravesar el invierno. Lo que no aparece es un solo compromiso verificable. Dejémoslo en un ‘ya veremos’.

La composición de las delegaciones revela el reparto real de poder. Estados Unidos acude con Witkoff y con Jared Kushner, el yerno presidencial reciclado en comisionado para los expedientes que la Casa Blanca no quiere tramitar por la vía diplomática ordinaria. Ucrania envía a Kirilo Budanov, jefe de la Oficina del Presidente, a Rustem Umerov, al frente del servicio de inteligencia exterior, y a David Arakhamia, que en 2022 encabezó la delegación ucraniana en las conversaciones de Estambul.

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Hay más nombres y el orden importa. De Bruselas viaja Björn Seibert, jefe de gabinete de Ursula von der Leyen. La OTAN se sienta con Geoffrey van Leeuwen, hombre de confianza de Mark Rutte. Los tres gobiernos europeos que más armamento han entregado a Kiev —Londres, París y Berlín— comparecen a través de sus asesores de seguridad nacional, no de sus ministros de Exteriores. Nadie firmó nada. Moscú no está en la sala: espera en Moscú.

La llamada de 90 minutos que decide de verdad

Mientras Witkoff hablaba de ‘paz duradera’ en Florida, Trump y Putin mantenían el viernes una conversación telefónica de 90 minutos en la que abordaron Ucrania, Irán y un acuerdo para reanudar los suministros de diésel ruso a Estados Unidos y a los mercados internacionales. La versión la firma el Kremlin, a través del asesor Yuri Ushakov, según el cual el presidente estadounidense prometió trasladar la posición rusa a la delegación ucraniana reunida en Miami.

La secuencia tiene una lógica que Bruselas no puede permitirse ignorar: Washington negocia con Kiev en una sala y con Moscú en otra, y la segunda conversación condiciona la primera. Trump lleva meses presionando a Zelenski para que detenga los ataques contra las refinerías rusas, a las que atribuye el encarecimiento del diésel y el alza del combustible para el votante estadounidense. El calendario no es casual: las legislativas del 3 de noviembre están a tres semanas.

Lo que se está negociando en Miami no es la paz, sino el precio del diésel, el cereal y el invierno de un continente que no está sentado a la mesa.

Zelenski respondió con una dureza inusual hacia su principal socio. Calificó el entendimiento energético con Moscú de ‘decisión débil de socios fuertes’ y acusó a Washington de usar la cita de Miami como ‘cortina de humo’ mientras pacta con Putin a espaldas de Kiev. La frase, difundida por medios rusos, describe el problema de fondo mejor que cualquier comunicado conjunto.

Fuentes estadounidenses citadas por Axios apuntan a que Witkoff y Kushner viajarán a Moscú a finales de este mes con nuevas ideas para romper el bloqueo. Entre ellas figura un alto el fuego parcial limitado a la infraestructura energética. El invierno no espera.

Equilibrio de Poder

Lo que se está construyendo en Miami es un método, no un acuerdo. Washington ha decidido que el expediente ucraniano se gestiona en canal bilateral con el Kremlin y se comunica después a los aliados. Moscú acepta encantado ese formato: recupera el estatus de interlocutor indispensable y negocia sin prisa mientras conserva el terreno ocupado. Bruselas asiste con presencia testimonial. La administración Trump tampoco oculta su lógica: prioridad al Indo-Pacífico, coste cero en Ucrania y precios bajos de la energía en casa.

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El precedente útil no es la crisis de los misiles, sino Minsk II. Aquel acuerdo de febrero de 2015 se firmó con el frente desmoronándose en Debáltseve y con una Europa ansiosa por cerrar el año sin sobresaltos energéticos. Normalizó un conflicto congelado durante siete años y permitió a Moscú rearmarse y consolidar lo ocupado. El formato de Miami no se parece al de Minsk: no hay firmantes, ni texto, ni OSCE. La función, en cambio, es idéntica.

Para España, el expediente es menos abstracto de lo que parece. El diésel mueve la economía española más que la gasolina y su precio de referencia se fija en los hubs del norte de Europa, de modo que cualquier movimiento del mercado global tiene traducción directa en los surtidores. Eso sí: mientras siga vigente la prohibición europea de importar diésel ruso, un pacto Washington-Moscú no llegará a las estaciones de servicio españolas.

El segundo canal es el cereal. España importa maíz y piensos del Mar Negro, y la Iniciativa de Granos del Mar Negro, enterrada por Rusia en 2023, demostró lo rápido que una ruptura de suministro se traslada al precio de la carne y del pienso. El tercero es el gas: España concentra la mayor capacidad de regasificación de la Unión y un invierno duro vuelve a tensar el mercado eléctrico y la factura industrial.

Hay una derivada más que en Moncloa se sigue con atención. Cada minuto que Washington dedica al expediente ucraniano es un minuto que no dedica al Sahel, donde el repliegue occidental ha dejado campo libre a actores rusos y a un yihadismo sin cortafuegos. La frontera sur española —Marruecos, Argelia, el Sáhara y el corredor saheliano— es sensible a ese vacío. Si el formato de Miami se institucionaliza, Europa tendrá que financiar su propia seguridad sin decidir la agenda.

Conviene reconocer el punto débil de esta lectura. El entendimiento sobre el diésel puede ser mucho menos sólido de lo que sugiere la versión del Kremlin, interesada en presentar a Putin como socio indispensable de la Casa Blanca. No hay texto público ni confirmación detallada por parte estadounidense. Lo prudente es tratar Miami como lo que es: una mesa de preparativos donde se decide si el frente se congela antes de las primeras heladas. La próxima prueba no será en Florida, sino en Moscú, a finales de este mes.