EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, anunció durante el fin de semana que las tropas no se retirarán de las zonas del sur de Líbano que ya controlan y que podrían avanzar hacia Nabatieh y el río Litani si Hezbolá vuelve a atacar. Lo llamó ‘modelo Gaza’.
- ¿Quién está detrás? Israel (Katz y Netanyahu), Hezbolá, el Estado libanés de Joseph Aoun y una mediación estadounidense que sostiene el alto el fuego de junio. Sobre el terreno, la misión de la ONU.
- ¿Qué impacto tiene? Bloquea de hecho la resolución 1701, consolida una franja de unos 700 kilómetros cuadrados sin población y sitúa al contingente español en primera línea. La cita clave llega el 20 de octubre en Tampa.
La ocupación israelí del sur de Líbano deja de ser temporal. Israel Katz ha confirmado que las tropas no se retirarán y que aplicará allí el ‘modelo Gaza’, con más de 60 aldeas arrasadas y 23.000 viviendas destruidas como aval de la advertencia.
Qué ha anunciado Katz y qué significa exactamente ‘modelo Gaza’
La declaración no es un exabrupto de campaña. Katz fijó posición durante el fin de semana: las tropas permanecerán en las zonas que ya controlan y, ante nuevos ataques de Hezbolá, la ofensiva podría extenderse hacia Nabatieh y el río Litani. Traducido a términos operativos, unos 700 kilómetros cuadrados del sur libanés quedan fuera de cualquier calendario de retirada.
Las cifras que acompañan al anuncio las puso el propio ministro: más de 60 aldeas borradas del mapa, 23.000 viviendas destruidas y cerca de 200.000 residentes desplazados. Son datos sin verificación independiente, difundidos en la cobertura de RT desde Beirut, y deben tratarse como lo que son: afirmaciones de parte.
Katz no escondió el marco doctrinal. ‘Todas las aldeas han sido arrasadas’, dijo. ‘Este es el modelo Gaza, y este es el modelo que estamos implementando’. La frase importa porque describe una lógica militar concreta: demolición sistemática del tejido urbano para crear una franja de seguridad sin población civil, sin retorno y sin autoridad alternativa, igual que ya ocurrió en el corredor de Netzarim o en Rafah.
El paralelismo con la Franja no es retórico. La ofensiva israelí en Gaza, lanzada tras los ataques del 7 de octubre de 2023, ha dejado más de 74.000 muertos según las autoridades sanitarias gazatíes, ha desplazado a la práctica totalidad de la población y ha convertido buena parte del enclave en escombros.
En Beirut, el presidente libanés, Joseph Aoun, ha respondido con el argumento jurídico que sostiene todo el edificio: la ocupación impide al Ejército libanés desplegarse en la frontera internacional, tal y como exige la resolución 1701 del Consejo de Seguridad. Sin Ejército libanés en el sur no hay retirada israelí posible; sin retirada no hay despliegue. El círculo lleva veinte años cerrado.
Cada demolición en el sur libanés alarga la ocupación, y cada mes de ocupación hace más imposible el despliegue que debía sustituirla.
Tampa, 20 de octubre: la última ventana para una retirada negociada

Este martes, 20 de octubre, una delegación militar libanesa se sienta en en Tampa (Florida) en unas conversaciones auspiciadas por Washington. Beirut llega a pedir dos cosas concretas: el fin de los ataques y un calendario de retirada. La pregunta que planea sobre la mesa la formuló el corresponsal de RT en Líbano, Steve Sweeney: si esas conversaciones pueden terminar con la ocupación o si Israel ya ha decidido convertir su presencia en una realidad permanente.
La prueba no es cuánto dure la reunión de Tampa, sino si de ella sale una fecha de retirada. Sin fecha, se negocia la forma de la ocupación, no su final.
El alto el fuego que Washington logró cerrar en junio sigue formalmente en pie. En la práctica, los ataques aéreos y las demoliciones no han cesado, y la ONU calculaba a finales de septiembre unos 330.000 desplazados en el sur del país. Nada nuevo bajo el sol.
El Ministerio de Salud libanés cifra en 4.389 muertos y 12.424 heridos desde el 2 de marzo, cuando arrancó la escalada. Ese día Hezbolá atacó Israel en respuesta a los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre Irán; el Ejército israelí respondió con una campaña aérea y terrestre de gran escala.
El acuerdo de junio preveía una retirada gradual israelí, el despliegue paralelo del Ejército libanés y la salida de armas e infraestructura de Hezbolá de las zonas designadas. Su implementación lleva meses atascada. Netanyahu insiste en que sus tropas no se moverán hasta que Hezbolá se desarme; Hezbolá no se desarmará mientras haya tropas israelíes en el sur. Nadie se mueve.
Equilibrio de Poder
Washington ha apostado por gestionar el conflicto en lugar de resolverlo, y ahí está su contradicción: patrocina un alto el fuego cuyo principal firmante se niega a aplicarlo. La administración Trump no ha puesto sobre la mesa la única palanca que Israel teme de verdad, que es condicionar el apoyo militar y diplomático al cumplimiento del calendario. La prioridad sigue siendo Irán, y en esa jerarquía el sur de Líbano es un flanco que se administra con parches.
Para Moscú, el expediente libanés es munición narrativa: una ocupación declarada permanente le permite presentar el orden occidental como hipócrita sin pagar coste alguno sobre el terreno. Teherán, mientras, mide cuánto desgaste le supone sostener a Hezbolá como actor armado en un país que se deshace. La ecuación es perversa: cuanto más dure la ocupación, más difícil será el desarme que Israel exige como condición para salir.
Bruselas mira con incomodidad creciente. La UE sostiene la 1701 como marco y financia buena parte de la asistencia en Líbano, pero carece de instrumentos militares propios. España sí los tiene: el contingente español en la misión de la ONU en Líbano ronda los 650 militares, con base en Marjayoun, y opera en el mismo terreno donde Katz ha dibujado su franja. Cada demolición cerca de las posiciones de la ONU es un problema directo para el Ministerio de Defensa, no un titular lejano.
Conviene tener a mano el precedente. Entre 1982 y 2000, Israel mantuvo una zona de seguridad en el sur de Líbano durante dieciocho años, con aliados locales y un coste político creciente. Terminó con una retirada unilateral en mayo de 2000 bajo presión interna. La diferencia es que hoy no existe amortiguador: ni Ejército libanés desplegado, ni Estado capaz de absorber la reconstrucción, ni credibilidad intacta para vender otra resolución.
El riesgo inmediato es que la franja de los 700 kilómetros cuadrados se convierta en punto de partida y no en línea final. Si las operaciones cruzan el Litani hacia Nabatieh, el desplazamiento se dispara y la 1701 queda enterrada de forma definitiva. La próxima ventana es Tampa, el 20 de octubre; después llegan el informe trimestral del secretario general de la ONU sobre la 1701 y una renovación del mandato de la misión que no vuelve a discutirse hasta el verano de 2027. El reloj corre.

