La costa apareció por babor poco después del amanecer, una línea verde y baja que ningún mapa de Castilla señalaba todavía. El vigía cantó tierra y los hombres, con semanas de salmuera pegada a la ropa, se arrimaron a la borda. Era el 27 de marzo de 1513. La expedición había zarpado de San Juan, en la isla de Puerto Rico, a comienzos de aquel mismo mes: tres navíos, provisiones contadas y una provisión real que hablaba de una isla legendaria llamada Bímini y de una tierra firme sin dueño conocido. El capitán que mandaba la flota se llamaba Juan Ponce de León, llevaba media vida en el Caribe y sabía de sobra que las costas de los mapas no siempre coinciden con las del mar. La que tenía delante parecía cubierta de flores. Como la fecha caía en plena Pascua Florida, apuntó en su derrotero el nombre con el que aquel litoral acabaría figurando en todos los mapas: La Florida.
No hubo desembarco triunfal ni ceremonia pomposa. Hubo un reconocimiento costero, prudente, hecho por hombres que no sabían si aquello era una península, una isla enorme o el borde de un continente. Tardarían años en averiguarlo, y algunos de ellos no llegarían a saberlo nunca.
Capítulo I: El piloto que ya conocía las corrientes
Al frente de la navegación iba Antón de Alaminos, el piloto que había navegado con Cristóbal Colón en su cuarto viaje y que conocía como pocos los vericuetos del canal de las Bahamas. Fue él quien llevó la flota hacia el sur, bordeando una costa que se estiraba sin acabar. Días después, los expedicionarios bajaron a tierra en algún punto de la orilla oriental, tomaron posesión formal de aquel litoral en nombre de la Corona de Castilla y siguieron adelante. No encontraron oro. No encontraron ciudades. Encontraron agua, insectos, manglares y una ausencia total de las riquezas que habían ido a buscar.
El viaje continuó hacia el sur. Ponce de León dobló el extremo de la península y bautizó el rosario de islotes que fue encontrando con un nombre que todavía se conserva: los Mártires, hoy los cayos de Florida. Más allá, la flota llegó a un grupo de islas pequeñas y peladas donde solo había tortugas, tantas que los navegantes cargaron con cientos de ellas para no morir de hambre. Las llamaron Las Tortugas. Los ingleses, más tarde, les añadirían una palabra al nombre al comprobar que allí no había ni una gota de agua dulce: Dry Tortugas.
Desde allí, Ponce de León puso rumbo norte por la costa occidental, cada vez más alargada y más desconocida, hasta que la falta de provisiones y el mal tiempo le obligaron a dar la vuelta. Regresó a Puerto Rico en el otoño de 1513, con la certeza de haber encontrado una tierra nueva y la amargura de no traer de ella nada que se pudiera vender.
Capítulo II: De Santervás de Campos a La Española
La vida anterior de aquel capitán era, como la de tantos hombres de su generación, una sucesión de guerras y travesías. La tradición sitúa su nacimiento en Santervás de Campos, en plena Tierra de Campos leonesa, en una fecha que los historiadores no han podido fijar con precisión: unos la colocan a mediados del siglo XV y otros bastante más tarde. Lo que sí está documentado es que era de familia hidalga y sin fortuna, y que se hizo soldado antes que marino.
Combatió en la guerra de Granada, en aquella campaña larga que terminó en 1492 con la rendición de la ciudad. Y aquel mismo año, mientras Colón volvía de su primer viaje con papagayos y oro de rescate, Ponce de León debió de entender que el porvenir de un segundón con espada no estaba en los secanos castellanos, sino al otro lado del océano. Se embarcó en el segundo viaje colombino, el de 1493, el que llevó a La Española a más de mil hombres con la idea de fundar ciudades y no solo de explorar.
En La Española hizo carrera. El gobernador Nicolás de Ovando lo puso al frente de la provincia de Higüey, en el este de la isla, una comarca de ganado y de caciques taínos donde la autoridad de Castilla se sostenía a base de pactos y de castigos. Allí aprendió Ponce de León lo que después aplicaría en todas partes: que en las Indias no bastaba con descubrir, había que poblar, y que poblar significaba repartir tierras, cobrar tributos y sofocar revueltas a tiempo.
Capítulo III: Gobernador en San Juan Bautista
En 1508, Ovando lo envió a explorar la isla vecina que los taínos llamaban Borinquen y que los españoles habían bautizado como San Juan Bautista. Ponce de León desembarcó, recorrió la costa, comprobó que había oro en los ríos y fundó un asentamiento al que puso el nombre de Caparra. Un año después, la Corona lo nombró gobernador de la isla. Tenía a su cargo una colonia incipiente, un puñado de vecinos armados y una población indígena sometida a repartimientos que no tardaría en alzarse.
El estallido llegó en 1511. El cacique Agüeybaná, que había recibido a los españoles con ceremonias de hospitalidad, murió; su sobrino, al que las crónicas llaman Agüeybaná «el Bravo», tomó el mando y organizó una sublevación general. Los taínos cayeron sobre el asentamiento de Sotomayor, en el oeste de la isla, y mataron a su fundador, Cristóbal de Sotomayor, y a buena parte de los vecinos. Ponce de León, que por entonces ejercía ya como governador en funciones, reaccionó con dureza y aplastó la revuelta en un combate que las fuentes sitúan en la región de Yagüecas.
La victoria no le sirvió de mucho. La Corona reclamó el control directo de la isla, los partidarios de Diego Colón le disputaron el cargo y Ponce de León se vio desplazado del gobierno que él mismo había fundado. De aquellos pleitos nació su verdadera ambición: encontrar tierras propias, lo bastante lejos como para gobernarlas sin que nadie le discutiera el mando.
Capítulo IV: La capitulación y la isla de Bímini
La ocasión llegó de la mano de una leyenda. En las Antillas circulaba la historia de Bímini, una isla que aparecía en algunos mapas y en ninguna derrota, y a la que se atribuía una fuente capaz de devolver la juventud a quien bebiera de ella. Los indios de La Española y de Puerto Rico hablaban también de una tierra grande al norte, más allá de las Bahamas, de la que se contaban cosas parecidas a las que se contaban de todas las tierras nuevas: que había oro, que había agua dulce, que había gente dócil.
En 1512, Fernando el Católico firmó con Ponce de León una capitulación que lo autorizaba a descubrir y poblar Bímini y la Florida. El documento le concedía los títulos de adelantado y gobernador de lo que encontrara, con la condición de costear la expedición de su propio bolsillo y de no tocar los dominios de la casa de Colón. Era un contrato de riesgo: si volvía con las manos vacías, perdía cuanto había puesto. Si volvía con oro, sería gobernador vitalicio de una tierra nueva. Ponce de León aceptó, y con aquel papel guardado en el arca zarpó hacia el norte en marzo de 1513.

Capítulo V: La fuente que Ponce de León nunca buscó
Conviene detenerse aquí, porque es en este punto donde la historia se ha mezclado con el mito hasta volverse irreconocible. La imagen popular de Ponce de León es la de un viejo obsesionado con la juventud eterna, un hombre que recorrió pantanos y ciénagas buscando un manantial milagroso. Esa imagen no aparece en la documentación de su tiempo. En la capitulación de 1512 no hay una sola línea sobre fuentes prodigiosas: se habla de poblar, de convertir y de buscar metales. Y en los relatos de quienes navegaron con él tampoco se menciona semejante objetivo.
El relato de la fuente se documenta mucho después, ya en las crónicas del siglo XVII, y se fue engordando con cada generación hasta convertirse en la explicación favorita de quienes querían dar a la exploración española un aire de fábula. La leyenda es más divertida que el documento, y por eso ha durado más. Lo que sí es cierto es que la historia de Bímini era moneda corriente en el Caribe de la época, y que muchos conquistadores, Ponce de León entre ellos, persiguieron islas imaginarias dibujadas por gente que nunca había estado allí. La distancia entre buscar una fuente milagrosa y buscar una isla que no existía es más pequeña de lo que parece.
Capítulo VI: La flecha de 1521
Tras el viaje de 1513, Ponce de León cruzó el Atlántico para defender sus derechos ante la corte. En 1514 obtuvo el título de adelantado de Florida y Bímini, y con él la facultad de colonizar la península. En los años siguientes la Corona le encomendó varias misiones de armas en el Caribe, entre ellas una campaña contra los caribes de las Antillas Menores que le ocupó varios meses y que no le reportó gloria ninguna.
La colonización de La Florida tendría que esperar. Esperó seis años. En 1521, ya entrado en años, Ponce de León organizó por fin su segunda expedición a la península: dos navíos y un puñado de hombres, ganado y aperos para fundar un asentamiento en firme. Desembarcaron en la costa suroeste, en territorio de los calusa, una de las naciones indígenas más poderosas de la región y la que menos disposición mostraba a aceptar huéspedes.
El recibimiento fue una emboscada. Las crónicas cuentan que Ponce de León recibió un flechazo mientras dirigía el desembarco, y que los expedicionarios, mal armados y peor situados, tuvieron que reembarcar a toda prisa. Los heridos fueron trasladados a Cuba. Ponce de León murió en julio de 1521 a consecuencia de la herida, sin haber llegado a gobernar ni un palmo de la tierra que había descubierto ocho años antes.
Sus restos fueron llevados a Puerto Rico. Hoy reposan en la catedral de San Juan Bautista, en el Viejo San Juan [PENDIENTE: confirmar fecha exacta del traslado definitivo de los restos a la catedral]. Sus derechos pasaron a su hija Juana Ponce de León, que los defendió ante los tribunales con la misma tenacidad con la que su padre los había defendido ante el rey.
De la isla de Bímini no queda nada: ni isla, ni fuente, ni mapa que la señale. La Florida, en cambio, conservó el nombre que un capitán de Tierra de Campos apuntó en su derrotero una mañana de Pascua. Más de cinco siglos después, sigue escrito sobre el mismo litoral que él vio primero y en el que una flecha le cerró el camino.

