El caza FCAS que unió a Francia, España y Alemania ya no existe. El jefe del Estado Mayor del Aire francés, el general Jérôme Bellanger, confirmó este miércoles ante la comisión de Defensa de la Asamblea Nacional que París desarrollará en solitario el ACF —Avion de Combat du Futur—, el sucesor del Rafale, con el objetivo de volar misiones convencionales en 2040.
La ruptura no pilla a nadie por sorpresa. Francia y Alemania acordaron enterrar el proyecto en junio, después de años de disputas entre Dassault Aviation y Airbus por las especificaciones y el control industrial. Dos culturas empresariales incompatibles y un reparto de pilares que nunca cerró bien. España, incorporada como tercer socio, quedó atrapada en medio.
Qué es el ACF y por qué Francia se queda sola
El ACF no nace de cero. Bellanger lo dijo con claridad ante los diputados: ‘El parón del programa FCAS no significa que tiremos todo a la basura’. Los equipos de Dassault, junto al motorista Safran y la firma de electrónica de defensa Thales, llevan años trabajando en el pilar del NGF, el demostrador de caza de nueva generación, además de en sigilo, conectividad y nube de combate. Ese trabajo, sostiene, sirve ahora como cimiento del programa nacional.
El consejero delegado de Dassault, Éric Trappier, ya había puesto precio a la operación: su compañía tiene el conocimiento y las capacidades para desarrollar el avión ‘muy por debajo’ de los 50.000 millones de euros, junto a Safran y Thales. Es una cifra que conviene leer con cuidado. Un programa nacional francés, sin repartos industriales que contentar ni vetos cruzados, puede salir más barato y, sobre todo, mucho más rápido en cada decisión clave.
Francia deja la puerta abierta a cooperar, pero con condiciones que suenan a portazo diplomático: ‘marcos diferentes y que no sean estructurales para el nacimiento de este avión’. Es decir, socios para la nube de combate y la interoperabilidad, sí. Socios para el diseño del caza, no. Bellanger insiste en que la relación con su homólogo alemán es excelente y que ambos comparten visión sobre el combate aéreo futuro, pero la industria ha dictado sentencia.
París no renuncia a los aliados. Renuncia a compartir la cabina de mando del avión que debe escoltar su disuasión nuclear hasta 2050.
El calendario nuclear: por qué 2040 no es negociable
El factor que ordena todo el programa es la fuerza de disuasión. El sucesor del Rafale tendrá que portar en 2050 el misil de crucero hipersónico ASN4G, el arma que relevará al ASMPA en el componente aéreo de la force de dissuasion francesa. Trabajando hacia atrás desde esa fecha, el avión necesita volar misiones convencionales en 2040 para tener la célula, los sensores y el motor maduros a tiempo.
Hay hitos intermedios que no admiten retrasos. En 2035, Francia debe tener el estándar Rafale F5, que incorporará los primeros componentes del futuro caza en materia de motor y sensores, además, del misil Stratus RS, pensado para neutralizar defensas antiaéreas enemigas. Sin un programa nacional, esos plazos dependían de un consorcio que no lograba ponerse de acuerdo. Con él, dependen solo de París.
En el horizonte cercano, el Ejército del Aire y del Espacio francés espera recibir en el verano de 2027 sus primeras municiones merodeadoras de largo alcance, el dron Deluge de MBDA, que servirá de base para su primer escuadrón de drones de bombardeo y reconocimiento. La fuerza también experimenta con drones interceptores para crear una unidad dedicada, y planea un escuadrón de muy alta altitud con globos estratosféricos para retransmisión de comunicaciones o como plataforma de sensores de inteligencia.
La doctrina de ataque profundo que describe Bellanger es puro desgaste por saturación. Una primera oleada de drones desechables —con capacidad cinética, pero también de interferencia, saturación o engaño electrónico— degradaría las defensas enemigas. Una segunda oleada de aparatos reutilizables, aunque prescindibles, abriría la brecha para que sistemas tripulados y no tripulados golpearan en profundidad. ‘Para atacar al enemigo en su propio terreno tenemos que pensar en desbordar sus defensas con drones de bajo coste y guerra electrónica ofensiva’, resumió el general.
Sobre el proyecto rival, el GCAP británico-italiano-japonés, Bellanger fue elegante y algo irónico. Lo describió como ‘un tipo de avión diferente, casi un bombardero estratégico’, y admitió que dentro del consorcio ‘no todo son rosas’. Es la confirmación de que el salto generacional europeo se está partiendo en tres caminos: Francia sola, el GCAP anglo-ítalo-japonés y Alemania con sus F-35 de transición.
Equilibrio de Poder
Para Washington, el colapso del FCAS llega en un momento delicado. El proyecto era la prueba de que Europa podía organizar su propia industria de combate aéreo, y su descomposición refuerza la dependencia de plataformas estadounidenses en el flanco este. Alemania ya ha empezado a recibir los primeros F-35 encargados en 2022 para sustituir al Panavia Tornado, y sigue sin sucesor claro para su flota de Eurofighter. La administración Trump tiene ahora un argumento más para repetir en Bruselas que la autonomía estratégica europea es, todavía, un deseo.
Para España, el coste es directo y difícil de disimular. El Ministerio de Defensa llevaba años colocando el caza FCAS en el centro de su relato industrial, con ITP Aero en el motor y Airbus España en la célula. Sin programa trilateral, esos retornos se evaporan y Moncloa tendrá que elegir entre tres opciones que no le gustan: entrar como socio menor en el ACF —algo que París no parece ofrecer—, acelerar una hoja de ruta propia junto a Alemania o esperar a ver qué sale del GCAP. Ninguna sale gratis, y las tres llegan tarde.
La lectura a cinco o diez años es incómoda para Bruselas. La Comisión Europea lleva dos años empujando proyectos de defensa colaborativos y el FCAS era su escaparate. Su fracaso demuestra que los fondos comunes no resuelven un problema de soberanía industrial: Dassault no acepta ceder el liderazgo del avión y Airbus no acepta ser subcontratista. El siguiente test será la nube de combate, donde Bellanger quiere seguir trabajando con Alemania. Ahí sí hay margen. En el caza, no lo habrá en años.
Cabe recordar el precedente. El Eurofighter nació de un consorcio de cuatro países que tardó dos décadas en cerrar repartos de trabajo y acabó con versiones nacionales distintas y sobrecostes sucesivos. El FCAS intentó corregir aquel error y ha terminado reproduciéndolo amplificado. La diferencia es que entonces Europa podía permitirse perder tiempo. Ahora, con el ASN4G esperando en 2050 y la brecha tecnológica con Washington y Pekín ensanchándose, no.
Francia ya ha elegido. Los demás, todavía no. El primer nudo de la cuerda queda en 2035, con el Rafale F5 como antesala obligada del ACF y con una pregunta que Moncloa no puede aplazar mucho más: qué hace España con la parte del pastel industrial que creía tener garantizada.

