Diego de Almagro, el rival de Pizarro que descubrió Chile

Salió del Cusco en 1535 con quinientos hombres y volvió sin oro, para perderlo todo en Las Salinas. La expedición que abrió Chile a Europa fue también la sentencia de muerte de su capitán.

El tornillo del garrote dio la última vuelta en el Cusco la mañana del 8 de julio de 1538. Diego de Almagro, tuerto, con sesenta y tantos años encima y el polvo de Chile todavía en las botas, murió estrangulado por orden de los Pizarro en la misma ciudad que había jurado defender para el emperador. Las crónicas de Indias añaden un detalle que todavía hiela: después, el verdugo le segó la cabeza y la clavó en la picota, para escarmiento de sus partidarios. El hombre al que la Corona había hecho gobernador de doscientas leguas de tierra desconocida terminó sus días como un reo común, condenado por traición.

Cuatro años antes, ese mismo hombre había salido del Cusco al frente de una hueste con la que pensaba encontrar un segundo Perú. Volvió sin oro, con menos hombres y con la certeza de que su socio de juventud le estaba comiendo la gobernación. La biografía de Diego de Almagro no es solo la de un conquistador: es la de alguien que descubrió Chile y, al hacerlo, empezó a perder el Perú.

Capítulo I: El expósito de la villa de Calatrava

Antes de tener apellido tuvo pueblo. Diego de Almagro nació hacia 1475 en Almagro, villa manchega de la Orden de Calatrava, y tomó de ella el nombre con el que pasó a la historia. La tradición que recogen los cronistas lo hace expósito, criado por manos ajenas, sin padre ni madre de los que heredar posición alguna. Pedro Cieza de León, autor de la Crónica del Perú, se hace eco de ese origen humilde. Cierta o aderezada, la historia encaja con lo que luego fue: un hombre sin linaje, sin letras y sin más padrinos que su capacidad de aguantar.

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En 1514 pasó a Indias con la armada de Pedro Arias Dávila, el gobernador que iba a poblar Castilla del Oro. Tenía entonces cerca de cuarenta años, edad tardía para empezar de cero al otro lado del océano. En el istmo de Panamá se asentó como vecino, acumuló oficio de frontera y aprendió lo que en aquellas tierras valía más que la hidalguía: a mover hombres, a fletar barcos y a sostener una empresa cuando ya no quedaba un maravedí para pagarla.

Capítulo II: Los tres socios del Mar del Sur

Hacia 1524, en Panamá, tres hombres cerraron un acuerdo que acabaría cambiando el mapa del mundo. Francisco Pizarro, soldado extremeño de origen oscuro; Diego de Almagro, que ponía la intendencia y los contactos; y el clérigo Hernando de Luque, maestrescuela de la catedral, que aportaba fondos y cobertura piadosa. Los tres se repartieron por igual lo que se descubriese. El texto exacto de aquel pacto solo se conoce por la versión que recogió Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, y los historiadores discuten su forma jurídica; lo que nadie discute es el resultado: una sociedad de riesgo en la que cada uno puso lo que tenía.

La primera expedición, en 1524 y 1525, fue un rosario de manglares, hambre y flechas. Almagro perdió un ojo en un combate con indígenas. Las crónicas lo pintan desde entonces de baja estatura, moreno y tuerto, y esa falta fue parte de su figura pública tanto como su mala fama de hombre duro.

En 1527 la empresa estuvo a punto de morir en la isla del Gallo. El gobernador de Panamá había ordenado volver, y Pizarro, con una raya trazada en la arena y trece hombres dispuestos a quedarse, decidió seguir. Almagro, mientras tanto, peleaba en Panamá contra la orden de disolver la compañía y regresó con un barco de socorro a la isla de la Gorgona, donde los trece resistían. Sin aquella vuelta, no habría habido conquista del Perú.

Al año siguiente fue Pizarro quien cruzó el océano para defenderse en la corte. Mientras él negociaba en España, Almagro se quedó en Panamá sujetando la empresa con alfileres: reclutando hombres, comprando pertrechos y esperando una capitulación que, cuando llegó, no le gustó.

Capítulo III: La afrenta de la capitulación de Toledo

En julio de 1529 la Corona firmó en Toledo la capitulación que ordenaba la empresa. Pizarro quedó como gobernador y capitán general de Nueva Castilla, doscientas leguas de costa hacia el sur. A Almagro se le reconoció la hidalguía y una renta; a Luque se le prometió el obispado de Tumbes. Almagro se sintió postergado, y tenía motivos para sentirse así: había puesto más dinero y más hombres que nadie en los años de los naufragios.

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En 1533, cuando por fin llegó al Perú con refuerzos, Atahualpa ya estaba muerto y el rescate de oro y plata repartido entre quienes habían estado en Cajamarca. Almagro y los suyos no cobraron nada. Ese agravio, económico antes que político, envenenó todo lo que vino después.

La Corona intentó compensarle: en 1534 le reconoció la gobernación de Nueva Toledo, doscientas leguas al sur de la de Pizarro, con el Cusco dentro de la zona en disputa. Nadie sabía exactamente por dónde caía la raya. Almagro fundó Trujillo en diciembre de ese mismo año y organizó su propio gobierno. Después miró al sur: se decía que en la tierra que los incas llamaban Chile había oro y reinos que saquear, y él tenía autorización para buscarlos.

Capítulo IV: Doscientas leguas hacia el frío

En julio de 1535 salió del Cusco con unos quinientos españoles y varios miles de indios auxiliares, según las crónicas. La columna cruzó el altiplano y se metió en la cordillera de los Andes por un paso que cobró un precio espantoso. El frío y la falta de pastos hicieron estragos entre los indios de servicio, mal abrigados y peor alimentados; las fuentes coinciden en que muchos murieron en el camino. Los caballos también se perdieron, y con ellos la única ventaja real de una hueste de aquel tamaño.

Llegaron al valle de Copiapó, y allí Almagro tomó posesión de la tierra en nombre del rey. Siguió hacia el sur, hasta los valles del Aconcagua. No encontró lo que buscaba: ni minas, ni ciudades, ni grandes señores que vaciar de tesoros. Solo comunidades dispersas, tierras de riego escaso y una población que no tardó en mostrarse hostil.

Los hombres empezaron a contar los días y a mirar hacia el norte. Las noticias que subían del Perú no eran mejores: la guerra había estallado entre los españoles y cada mes de ausencia podía costarle a Almagro la gobernación entera. La decisión de volver se tomó en consejo. El regreso, por el desierto de Atacama, fue una de las travesías más brutales de la conquista. Cuando la hueste llegó por fin a Arequipa, en 1537, era una sombra de lo que había salido del Cusco.

El balance, mirado en frío, es contundente: no quedó ni un solo colono español en Chile ni se fundó allí ninguna ciudad. La expedición de Almagro fue un descubrimiento sin conquista, la primera vez que Europa puso un pie en aquel territorio y también la constatación de que el botín estaba en otra parte. La historiografía chilena lo recuerda como el primer europeo que recorrió sus valles; la del Perú, como un hombre que se equivocó de dirección en el peor momento posible.

Capítulo V: La guerra de los dos viejos amigos

Almagro entró en el Cusco en abril de 1537 y tomó posesión de la ciudad en nombre de su gobernación. El Perú ardía: Manco Inca había puesto cerco a la capital y el país estaba partido en bandos. La llegada del tuerto cambió el equilibrio. Alonso de Alvarado, que venía con refuerzos para Pizarro, fue derrotado por él el 12 de julio de 1537 en el llano de Abancay. Poco después, Almagro apresaba a Hernando y a Gonzalo Pizarro.

Vino entonces la entrevista de Mala, el último intento de arreglo entre los dos viejos socios. Acordaron someter el pleito al rey y dejar las armas. El acuerdo se deshizo casi antes de secarse la tinta. Hernando Pizarro, liberado, reunió un ejército y marchó sobre el Cusco. El 6 de abril de 1538, en la llanura de Las Salinas, se decidió todo. Almagro, enfermo, no mandó en persona: puso al frente a su maestre de campo, Rodrigo Orgóñez. La victoria fue de los Pizarro. Orgóñez murió en el campo y Almagro fue hecho prisionero.

La conquista del Perú fue, más que una guerra contra los incas, una guerra civil entre españoles; así lo ha subrayado la historiografía, de John Hemming a José Antonio del Busto Duthurburu. Las Salinas no fue una batalla contra un imperio, sino el ajuste de cuentas de dos hombres que habían compartido hambre, barcos y deudas durante quince años.

Capítulo VI: El garrote y la venganza

El proceso fue breve. Un tribunal lo condenó a muerte por traición, y la apelación al emperador no llegó a tiempo o no quiso llegar. El 8 de julio de 1538, tres meses después de Las Salinas, Diego de Almagro murió por garrote vil en el Cusco. Tenía alrededor de sesenta y tres años. Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de la Merced y su cabeza quedó expuesta en la picota.

La venganza tardó tres años. El 26 de junio de 1541, un grupo de almagristas encabezado por Juan de Rada asaltó en Lima la casa de Francisco Pizarro y lo mató a estocadas. El hijo del tuerto, Diego de Almagro el Mozo, mestizo nacido en Panamá y reconocido por su padre, fue proclamado gobernador. Duró poco: Cristóbal Vaca de Castro lo derrotó el 16 de septiembre de 1542 en la batalla de Chupas y lo hizo ejecutar.

Ahí se cerró el círculo. Los dos nombres que habían compartido naufragios y voluntad de conquistar el mundo terminaron enfrentados por doscientas leguas de tierra mal medidas, y sus herederos acabaron matándose unos a otros en la misma década.

Chile fue para Almagro una tierra que no le dio nada y le costó casi todo. La expedición abrió a Europa un territorio que hasta entonces solo existía en la imaginación de los cronistas, y a cambio le robó al conquistador el tiempo y los hombres que necesitaba para defender lo suyo. Murió con la convicción de que su viejo socio le había robado la gobernación. Tenía razón a medias: sobre el papel, Nueva Toledo era suya; el poder, en cambio, nunca llegó a serlo.