La Princesa de Asturias pronunció este viernes en Oviedo el discurso más personal de su trayectoria. Leonor de Borbón reivindicó la esperanza frente al desencanto social y los extremismos ante el público que llenaba el Teatro Campoamor, y lo hizo, por primera vez, abriendo la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias. No fue un saludo protocolar: construyó un diagnóstico del presente y lo respondió con nombres propios.
No es un detalle menor. Hasta esta edición era el Rey quien marcaba el tono inicial; que sea la heredera quien abra el acto sitúa el relevo generacional en el terreno de los hechos y no en el de los anuncios. La Fundación Princesa de Asturias recoge el desarrollo de la ceremonia en su página oficial.
De María Zambrano a los interrogantes de 2026
El arranque fue un salto temporal. Leonor recuperó la nota que María Zambrano dedicó en 1981 a un Príncipe Felipe de trece años, en la que la filósofa saludaba ‘la esperanza de una historia que se abre’. Aquella España de la Transición funcionó como espejo invertido: el presente, vino a decir, es más opaco y más ruidoso.
‘Los jóvenes nos hacemos preguntas’, planteó antes de enumerar el catálogo de incertidumbres: descreimiento, desigualdades, conflictos, extremismos, populismos, guerras híbridas y tecnológicas, realidades líquidas, realpolitik, amenazas y una presión digital que lo amplifica todo. La heredera cumple 21 años el próximo 31 de octubre y habló, dijo, desde esa generación.
El diagnóstico podía haber derivado en lamento. No lo hizo. Trasladó la respuesta al terreno de los galardonados, y ahí el discurso ganó densidad.
La esperanza como respuesta institucional, no como consuelo

Recorrió el palmarés como quien ordena argumentos. De Timothy Garton Ash subrayó la defensa de los valores europeos y la necesidad de europeizar la seguridad y la defensa en un mundo posoccidental. De Studio Ghibli, el humanismo y la artesanía del dibujo, con un recuerdo de su infancia junto a la Infanta Sofía. De Julian Barnes, la emoción literaria; de Leo Messi, la capacidad de ‘respetar la esencia colectiva por encima del ego’.
La esperanza que describió la Princesa no es un estado de ánimo: es una hipótesis de trabajo que la Corona pone a prueba acto tras acto.
La Bóveda de Svalbard y el testimonio de la astronauta Christina Koch, que recordó desde el espacio que formamos parte de la ‘tripulación de la Tierra’, sostuvieron el tramo dedicado a la responsabilidad ética. Los investigadores del ADN y la rebeldía de Patti Smith completaron un cuadro que funcionó como argumentario. La respuesta institucional y moral llegó a través de de la obra de los premiados, no de una proclama abstracta.
El cierre recurrió a Václav Havel y a su definición de la esperanza como ‘la certeza de que hay cosas que tienen sentido y que merece la pena defender pase lo que pase’. Después, Paul Valéry y Miyazaki: ‘El viento se levanta… ¡Hay que intentar vivir!’. El broche tenía algo de programa: vitalismo frente a incertidumbre.
El capital institucional de hablar en nombre de una generación
La Corona lleva años construyendo el perfil público de la heredera con una lógica acumulativa: formación militar, actos constitucionales, premios. El discurso de Oviedo añade una capa distinta, la de la voz propia. A sus 21 años, Leonor habló de desigualdades y de populismos sin el blindaje del lenguaje administrativo que suele proteger a la institución, y ese registro tiene un valor difícil de fabricar desde un gabinete de comunicación.
También tiene un riesgo. La esperanza, como categoría política, se aplaude en el Campoamor y se disuelve al día siguiente si no se traduce en propuestas verificables. El discurso funcionó porque se apoyó en trayectorias concretas —un historiador, una astronauta, un futbolista— y no en una declaración de intenciones. La heredera salió airosa del envite; el reto será sostener ese nivel de exigencia cuando el guion no lo escriba la emoción de un galardón.
Hay además una lectura de estrategia institucional. La Corona necesita interlocutores en la generación que hoy tiene entre veinte y treinta años, y el discurso de este viernes fue, en la práctica, un ejercicio de soft power interno. Frente al tono más jurídico de Felipe VI, su hija ofrece una gramática emocional que no renuncia al rigor. Que funcione o no dependerá menos de la retórica que de la agenda que la acompañe: los próximos meses depararán actos en los que la Princesa tendrá que repetir el registro sin la red de seguridad de un palmarés a favor.
Queda un hito inmediato y verificable. El 31 de octubre Leonor cumplirá 21 años; la Casa del Rey no ha detallado todavía la agenda pública posterior a esa fecha. Entre tanto, el discurso de Oviedo queda como el texto más político —en el sentido noble del término— de una heredera que empieza a hablar en nombre propio.
Claves del Protocolo y Estado
- Contexto del acto: la Princesa abre por primera vez la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, un cambio de orden que consolida su centralidad institucional en el acto más emblemático de la Fundación.
- El detalle de protocolo: la heredera toma la palabra antes que el Rey y abandona el registro de saludo para firmar un discurso de diagnóstico y tesis, con referencias explícitas a los galardonados de cada categoría.
- Próximos pasos: el 31 de octubre cumple 21 años; la Casa del Rey no ha confirmado aún qué actos oficiales abrirán su agenda pública a partir de esa fecha.
