El presupuesto UE bloqueado ha dejado al Consejo Europeo sin margen: dos días de cumbre y ninguna cifra cerrada. Los líderes llegaron a Bruselas el 15 y el 16 de octubre con la intención de encarrilar el Marco Financiero Plurianual —el MFP, la norma que fija cuánto gasta la Unión y en qué durante siete años— y se marcharon envueltos en una pelea agria por la política energética que nadie había previsto.
Dos días de cumbre y ni una cifra: así se atascó el MFP
El MFP en liza ronda los dos billones de euros, la mayor cifra de la historia comunitaria. No es un número retórico: de ahí salen la política agrícola común, los fondos de cohesión que sostienen buena parte de la inversión autonómica española y el dinero con el que Bruselas quiere financiar defensa y reconstrucción ucraniana. Sin acuerdo político, el marco que debe estar listo para 2028 se queda sin texto y sin programación. El detalle técnico completo puede rastrearse en el portal oficial de la Unión Europea.
Las conclusiones de la cumbre omitieron cualquier mención a cerrar el consenso antes de que termine el año, según recoge Politico Europe. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, había empujado por una fecha límite a finales de 2026. Los Estados miembros se resistieron. ‘Vivimos en 27 democracias’, zanjó el viernes. ‘Más o menos cada mes hay una elección. Si la cuestión son las elecciones, nunca podríamos aprobar un presupuesto’.
Quedan tres citas antes de que el asunto se desborde: la reunión de líderes del 13 de noviembre, la del 26 de noviembre y el Consejo de diciembre. El calendario oficial está disponible en la web del Consejo de la UE. Si ninguna de las tres produce texto, la negociación se arrastra a 2027, el año en el que media Europa pasa por las urnas.
El único acuerdo tangible del fin de semana fue un pacto franco-alemán sobre el automóvil. Todo lo demás fue trinchera. El pulso energético, que no figuraba entre los grandes expedientes previstos, se comió el escaso capital político disponible y dejó a los negociadores sin margen para improvisar un borrador de compromiso presupuestario.
Ucrania, los activos rusos y el calendario que lo envenena todo

El agujero ucraniano no espera a nadie. El FMI calcula que Kiev afrontará el próximo año un déficit de entre 30.000 y 35.000 millones de dólares, y eso después de los 90.000 millones de euros que la UE ya comprometió el año pasado. Rusia castiga la infraestructura energética antes de un invierno que se anuncia brutal, y el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, puso la nota dramática en Bruselas: si Ucrania cae, dijo, 20 millones de ucranianos llamarán a la puerta de la UE.
La vía más citada en los pasillos —los 200.000 millones de euros de activos rusos inmovilizados en Euroclear, el depositario financiero con sede en Bruselas— tampoco tiene consenso. Bélgica, que ya frenó intentos anteriores, no se ha movido un milímetro. ‘Nada ha cambiado’, resumió el primer ministro sueco, Ulf Kristersson, al abandonar la cumbre antes de tiempo. Las alternativas que se manejan, como emitir más deuda conjunta, exigen precisamente las cesiones que hoy nadie quiere firmar.
Bruselas ya no negocia contra gobiernos con mandato, sino contra calendarios electorales: cada papeleta nacional resta un punto de margen al presupuesto europeo.
Porque el calendario es el verdadero adversario. Los cuatro motores económicos de la Unión —Alemania, Francia, Italia y España, que suman en torno al 60% del PIB y de la población del bloque— entra a la vez en ciclo electoral o en convulsión interna. España vota el 29 de noviembre y, según dos diplomáticos citados por Politico Europe, no habrá Gobierno formado hasta enero. Francia cambia de presidente en abril de 2027. En Alemania, el ascenso de Alternativa para Alemania (AfD) complica la posición de Friedrich Merz, aunque las federales no toquen hasta 2029. Y en Italia, Giorgia Meloni tiene elecciones en octubre de 2027, si bien nadie descarta un adelanto.
El efecto ya se mide en las actas. Emmanuel Macron admitió a puerta cerrada, según cuatro diplomáticos europeos, que no tendrá mandato político para firmar un acuerdo presupuestario en sus últimos meses en el Elíseo. ‘Ahora tenemos una Europa sin líder evidente’, resume otro diplomático. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ‘es poderosa’, concede la misma fuente, ‘pero no tenemos una Merkel ni un Mitterrand’. El primer ministro belga, Bart De Wever, lo dijo sin nombrar a nadie: ‘Buscan nuestra división. Quieren nuestra división. Y tienen, por supuesto, puntos donde pueden hacernos daño’.
El Eje del Poder Europeo
La lectura estratégica es esta: no estamos ante un atasco técnico, sino ante el primer gran pulso del ciclo político que va a redefinir la UE hasta 2035. El eje franco-alemán llega a la negociación del MFP en su versión más débil en quince años. París aporta un presidente saliente y un Elíseo que cambiará de inquilino en abril de 2027; Berlín, un canciller cuya autoridad interna se deshace. El único acuerdo que ambos supieron cerrar en dos días fue el del automóvil, un expediente sectorial que no toca el núcleo del dinero.
Los frugales del norte —Países Bajos, Austria, Dinamarca, Suecia y Finlandia— tienen menos incentivos que nunca para ceder. Su argumento de siempre, que no habrá nueva deuda común ni presupuesto al alza sin reformas, se refuerza cuando los grandes contribuyentes netos están en plena campaña. Suecia lo escenificó: Kristersson se fue antes de que terminara la cumbre. En el otro extremo, los países del sur —España, Italia, Portugal, Grecia— defienden una cohesión fuerte porque son receptores netos. Y en el este, Polonia ejerce de halcón antirruso y principal valedor de Kiev, mientras Budapest conserva el historial de veto que ya retrasó el mecanismo de 50.000 millones para Ucrania a comienzos de 2024.
Para España el coste es doble. Como beneficiaria de cohesión y PAC, un MFP que se retrasa significa que las comunidades autónomas programan el ciclo 2028-2034 sin marco jurídico, con el consiguiente parón de licitaciones y fondos que ya está en los papeles de las consejerías. Y como actor político, Moncloa llega a las citas del 13 y el 26 de noviembre en campaña, y probablemente sin Gobierno consolidado en enero, justo la ventana que un alto cargo comunitario señala como la última oportunidad real de acuerdo.
El precedente está a mano. En julio de 2020, el MFP y el fondo Next Generation —1,8 billones en total— exigieron una cumbre maratoniana de cuatro días y noches para doblegar la resistencia de los frugales, y aquel pacto nació ya condicionado por el mecanismo de condicionalidad (la herramienta que permite congelar fondos a un Estado que vulnera el Estado de Derecho). Hoy falta el ingrediente que entonces lo hizo posible: una crisis tan aguda que convirtiera el acuerdo en necesidad y no en elección.
El riesgo inmediato es doble y concreto. Uno, que Bélgica mantenga su veto sobre los activos rusos y Ucrania entre en 2027 con financiación puente mes a mes. Dos, que el MFP se negocie con prórrogas presupuestarias anuales, lo que encarece cada programa y dispara la incertidumbre para agricultores, regiones y empresas. El coordinador del PPE en el presupuesto, Siegfried Mureșan, lo resumió sin diplomacia: los líderes han sido ‘demasiado lentos’ y ‘el tiempo se acaba’.
La próxima estación es el 13 de noviembre. Y después, enero. Si para entonces no hay texto, la UE habrá demostrado que su mayor presupuesto puede morir no por falta de dinero, sino por exceso de calendario electoral.

