El control de armas nucleares vive su primer vacío legal en medio siglo, y el Kremlin lo califica de ‘extremadamente peligroso’.
Lo que expiró en febrero y nadie ha querido sustituir
El New START, el último tratado bilateral que limitaba los arsenales estratégicos de Estados Unidos y Rusia, dejó de existir en febrero de 2026 sin prórroga ni relevo. Firmado en 2010 y extendido en 2021, el acuerdo fijaba un techo de 1.550 ojivas nucleares desplegadas y 700 vectores por parte, además de un sistema de intercambio de datos e inspecciones in situ que durante años permitió a Washington y Moscú saber cuántos misiles tenía el otro y dónde estaban. Ese segundo pilar, el de la transparencia, es el que ahora falta.
Moscú ofreció mantener los topes de ojivas durante un año más si Washington hacía lo propio, según la versión del Kremlin, y la propuesta quedó sin respuesta. La realidad es algo más incómoda para ambas capitales: Rusia suspendió su participación en el tratado en 2023 y congeló las inspecciones mutuas mucho antes de que el texto caducara. El mecanismo ya estaba muerto cuando llegó el certificado de defunción.
El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, lo dijo este martes sin adornos: ‘Por primera vez en mucho tiempo, el mundo se ha quedado sin ese marco jurídico basado en tratados’. La situación, añadió ante los periodistas, es ‘extremadamente peligrosa’. Peskov no es un halcón; es el termómetro. Cuando el portavoz habla de urgencia, el mensaje va dirigido tanto a Washington como al público interno ruso.
La urgencia tiene calendario. Donald Trump afirmó el lunes que está dispuesto a hablar de desarme nuclear en un posible encuentro con Vladímir Putin y Xi Jinping al margen de la cumbre del APEC que se celebra el próximo mes en China. ‘Si el presidente Xi quiere tenerla, la tendría’, declaró el presidente estadounidense, que añadió que también se hablaría de comercio. La oferta es real, pero llega envuelta en la lógica transaccional de esta Casa Blanca.
Un tratado que caduca sin sustituto no deja un vacío neutral: deja dos arsenales sin testigos y una crisis futura sin manual de instrucciones.
Washington, eso sí, no acepta una mesa a dos. El secretario de Estado, Marco Rubio, insistió en febrero en que cualquier acuerdo futuro debe ser trilateral, con Pekín sentada en la misma sala. El problema es aritmético: China supera ya el medio millar de ojivas según las estimaciones de SIPRI y sigue ampliando su arsenal, pero ni su volumen ni su doctrina son comparables a los de Rusia y Estados Unidos. Exigir la trilateralidad equivale, en la práctica, a no negociar.
Por qué Moscú quiere sentar a Londres y París en la mesa
Peskov añadió un matiz que en Bruselas debería leerse dos veces: Moscú no puede ignorar los arsenales de los miembros europeos de la OTAN con capacidad nuclear, en particular el Reino Unido y Francia. No es una novedad retórica. Emmanuel Macron anunció este año una iniciativa de ‘disuasión avanzada’ que podría desplegar armas nucleares francesas en otros países europeos, y en marzo comunicó que París dejaría de publicar el tamaño de su arsenal. ‘Para ser libres, hay que ser temidos’, justificó. El arsenal francés ronda las 300 ojivas, según los datos de SIPRI.
Ese giro francés tiene una consecuencia inmediata para el flanco sur. Si París extiende su paraguas, España tendrá que decidir si quiere estar debajo. No es una decisión técnica: España no aloja armamento nuclear táctico de la OTAN y no firmó el Tratado de Prohibición de las Armas Nucleares de 2017, lo que le deja un margen diplomático que otros socios europeos ya han perdido. Ese margen, sin embargo, se estrecha cada vez que Washington y París endurecen el tono.
Al otro lado, el Pentágono trabaja en una estrategia nuclear que daría al presidente un abanico más amplio de opciones en un conflicto con Rusia o China, con un giro hacia armas tácticas de menor alcance en lugar de depender solo del arsenal estratégico, según informó NBC en agosto. Rusia actualizó su doctrina en 2024 para considerar agresión conjunta la de un Estado no nuclear respaldado por una potencia nuclear. Las dos partes están rediseñando el tablero justo cuando han dejado de verse las cartas.
Sin topes, nada impide a Moscú y a Washington cargar más ojivas en los vectores ya desplegados —la vía más rápida y más barata de escalada— ni estrenar sistemas sin notificarlo. Tampoco queda un canal que distinga un ejercicio de un despliegue real. En una crisis, esa ambigüedad se paga en horas.
Equilibrio de Poder
Lo que observamos es un vacío que beneficia a quien tiene más prisa por rearmarse y perjudica a quien más dependía de la transparencia. Estados Unidos llega a esta mesa con la modernización de su tríada nuclear en marcha y con la vista puesta en el Indo-Pacífico; Rusia, con un arsenal táctico que el tratado nunca cubrió y con la guerra de Ucrania como argumento permanente. Bruselas, mientras, asiste como espectadora a una conversación que decide su seguridad sin tener asiento propio: la Comisión Europea no negocia armamento nuclear y el paraguas nuclear de la OTAN sigue dependiendo de una decisión presidencial estadounidense.
Para España el impacto se mide en tres frentes. El primero es la arquitectura de seguridad europea: si Macron despliega su disuasión avanzada, Madrid tendrá que posicionarse, y hacerlo tarde significa hacerlo mal. El segundo es el de las capacidades compartidas: los cuatro destructores AEGIS estadounidenses basados en Rota y el despliegue de Morón son logística y escudo, no armamento nuclear, pero forman parte del mismo paquete que Moscú observa cuando cuenta ojivas. El tercero es el sur: cada minuto que la OTAN dedica a la estabilidad estratégica es un minuto que no dedica al Sahel, al Sáhara, o a la ruta migratoria del Atlántico, donde España se juega intereses mucho más concretos.
El precedente útil no es la Crisis de los Misiles, sino la muerte del tratado INF en 2019. También entonces se dijo que el marco era imperfecto y que pronto habría otro mejor. No lo hubo. Seis años después, Washington y Moscú desplegaron misiles que el INF prohibía y nadie ha vuelto a sentarse a hablar de ellos. La historia de estos tratados no la escriben las cumbres, sino las posposiciones.
A cinco o diez años, el escenario más probable no es una guerra nuclear, sino algo más prosaico y más caro: una carrera de armamentos sin reglas, con China sumando ojivas, Francia y el Reino Unido ampliando las suyas y Estados Unidos reasignando recursos del flanco europeo al Pacífico. Eso obliga a España a elegir entre una autonomía estratégica que no puede financiar sola y una dependencia de Washington que la Casa Blanca ya no garantiza gratis. El debate sobre el 2% del PIB se queda pequeño al lado de esto. La cuenta no sale.
La próxima ventana real es la cumbre del APEC del próximo mes en China, donde Trump ha dejado abierta la puerta a una conversación a tres bandas. Peskov ya ha advertido de que esas negociaciones serán ‘complejas y largas’. Traducido: nadie espera un tratado nuevo antes de 2027, y la propuesta rusa de congelar los topes un año más, según el Kremlin, sigue sin respuesta ocho meses después. Mientras tanto, el mundo convive con dos arsenales que ya no se cuentan.

