Trump sostiene que la negociación sobre Ucrania avanza y mantiene congeladas las sanciones contra Rusia para no espantar al Kremlin. Lo escribió él mismo el domingo en Truth Social: prefiere la mesa a la presión.
El mensaje, del 18 de octubre, insiste en que su prioridad es cerrar un acuerdo y no dar pasos que ‘de forma insensata’ ahuyenten a Moscú de la mesa. Añadió que se están produciendo ‘grandes avances’ y que eso incluye ‘las actuales negociaciones de rehenes’, sin aclarar a quiénes se refería.
La decisión de fondo es otra. La Casa Blanca deja en el limbo el paquete que impulsaba el senador Lindsey Graham, bautizado como las ‘sanciones del infierno’: aranceles contra Rusia y contra los grandes compradores de su energía, con tipos sobre el crudo, el gas, y los productos refinados. Además, Washington flexibilizó a principios de mes las restricciones al diésel ruso para contener el precio de los carburantes.
Qué hay realmente detrás del ‘gran avance’ que anuncia Trump
Existe una arquitectura de negociación y no es pura retórica. Washington ha logrado la salida de varios ciudadanos estadounidenses encarcelados en Rusia y ha mediado en intercambios de prisioneros, incluido el acuerdo de mayo que preveía el retorno de 1.000 prisioneros por cada bando. Es el tipo de éxito que el presidente presenta como prueba de que su método funciona.
Pero hay una asimetría. Trump no renuncia a las sanciones: dice que conserva la opción de activarlas. Las usa como moneda de cambio, y esa moneda está hoy en otro tablero. ‘Rusia está haciendo muy poco, o nada, para ayudar a la República Islámica de Irán, comparado con lo que podría hacer, y quiero que siga así’, argumentó. El precio real no es Ucrania, es Teherán.
Washington no regala nada a Moscú. Compra tiempo con la única moneda que el Kremlin valora de verdad: la ausencia de dolor económico.
El Kremlin respondió este lunes con cortesía calculada. Dmitri Peskov afirmó que ‘la parte estadounidense continúa sus esfuerzos de mediación y pacificación, que valoramos mucho’, y añadió que un arreglo final es imposible sin alguien al otro lado que represente a Kiev y asuma responsabilidades. Moscú acepta el marco y exige cambiar de interlocutor.
Más explícito fue Kirill Dmítriev, enviado de inversiones de Vladímir Putin, que celebró el mensaje por exponer la ‘verdadera motivación oculta’ de Volodímir Zelenski, de quien dijo que no quiere terminar esta guerra ‘y probablemente nunca lo quiso’. Cada intervención de Trump acaba convertida en material de desgaste contra Kiev.
A eso se suma la queja terrenal: los ataques ucranianos contra refinerías rusas desordenan el mercado del diésel, y Trump lo reprochó a Kiev. La paradoja es notable. Ucrania golpea la fuente de ingresos que sostiene la guerra; Washington, que dice querer ahogarla, acaba de aliviar las restricciones al diésel ruso para que el surtidor no se dispare.
Bruselas, 70.000 millones y dos vetos sobre la mesa
El viernes, en la cumbre europea de Bruselas, Zelenski volvió a pasar la gorra. Pidió 70.000 millones de euros adicionales para el próximo ejercicio, sobre los 90.000 millones ya desembolsados por el bloque. La cifra conjunta ronda el 0,9% del PIB de la Unión y no hay consenso para digerirla.
Robert Fico, primer ministro eslovaco, rechazó participar en una financiación adicional. El checo Andrej Babis descartó avales desde Praga. El canciller alemán, Friedrich Merz, salió al quite: la Comisión Europea examinará nuevas fórmulas, lo que en la jerga comunitaria significa que el dinero todavía no existe. Cuentas que no salen.
La aritmética tiene consecuencias para España. Si Bruselas tira de deuda común o amplía el marco plurianual, la factura se reparte entre contribuyentes netos y socios con capacidad fiscal. Según fuentes diplomáticas consultadas por este medio, Madrid se mueve en la ambigüedad: quiere que el esfuerzo recaiga según el peso económico de cada país, pero es receptor neto de cohesión. La cuadratura del círculo no es ucraniana. Es europea.
Equilibrio de Poder
La lectura de fondo es un cambio de doctrina. Washington abandona la presión máxima de la primera administración Trump, heredada por Biden, y la sustituye por una gestión transaccional en la que las sanciones son un activo que se compra y se vende. El precedente no es Ucrania, sino Minsk II: en febrero de 2015 se firmó un alto el fuego que congeló el frente sin resolver nada mientras Europa discutía cuándo aliviar sus medidas. El resultado fueron ocho años de guerra larvada y una invasión a gran escala.
Para Moscú el rédito es doble. Gana tiempo para recomponer su economía de guerra y desplaza la conversación internacional del territorio a la persona: del mapa de Donetsk a la legitimidad de Zelenski. Eso sí, no ha movido un solo batallón como gesto de buena voluntad, y sin verificación cualquier alto el fuego nace muerto. La incertidumbre aquí no es retórica.
España mira tres frentes. El energético: el diésel ruso que vuelve al mercado abarata el transporte a corto plazo y consolida ingresos fiscales para el Kremlin. El del gasto en defensa, donde la presión aliada hacia el 5% del PIB no ha desaparecido y los datos de SIPRI ya sitúan el gasto militar europeo en máximos de la Guerra Fría. Y el flanco sur: si Washington concentra su energía en el eje Irán-Rusia y en el Indo-Pacífico, Moscú gana margen en el Sahel y en el Magreb, justo donde España juega su seguridad migratoria y su relación con Marruecos y Argelia.
Y una contradicción que el relato oficial esconde: aliviar el diésel ruso mientras se reprocha a Kiev atacar refinerías equivale a subsidiar la refinería que se quiere neutralizar. El Consejo Europeo volverá sobre la financiación a Ucrania en su reunión de diciembre, con la Comisión obligada a presentar opciones antes.
A cinco años vista, el escenario más probable no es una paz firmada, sino un armisticio de facto con sanciones a medio gas, una Ucrania financiada con deuda europea y una Rusia que reconstruye influencia en África con el dinero que deja de pagar en multas. Para España, factura doble: más gasto común y una frontera sur más porosa. Dejémoslo en un ‘ya veremos’.

