Juan de Garay, el conquistador que refundó Buenos Aires en 1580

El 11 de junio de 1580, Juan de Garay fundó por segunda vez Buenos Aires sobre las ruinas de la ciudad que Pedro de Mendoza había abandonado en 1541. Siete años antes había fundado Santa Fe y en 1583 murió en una emboscada indígena.

El 11 de junio de 1580, Juan de Garay mandó pregonar la fundación de una ciudad en lo alto de una barranca del Río de la Plata. A su espalda, unas sesenta personas —soldados, labradores, mujeres y niños— miraban el río. Cuarenta y cuatro años antes, Pedro de Mendoza había fundado allí mismo Santa María del Buen Ayre; en 1541, los supervivientes la abandonaron y se replegaron hacia Asunción. Garay no venía a descubrir un territorio nuevo. Venía a repetir un fracaso con mejores cuentas.

La escena tenía algo de ceremonia administrativa: el acta, la firma, el reparto de suertes. Pero debajo del formulario notarial había una apuesta militar y comercial de primer orden. Quien controlara la boca del Río de la Plata controlaba la salida natural de un territorio inmenso. En 1580, esa salida seguía sin dueño estable.

Juan de Garay no era un recién llegado. Llevaba más de tres décadas en Indias y había pasado por casi todos los escalones de la administración colonial. Lo que hizo aquel día no fue un acto de heroísmo improvisado, sino la culminación de un plan que llevaba años madurando.

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Capítulo I: El hombre de Villalba de Losa

Juan de Garay nació hacia 1528 en Villalba de Losa, una aldea de la merindad de Losa, hoy en la provincia de Burgos, a un paso de Álava. El lugar exacto de su nacimiento sigue discutiéndose: Villalba de Losa y Orduña se disputan el honor. Lo que nadie discute es el origen familiar: una casa de hidalgos sin fortuna, de las que poblaban los pueblos del norte con más blasones que tierras.

Pasó a Indias siendo muy joven, a mediados de la década de 1540. Como tantos otros, se enroló en las guerras del Perú, donde la Corona llevaba años pleiteando con los conquistadores por el reparto del botín. De allí saltó al Río de la Plata, a la ciudad de Asunción, que por entonces era la capital de hecho de una gobernación inmensa y pobre.

La emigración a Indias no era un viaje de placer. Los barcos tardaban semanas en cruzar el Atlántico, las tormentas eran frecuentes y las enfermedades diezmaban a la tripulación. Los que llegaban lo hacían con una mezcla de hambre y ambición: hambre de tierra, ambición de honor. Garay era uno de ellos.

Asunción era una ciudad de frontera. Vivía del trabajo de los indígenas y de la esperanza de encontrar una salida hacia el mar. Los españoles que se quedaban allí no se hacían ricos, pero aprendían a mandar. Garay aprendió rápido.

Capítulo II: Asunción, la capital de la tierra adentro

En Asunción, Garay se labró una reputación de hombre de orden. No era un conquistador de leyenda, de los que regresaban a España con un cofre de oro; era un gestor de frontera, de los que saben cuántas fanegas de maíz quedan en el granero y cuántos hombres pueden levantarse en armas si se retrasa la paga. A finales de la década de 1560 fue nombrado teniente de gobernador.

La gobernación del Río de la Plata dependía de los adelantados, una figura jurídica que mezclaba la iniciativa privada con el servicio a la Corona. El adelantado Juan Ortiz de Zárate murió en 1576, y Garay quedó al frente del gobierno interino. No era un cargo cómodo: la provincia era un rosario de aldeas dispersas, los indígenas hostiles en la frontera y los recursos, escasos.

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La sociedad de Asunción era una piña de conquistadores, mestizos y encomenderos. Los españoles vivían del tributo indígena y del comercio de subsistencia; los mestizos, los llamados mancebos de la tierra, formaban la milicia y el artesanado. Garay supo moverse entre unos y otros sin enemistarse con nadie.

Garay gobernó con mano firme y con una obsesión: encontrar un puerto. Asunción estaba tierra adentro, a más de mil kilómetros del mar. Todo lo que entraba o salía de la provincia tenía que remontar el Paraná, el Paraguay o el Plata en canoas y carretas. Un puerto en la desembocadura habría cambiado las reglas del juego.

Capítulo III: Santa Fe, 1573

El 15 de noviembre de 1573, Garay fundó Santa Fe de la Vera Cruz a orillas del Paraná, en un paraje conocido como Cayastá. No era una fundación improvisada: llevaba meses recorriendo la zona, buscando un emplazamiento con agua dulce, tierra firme y salida al río. La ciudad nacía con una función concreta: servir de escala entre Asunción y el Atlántico, un puerto interior que permitiera mover hombres y mercancías sin depender de los caminos terrestres.

Santa Fe no era solo una ciudad: era un proyecto de control territorial. Desde allí se podía vigilar el Paraná, contener a los indígenas del Chaco y abrir una ruta hacia el Atlántico. Garay eligió el emplazamiento con criterios militares y comerciales: una barranca alta, protegida de las crecidas, con agua dulce y madera cerca.

Garay repartió las suertes de tierra entre los vecinos, nombró cabildo y levantó las primeras casas. La ciudad se trasladaría de emplazamiento en 1660, pero el acta de 1573 quedó como el primer documento de una de las ciudades más antiguas de la actual Argentina.

La fundación de Santa Fe no fue un fin en sí mismo. Era un ensayo. Garay estaba probando un modelo: reunir a un grupo de vecinos, repartir tierras, nombrar autoridades y asegurar la frontera con un puñado de hombres. El modelo funcionó. Siete años después lo repetiría a lo grande.

Capítulo IV: El viaje de 1580

En la primera mitad de 1580, Garay reunió en Asunción a un grupo de vecinos dispuestos a marchar. Las cifras bailan según las fuentes: unas sesenta personas, quizá algunas más, entre soldados, labradores y familias enteras. Llevaban caballos, herramientas, semillas y provisiones para varios meses. El objetivo era el mismo lugar que Mendoza había abandonado en 1541: la boca del Rio de la Plata, la salida natural hacia el Atlántico.

El Paraná era la autopista del interior. Por él bajaban los productos de la tierra —cueros, tabaco y otros frutos— y subían las mercancías europeas, las armas y el hierro. Controlar el río era controlar la economía de la gobernación.

El viaje duró semanas. La expedición bajó el Paraná en embarcaciones ligeras, con escalas en los pueblos de indios y en los fortines que Garay conocía de sus campañas anteriores. No fue un paseo: el río era ancho, las orillas estaban pobladas por grupos indígenas que no siempre recibían bien a los forasteros y las provisiones se agotaban más rápido de lo previsto.

Cuando la expedición llegó a la desembocadura, encontró lo que Garay esperaba: una barranca alta, agua dulce cerca y un fondeadero natural. Los grupos indígenas que poblaban la zona seguían siendo dueños de la tierra. Garay sabía que sin acuerdos con ellos la ciudad no duraría.

segunda fundación de Buenos Aires

Capítulo V: La segunda fundación

El 11 de junio de 1580, Garay fundó oficialmente la Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires. El doble nombre no era un capricho: «Trinidad» designaba la ciudad, «Buenos Aires» el puerto. El acta de fundación, con sus fórmulas notariales, repartió las suertes de tierra entre los primeros vecinos y nombró a las autoridades del cabildo.

El acta de fundación no era un simple papel: era un contrato. En ella se fijaban los límites de la ciudad, se repartían las tierras y se establecían las obligaciones de los vecinos. Garay sabía que una ciudad necesitaba términos, ejido y dehesa para sobrevivir.

La ciudad nació con una vocación militar y comercial. Un fuerte para defender la boca del Plata, un puerto para conectar con España y una base para contener la expansión portuguesa desde el Brasil. Garay sabía que la fundación no bastaba: había que poblarla, abastecerla y defenderla. Y para eso hacían falta hombres, mujeres, animales y dinero.

Los primeros años fueron duros. Buenos Aires vivió de la exportación de cueros y sebo, del contrabando y de la ayuda de Asunción. La Corona no la reconoció como puerto oficial durante décadas —el monopolio comercial de Sevilla y Cádiz lo impedía—, pero la ciudad creció igual. En 1617 se convirtió en sede de una gobernación propia. Garay no lo vio.

Capítulo VI: Muerte en el Río de la Plata

Garay no tuvo mucho tiempo para ver crecer su ciudad. En 1583, durante una expedición de reconocimiento por la costa del Río de la Plata, fue sorprendido por un grupo de indígenas. Murió con varios de sus hombres. Las fuentes discrepan sobre el lugar exacto y la fecha; algunas hablan de una emboscada cerca del río de las Conchas, otras de un encuentro en la costa. Su cuerpo, según la tradición, nunca fue encontrado.

La muerte de Garay fue un golpe para la gobernación. El hombre que había fundado dos ciudades y gobernado la provincia durante años desapareció sin dejar un sucesor claro. El nuevo adelantado, Juan de Torres de Vera y Aragón, llegaría poco después.

Tenía unos cincuenta y cinco años. No dejó una fortuna, ni un memorial de agravios, ni una crónica escrita por él mismo. Dejó dos ciudades, un puerto y un modelo de poblamiento que sus sucesores copiarían durante generaciones.

Sus restos, si quedaron en algún lugar, se los tragó el río. La tradición oral y las crónicas posteriores tejieron la leyenda de un conquistador que murió como había vivido: en la frontera, lejos de los despachos y de las ceremonias.

La muerte de Garay dejó la gobernación en manos interinas. Juan de Torres de Vera y Aragón fundaría Corrientes en 1588. Para entonces, Buenos Aires ya era una realidad: una aldea de barro y paja, con un cabildo, una iglesia y un puerto, que sobreviviría a incendios, inundaciones y ataques.

Buenos Aires fue fundada dos veces. La primera, por Pedro de Mendoza en 1536, y abandonada en 1541. La segunda, por Juan de Garay en 1580. Entre una y otra hay cuarenta y cuatro años de fracasos, repliegues y aprendizaje. La ciudad que hoy es una de las mayores del continente nació de un acta notarial, un reparto de tierras y la obstinación de un hidalgo burgalés que entendió antes que nadie que una ciudad se sostiene con papeles.