Character.AI presenta su capítulo 11 con pasivos de hasta 100 millones y deja a Disney la primera opción sobre sus activos. La bancarrota de la startup que en 2022 prometía reinventar el entretenimiento conversacional busca comprador entre los escombros de su propio modelo de negocio. Quien más ha puesto sobre la mesa es, precisamente, la empresa que la demandó.
Claves de la operación
- Disney arranca la puja con 20 millones como comprador stalking horse: fija el suelo de la subasta y mantiene la primera opción sobre los activos, siempre que no aparezca una oferta superior.
- El pasivo declarado va de 50 a 100 millones, muy por encima de la oferta inicial. Los acreedores tienen la última palabra sobre si el precio cubre lo que se les debe.
- El frente jurídico sigue vivo con la demanda de Pensilvania, la investigación de Texas y el requerimiento de Disney por el uso de personajes animados. Son cargas que viajan con el activo.
La compañía ha pedido protección bajo el capítulo 11 para facilitar la venta de la sociedad y de sus activos, según el comunicado publicado en su blog corporativo. En el expediente figuran pasivos de entre 50 y 100 millones de dólares, un rango que sitúa la puja inicial muy por debajo de lo que reclaman los acreedores.
El mecanismo elegido es de manual. Disney entra como comprador stalking horse y fija el suelo de la operación: pone la primera oferta y marca el umbral que cualquier rival debe superar con margen suficiente para compensar al primer postor. La venta debería cerrarse a principios de diciembre, un calendario que en procesos concursales de este tamaño suele tensarse cuando los acreedores piden garantías. Poca cosa, 20 millones, para semejante pasivo.
La plataforma seguirá operativa durante el proceso. Character mantiene abiertos los servicios, aunque reconoce que podría apagarlos si finalmente no aparece un comprador dispuesto a asumir el negocio en marcha. Traducido: la liquidación ordenada no garantiza que los chatbots sigan respondiendo.
El historial judicial explica por qué nadie ha corrido a pujar. Pensilvania demandó a la compañía por chatbots que se hacían pasar por médicos; Texas abrió una investigación sobre lo que su fiscal general describió como afirmaciones engañosas en materia de salud mental; y Disney llegó a enviar un requerimiento de cese y desista por el uso de sus personajes animados. La plataforma, además, vetó el año pasado el acceso de los menores a sus propios chatbots.
El talento se fue por 2.000 millones y las marcas acabaron en los tribunales

Lo más valioso de Character.AI ya no está en la empresa. Google pagó 2.000 millones por el talento que ya no está: una operación que se llevó al grueso del equipo, incluidos los cofundadores Noam Shazeer y Daniel De Freitas, según recoge la prensa especializada. Sin ellos, lo que queda en el balance es una comunidad de usuarios, un catálogo de personajes generados por terceros y una marca manchada por litigios. La ficha pública de la compañía resume esa trayectoria en cuatro líneas.
Un activo cuyo principal riesgo jurídico es una carta de cese y desista no se compra para crecer: se compra para desmontarlo sin prisa.
Disney conoce el terreno mejor que nadie. Contrató al exconsejero delegado de Character.AI, Karandeep Anand, como director de tecnología, y ahora se ofrece a prestar soporte de transición con personal que salió de la propia compañía. La casa de Burbank no compra un negocio en marcha: Disney recupera piezas y reincorpora a quienes las diseñaron.
La lectura competitiva es incómoda para todo el sector. El comprador no paga por la tecnología conversacional, que hoy está al alcance de cualquiera con una suscripción a un modelo fundacional, sino por el control de una marca y por el cierre ordenado de un pasivo legal. Pujar 20 millones por activos con hasta 100 millones en reclamaciones tiene sentido solo si el objetivo es hacer desaparecer el problema.
La IA de consumo sin foso: lo que el caso enseña al ecosistema español
El patrón se repite en cada ciclo tecnológico. Un producto que crece por viralidad, sin contratos de largo plazo ni costes de cambio reales, vale lo que valga su última ronda, no lo que valga su tráfico. Character.AI movió millones de conversaciones diarias y aun así no construyó ninguna barrera: los usuarios creaban los personajes, el contenido era suyo y el coste de servir cada conversación crecía con cada usuario nuevo. Modelo de negocio sin margen.
En España el contraste es útil. Compañías del IBEX 35 como Indra han construido su posición en inteligencia artificial sobre contratos con administraciones públicas, integración en sistemas críticos y ciclos de venta largos, con márgenes menos vistosos pero con clientes que rara vez se van a la competencia a golpe de clic. La IA de consumo vive de atención y la atención no se puede embargar cuando llegan los problemas. La mayoría de los acreedores prefiere esperar antes que financiar una subasta a la baja.
Para un comprador con presencia en Europa, además, el reglamento europeo encarece la integración de ese catálogo: obliga a documentar los sistemas y a evaluar riesgos sobre contenido generado por usuarios. Cosas del ciclo.
Queda por ver si el calendario se cumple. La venta está prevista para principios de diciembre y cualquier oferta superior obliga a Disney a decidir si sube o se retira. Sobre la mesa están también las resoluciones de Pensilvania y Texas, que pueden encarecer el activo para un comprador que no sea el propio demandante. La pregunta abierta no es quién se queda con Character.AI, sino cuánto está dispuesto a pagar el sector por cerrar un expediente incómodo.

