La cumbre de la Unión Europea cierra sin acuerdo sobre el presupuesto comunitario y aplaza a diciembre la financiación de Ucrania. Los líderes abandonan Bruselas con abrazos, declaraciones solemnes y ningún papel firmado.
Volodímir Zelenski viajó a Bélgica a pedir dinero y regresó con buenas palabras. En la rueda de prensa posterior al Consejo Europeo, el presidente ucraniano cifró en 155.000 millones de euros el coste de la guerra en 2027 y reclamó al menos 70.000 millones adicionales para defensa, armamento y resiliencia: ‘Es una cantidad realista. Os pido que encontréis ese apoyo’. Avisó de que, si Europa no sostiene a Kiev, la factura llegará en forma de crisis migratoria, con hasta 20 millones de ucranianos llamando a la puerta comunitaria.
El Consejo Europeo que preside António Costa apenas dedicó tiempo al asunto. ‘Acordamos de inmediato que hay que atender las necesidades adicionales de financiación de Ucrania en 2027 y pedimos a la Comisión que venga con una propuesta concreta’, resumió. La traducción es sencilla: la decisión se va a diciembre, y ninguna opción recibió el respaldo explícito de los Veintisiete.
Un agujero de 70.000 millones que nadie quiere firmar
Bruselas volvió a poner en en la mesa la movilización de unos 300.000 millones de euros en activos rusos congelados. Casi un año después de que Bélgica, Francia e Italia bloquearan esa vía, varios Estados pidieron reabrirla y la Alta Representante, Kaja Kallas, la dio por viva antes de la cumbre. El resultado fue el mismo: ‘Nada ha cambiado’, zanjó el primer ministro sueco, Ulf Kristersson. ‘El dinero no está perdido, pero a corto plazo el apoyo a Ucrania tiene que venir de otras fuentes’.
Esas fuentes existen sobre el papel y ninguna está cerrada. Según dos diplomáticos comunitarios, la Comisión y las capitales exploran fondos de los aliados no comunitarios de Kiev, partidas europeas aún sin ejecutar y un nuevo préstamo conjunto que se sumaría a los 90.000 millones ya acordados en 2025. Todo mientras el agujero de 2027 sigue abierto.
Europa ha convertido el sostén a Kiev en una prórroga permanente: cada cumbre promete una solución y cada solución se firma en la siguiente.
El otro bloqueo tiene número propio: el Marco Financiero Plurianual (el presupuesto de la UE a siete años, cerca de 2 billones de euros), atascado entre los frugales que lidera Alemania, partidarios de un sobre más pequeño, y el grupo de Amigos de la Cohesión (los países que exigen no recortarlo, con España, Portugal, Grecia y Polonia a la cabeza). Horas de debate el jueves y ningún acercamiento. Emmanuel Macron avisó de que, con las presidenciales francesas en el horizonte, dejará de tener mandato político para firmar si no hay acuerdo antes de que acabe el año: ‘Creo que es posible para final de año’, dijo.
Mientras el dinero esperaba, la cumbre se enredó en otras dos trincheras. El primer ministro polaco, Donald Tusk, intentó suavizar el régimen de emisiones conocido como ETS2 —el sistema que extiende el pago por contaminar al transporte y a los edificios— y perdió pese a sumar más apoyos que en citas anteriores. Dinamarca, Italia y Polonia empujaron después para endurecer el lenguaje migratorio de las conclusiones, vinculando la inmigración irregular con la criminalidad.
España, en el centro del pulso migratorio

Ese párrafo también apuntaba a Madrid. La regularización de alrededor de 1 millón de migrantes irregulares aprobada por el Gobierno de Pedro Sánchez ha abierto una brecha con Giorgia Meloni y con la danesa Mette Frederiksen, que arrastraron a una decena de países, Hungría incluida. La jugada no salió: los párrafos se borraron de las conclusiones, que quedaron en versión recortada. Ursula von der Leyen sí confirmó que la Comisión presentará antes de fin de año un marco de emergencia para movimientos masivos como el que desbordó Ceuta el pasado verano.
Macron cerró con una crítica poco habitual: ‘Fue un mal debate porque ha estado muy politizado y ha sido una fuente importante de división’. La frase retrata una cumbre en la que cada capital ha venido a marcar territorio de cara a sus elecciones y pocas a cerrar expedientes.
El Eje del Poder Europeo
El eje franco-alemán llega en su versión más defensiva. Berlín lidera el bloque frugal y quiere un presupuesto más ajustado; París necesita cerrar el suyo antes de las presidenciales de 2027 y ya no tiene margen para regalar tiempo. Ninguno manda lo suficiente para imponer su tesis al otro, y esa parálisis es la que deja el marco presupuestario en el limbo. Los Amigos de la Cohesión tienen el número, pero no la unanimidad que exigen las decisiones de este calibre. Los frugales tienen el veto, pero no la mayoría. Un clásico.
Lo que España se juega es todo a la vez. La política de cohesión es el principal canal de retorno de fondos europeos, y un sobre recortado golpearía directamente a las comunidades autónomas que gestionan esos programas y a la PAC. A eso se suma el frente migratorio, donde Moncloa se ha quedado sola ante el eje Copenhague-Roma-Varsovia, y la financiación de Ucrania, cuyo préstamo conjunto se garantiza con avales del presupuesto comunitario: cuanto más se retrase el acuerdo, más se tensionarán las cuentas de 2027. La lectura es incómoda: Madrid defiende el gasto en Bruselas mientras lo contiene en casa, y ese doble discurso lo usan sus rivales en cada negociación.
Hay precedente. Entre 2010 y 2012, la UE resolvió la crisis del euro aplazando decisiones hasta que el mercado puso la fecha. En julio de 2020 pasó algo parecido con Next Generation: cuatro días y cuatro noches de Consejo Europeo para un fondo que se aprobó cuando la emergencia ya era insostenible. Ahora no hay pánico inversor, solo urgencia militar en el este, y sin pánico la maquinaria comunitaria tiene menos incentivos para ceder. El riesgo no es que Ucrania se quede sin los 70.000 millones, sino que se financie a golpe de parches anuales. El próximo hito es el Consejo Europeo de diciembre.

