Abre el Metro de Sol pero no se descartan nuevos cortes por los orines en los pozos de ventilación

Jorge Rodrigo advierte de que el laboratorio aún detecta amoníaco en los pozos de la Puerta del Sol y culpa a la acampada del 26 de septiembre. La estación estuvo cerrada desde el mediodía del viernes hasta la noche del sábado.

El cierre de Metro Sol del pasado fin de semana puede repetirse. Los análisis de laboratorio siguen detectando índices altos de amoníaco en los pozos de ventilación de la Puerta del Sol y la Comunidad de Madrid no descarta una nueva clausura de la estación si los resultados no mejoran.

El consejero de Vivienda, Transportes e Infraestructuras, Jorge Rodrigo, confirmó este lunes esa posibilidad tras visitar las obras de la M-305. Aseguró que, después de las labores de limpieza del fin de semana, la infraestructura ‘está cumpliendo con la normativa’, pero advirtió de que los acampados vuelven a utilizar y a tapar los pozos con tiendas de campaña.

Qué tiene que pasar para que Sol vuelva a cerrar

Metro mantuvo cerrada la estación desde el mediodía del viernes hasta última hora del sábado. El motivo no fue una avería: un informe de riesgo higiénico detectó acumulación de orines, excrementos, y residuos orgánicos procedentes de la acampada que ocupa el Kilómetro Cero desde el 26 de septiembre.

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El documento es exigente en la forma. Establece que no se debe reanudar el servicio hasta disponer de ‘garantías objetivas y documentadas’ de que las condiciones de seguridad y salud se han restablecido. Para lograrlo, un laboratorio externo a Metro fijó un protocolo con plazos: ventilación de las instalaciones, recogida de muestras, análisis y resultados. Todo cuenta desde que termina la limpieza. El reloj se reinicia cada vez que se vuelve a ensuciar.

A quién le cuesta la plaza: viajeros, comercio y bomberos

Rodrigo puso el foco en tres afectados. El primero, el comercio de la zona, que pierde clientes cada día que la boca de metro echa el cierre. El segundo, los vecinos y visitantes: ‘no podemos andar libremente por esa plaza’, dijo. El tercero, el propio suburbano, porque los pozos de ventilación no son un adorno. Y hay un cuarto que el consejero subrayó: las columnas secas de agua contra incendios de la vía pública, ahora ocupadas por tiendas de campaña.

Una estación se puede cerrar doce horas y reabrir. Lo que no se recupera tan rápido es la confianza de quien pasa cada mañana por una plaza que ya no reconoce.

La pelota, en cualquier caso, está en el tejado de la Delegación del Gobierno. Rodrigo reclamó por enésima vez el desmantelamiento de la acampada y responsabilizó directamente al delegado, Francisco Martín, de lo que ocurra en la plaza. ‘Si ocurre algo, la responsabilidad máxima la va a tener el delegado del Gobierno’, afirmó. Fuentes municipales consultadas por este medio insisten en que la competencia para desalojar no es suya.

Mientras tanto, el usuario del suburbano convive con la incertidumbre. Un cierre como el del fin de semana obliga a rodear por Tirso de Molina, Callao o Gran Vía. Nada dramático en un día normal. Un problema serio si se produce en hora punta y sin aviso previo en los paneles de la estación ni en la web de Metro. Eso sí, la información oficial se limita, de momento, a un ‘si los análisis lo confirman’.

El precedente que la Comunidad no está aplicando

Los cierres programados de la red se han comunicado históricamente con semanas de antelación y con plan alternativo. Cuando la Comunidad cortó tramos por obras —el caso más citado, la L1 en 2022— publicó calendario, autobuses de sustitución y cartelería con margen, según el calendario que entonces difundió la Comunidad de Madrid. Aquí no hay fecha, no hay plan de transporte alternativo y no hay un umbral público de amoníaco a partir del cual se decide cerrar. Solo una frase: se hará ‘por seguridad de los trabajadores’.

Ese es el punto débil del protocolo. La decisión depende de un análisis que nadie conoce de antemano y de una limpieza que se deshace cada noche. Sin un umbral publicado, el cierre deja de ser una medida técnica y pasa a ser un acto discrecional, por muy justificado que esté en el fondo.

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Tampoco ayuda el calendario político. La acampada cumple ya tres semanas largas y ninguna de las dos administraciones mueve ficha: una pide el desalojo, la otra no lo ejecuta. En medio queda un servicio público esencial que depende de que una plaza esté limpia. Cosas que pasan en 2026.

Lo que sí conviene retener: la próxima decisión no se tomará en un despacho, sino en un laboratorio. Si los resultados de amoníaco vuelven a dispararse, Sol cerrará otra vez, probablemente con menos margen que el viernes pasado. Y el viajero se enterará al llegar al andén.