El 70% de los españoles pierde la capacidad de digerir la lactosa: las señales de alerta para detectarlo a tiempo

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No todo lo que parece intolerancia lo es: alergia, celiaquía, colon irritable y las causas reversibles

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El cuadro clásico —gases, distensión, dolor abdominal y diarrea tras tomar lácteos— es tan inespecífico que comparte síntomas con trastornos que no tienen nada que ver con la lactosa. La confusión más peligrosa es con la alergia a la proteína de la leche de vaca: aparece sobre todo en los primeros años de vida, implica al sistema inmunitario y puede provocar urticaria o anafilaxia con cantidades mínimas, mientras que la intolerancia solo da síntomas digestivos y suele tolerar dosis pequeñas. La celiaquía afecta a cerca del 1% de la población española y entre el 75% y el 80% de los casos siguen sin diagnosticar; hasta un 30% de los adultos celíacos recibe antes un diagnóstico de colon irritable. Y el propio síndrome del intestino irritable, por hipersensibilidad visceral, multiplica por más de tres la frecuencia con que quienes lo padecen se autoperciben intolerantes a la lactosa.

Hay además intolerancias secundarias y reversibles que conviene no convertir en permanentes. Cualquier agresión a la mucosa del intestino delgado —una gastroenteritis por rotavirus, una giardiasis, la enfermedad celíaca, una enfermedad inflamatoria intestinal, un ciclo de quimioterapia o de antibióticos— reduce la lactasa de la pared intestinal. La lactasa es la primera disacaridasa que desaparece y la última en recuperarse, de modo que la intolerancia puede ser transitoria: más de la mitad de los lactantes con diarrea aguda o crónica presentan esta deficiencia. En esos casos la restricción de lactosa debe ser temporal, de unas dos a seis semanas, y reintroducirse a medida que se trata la causa. Confundir estos cuadros con una intolerancia de por vida lleva a eliminar lácteos sin necesidad y a un riesgo real de déficit de calcio y vitamina D.