GoLaxy despliega la mayor operación de influencia China con agentes de IA en Hong Kong y Taiwán

Una investigación de la Universidad de Vanderbilt documenta meses de trabajo dentro de los archivos internos de la firma. La segunda fase, con modelos de pesos abiertos como DeepSeek o Qwen, es la que preocupa a los servicios occidentales.

GoLaxy ha construido en Pekín la mayor operación de influencia china, con agentes de IA ya probados en Hong Kong y Taiwán.

La empresa tiene vínculos con el aparato estatal del Partido Comunista Chino. Sus ingenieros no han diseñado una campaña de desinformación más: han diseñado una máquina industrial. Genera personas falsas, amplifica los relatos que Pekín quiere que se crean y entierra los que no. Ya se ha usado en Hong Kong. Ya se ha usado en Taiwán. Y se ha construido a mano, un perfil detrás de otro, según la investigación que un equipo de la Universidad de Vanderbilt acaba de publicar en The Cipher Brief.

Le adelanto lo que viene después, porque es lo que debería quitarle el sueño a Washington y, por elevación, a Bruselas, al CNI y al CCN-CERT. Cuando esa máquina no necesite construirse perfil a perfil, cuando el modelo sobre el que se apoya venga incrustado de serie en el producto que usted usa sin saberlo, GoLaxy parecerá un ensayo de laboratorio.

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Los profesores Goldstein y Benson, especialistas en seguridad nacional e internacional en la Universidad de Vanderbilt, lo describen sin ambages: China está a punto de ejecutar la mayor operación de influencia de la historia. Y no tendrá que ejecutarla. El mundo la descargará por su cuenta.

Lo que GoLaxy ya hizo en Hong Kong y Taiwán: así fabrica multitudes una sola máquina

El oficio de la desinformación no es nuevo. Lo nuevo es la escala y el coste marginal. La Operación Infektion, la campaña del KGB de los años ochenta que difundió el bulo del sida fabricado en laboratorios estadounidenses, necesitaba periodistas comprados, corresponsales en tres continentes y meses de siembra. El Internet Research Agency de San Petersburgo, la granja de trolls que operó en las elecciones estadounidenses de 2016, necesitaba miles de empleados escribiendo a turnos. GoLaxy necesita una tarjeta gráfica y una tarde.

El sistema hace tres cosas que antes requerían equipos humanos enteros. Primero, genera identidades sintéticas con historial, fotografía y biografía coherentes. Segundo, las distribuye por plataformas donde el algoritmo premia la novedad y el volumen. Tercero, calibra el mensaje para que no parezca propaganda: no defiende a Pekín, ataca al adversario. Es la vieja doctrina del oficio —no digas que tú eres bueno, di que el otro es un monstruo— ejecutada ahora por una máquina que no duerme y no cobra.

Ninguna campaña de influencia había sido nunca tan barata de producir ni tan difícil de rastrear hasta su origen.

Sobre Hong Kong el patrón es conocido: amplificar el miedo, dividir al movimiento, agotar la calle. Sobre Taiwán el objetivo es más fino: erosionar la confianza en la protección estadounidense y sembrar la idea de que la reunificación es inevitable. Quien haya seguido las elecciones taiwanesas de los últimos ciclos sabe que parte de ese terreno ya estaba abonado antes de que la máquina entrara en escena.

Qwen, DeepSeek y el caballo de Troya que Washington deja entrar

GoLaxy

Hay un segundo frente que no tiene nada que ver con perfiles falsos y que, sin embargo, es más grave. Los modelos abiertos chinos —los que cualquiera puede descargar, modificar y ejecutar en su propia máquina— se están convirtiendo en los cimientos sobre los que se construyen miles de productos occidentales. Los modelos de frontera estadounidenses como Claude, ChatGPT o Gemini son cerrados: se usan en los servidores de la empresa y la empresa puede cortar el acceso. Los desarrolladores chinos compiten liberando modelos baratos de pesos abiertos que las compañías ejecutan en sus propias instalaciones, sin proveedor al que rendir cuentas, como DeepSeek.

Esto ya no es teoría. Airbnb utiliza el modelo Qwen de Alibaba en su agente de atención al cliente. Qwen llegó a alimentar, durante un tiempo, una herramienta para buscar regulaciones propuestas en la web del Registro Federal estadounidense. Amazon afirma que miles de clientes han desplegado DeepSeek a través de su nube. En todos los casos, la interfaz es estadounidense. El modelo de debajo, no.

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Los desarrolladores chinos operan bajo las reglas del Partido sobre lo que puede decirse. Esas reglas determinan qué preguntas responden los modelos, qué hechos omiten y cómo enmarcan los asuntos sensibles. Los pesos abiertos pueden reajustarse, pero limpiar los valores por defecto incrustados es caro, y la mayoría de las empresas ajustará lo que importa a su negocio antes que comprobar cómo trata el modelo cada asunto político. Si un modelo chino barato sostiene miles de productos, sus hábitos viajan con él: hacia herramientas de investigación, software de aula, verificadores de datos. Y quien está al otro lado nunca lo sabe.

Pekín ya lo tiene claro. Cuando Meta publicó sus modelos abiertos Llama, los reguladores chinos temieron que un modelo extranjero pudiera ‘envenenar’ el ecosistema de IA de China con información que el Partido censura. Washington debería tomarse en serio una vulnerabilidad que Pekín reconoció primero.

TikTok ofrece un anticipo de lo que hay en juego. Más de 150 millones de estadounidenses lo usan y más de 50 millones se informan allí con regularidad. Añada DeepSeek o Qwen para generar el contenido que el algoritmo de TikTok selecciona y distribuye, y China podría suministrar a la vez la información y el sistema que la entrega a una audiencia enorme. No se equivoque conmigo: no hace falta hackear nada si el usuario lleva el caballo de Troya en el bolsillo.

Estados Unidos afronta así un trilema. Quiere impedir la liberación incontrolada de capacidades peligrosas. Quiere preservar la libertad de sus ciudadanos para elegir tecnología e información. Y quiere evitar depender de modelos moldeados dentro de un sistema autoritario. No puede asegurar las tres cosas del todo. La regulación honesta empieza por admitirlo.

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Pongamos el vector de amenaza sobre la mesa. No estamos ante un ataque de ransomware ni ante una zero-day: estamos ante una operación de influencia cognitiva a escala industrial, ejecutada con agentes de IA y, en su segunda fase, con modelos de pesos abiertos distribuidos como infraestructura. Es ciberguerra sin sabotaje, guerra de información en estado puro. A juzgar por la naturaleza del material que maneja, estimo una clasificación de nivel Confidencial.

Las agencias implicadas se reparten en tres columnas. Quien ataca: GoLaxy, firma con vínculos con el Ministerio de Seguridad del Estado de China (MSS), el servicio que coordina la influencia exterior desde Pekín. Quien defiende: no hay todavía un servicio que defienda nada, porque el producto llega al usuario final empaquetado como una herramienta comercial más. Y quienes miran desde fuera: el CNI y el CCN-CERT por el lado español, y la CIA, la NSA y el FBI por el estadounidense, servicios que llevan años avisando de la dependencia de infraestructura tecnológica de origen autoritario.

Ese es el detalle que debería preocupar a Madrid tanto como a Washington.

Conviene recordar un precedente. La campaña del KGB que difundió el bulo del sida tardó años en morir, y nunca del todo. La granja de trolls de San Petersburgo necesitó una plantilla entera para tocar una sola elección. GoLaxy, con la máquina que ya tiene y los modelos abiertos que vienen, no necesitará ni eso. A eso se suma que la atribución aquí es especialmente resbaladiza: GoLaxy es una empresa privada con vínculos estatales, y esa capa de intermediación es exactamente la que Pekín utiliza para negar cualquier implicación.

Lo veo como un cambio de marcha, no como un episodio.

Y me consta que en los servicios occidentales hay más preocupación por los modelos abiertos que por los perfiles falsos, porque el perfil falso se detecta y el peso por defecto, no. Sostengo desde hace tiempo, lo escribí en El quinto elemento, que el próximo 11S empezará con un clic. Aquí el clic no derriba un edificio: reescribe lo que millones de personas creen que es verdad. El daño colateral no se mide en muertos, se mide en sociedades que dejan de distinguir el hecho de la fabricación.

El hito concreto que hay que vigilar no es una cumbre, es el próximo debate en Washington sobre restricciones a los modelos abiertos. Antes de regular un modelo estadounidense, la pregunta correcta es qué modelo elegirán los desarrolladores en su lugar. Y la respuesta, hoy, tiene acento mandarín.