EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El satélite militar ruso Cosmos 2612 maniobró durante más de dos semanas hasta situarse a unos 535 metros del ICEYE-X36, un radar comercial estadounidense que entrega imágenes al Ejército ucraniano, y lo escoltó a esa distancia durante el fin de semana del 17 de octubre.
- ¿Quién está detrás? El aparato ruso, que Moscú no ha reivindicado, y el Departamento de Estado de EE.UU., que llevó el caso ante la ONU el miércoles 21 y calificó la maniobra de ‘conducta compatible con operaciones de armas en órbita’.
- ¿Qué impacto tiene? Es el primer encuentro documentado en órbita baja entre dos satélites activos sin consentimiento del propietario y deja a la vista el vacío legal y la dependencia occidental de infraestructura privada para la guerra en Ucrania.
La guerra espacial entre Rusia y Estados Unidos tiene su primer incidente documentado: el Cosmos 2612 persiguió a unos 535 metros del ICEYE-X36. El satélite militar ruso pasó más de dos semanas maniobrando hasta colocarse a la altura exacta del radar comercial estadounidense y lo escoltó a esa distancia durante todo el fin de semana del 17 de octubre. El domingo 18 inició la retirada. Pero no se fue lejos. El miércoles seguía en la misma órbita, 400 kilómetros por detrás, en disposición de cerrar la distancia otra vez cuando le convenga.
Dos semanas de maniobras para ponerse a tiro
El rastro está medido al detalle. El 12 de octubre, los rastreadores comerciales que alimentan la célula de Operaciones Comerciales Conjuntas del Ejército estadounidense detectaron que el Cosmos 2612 se había deslizado en la órbita del ICEYE-X36, a unos 555 kilómetros de altitud. Entre el 15 y el 16 pasó de estar más de 320 kilómetros por detrás a situarse a menos de cinco. Después se acercó hasta un tercio de milla, unos 535 metros, y mantuvo la posición durante todo el fin de semana. La empresa LeoLabs, que vigila objetos activos y basura orbital con radar, confirmó la secuencia.
Los dos ingenios viajan a unos 7 kilómetros por segundo, 25.000 kilómetros por hora. Colocarse a cien metros o a un kilómetro de otro satélite ‘equivale a volar en una formación muy cerrada en un avión’, explicó Greg Gillinger, vicepresidente de estrategia de Integrity ISR. Su conclusión es la que sostiene Washington: ‘Rusia no se acercó a un kilómetro del X36 por accidente’.
Jonathan McDowell, astrofísico formado en la NASA y una de las referencias mundiales en seguimiento orbital, sostiene que se trata del primer encuentro en órbita baja entre dos satélites activos sin el consentimiento de uno de los propietarios. Nunca antes se había documentado una aproximación tan sostenida en el tiempo.
Washington denuncia en la ONU y se queda sin respuesta
El subsecretario de Estado Thomas G. DiNanno llevó el caso ante la ONU el miércoles y calificó la maniobra de ‘amenazante’. Habló de un satélite que maniobraba ‘intencionadamente cerca de un satélite comercial’, en lo que describió como conductas propias de operaciones con armas en órbita. Prometió que Estados Unidos defenderá sus intereses en el espacio. Sobre el papel suena a advertencia. En la práctica, es una advertencia sin instrumento detrás.
Rusia no necesita disparar para imponer la disuasión: le basta con recordar al adversario que su infraestructura civil es, en órbita, territorio hostil.
Porque no existe una norma internacional que defina cuándo una maniobra de este tipo es hostil ni cuál debe ser la respuesta. Clayton Swope, subdirector del Proyecto de Seguridad Aeroespacial del CSIS, lo resumió en el panel del centro de estudios: ‘Demuestran una cosa: que Occidente no puede pararme’. Y añadió la lectura política: permiten a Vladímir Putin ‘meterle el dedo en el ojo a Occidente y ver cómo Occidente no hace nada’.
El terreno normativo lleva años vaciándose. En abril de 2024 Rusia vetó en el Consejo de Seguridad una resolución que se limitaba a reafirmar la prohibición de armas nucleares en órbita, ya recogida en el Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967. Un año después, un ejercicio de simulación concluyó que Washington ‘parece carecer de opciones de respuesta’ ante objetos rusos que amenazaran sus satélites con un arma nuclear. No hay indicio público de que el Cosmos 2612 porte una.
A eso se suma la paradoja estadounidense. Semanas antes del incidente, el secretario de la Fuerza Aérea, Troy Meink, confirmó públicamente que Estados Unidos tiene armas en órbita, y la Fuerza Espacial ya ha elegido a dos compañías para construir satélites de reconocimiento espacio-espacio. Denunciar la militarización del cosmos mientras se confirma la propia debilita el argumento. En paralelo, la Casa Blanca ordenó a Elon Musk ralentizar el Starlink de grado militar que usa Ucrania, lo que dejó inutilizadas parte de sus defensas antiaéreas.
ICEYE se limita a decir que sigue la situación ‘de cerca’ y que su constelación está diseñada para la continuidad y la resiliencia. No confirma cuáles de sus aparatos sirven a Kiev. Moscú, en cambio, advirtió ya en 2022 que los satélites comerciales occidentales que asisten al Ejército ucraniano pueden ser objetivos militares legítimos. La advertencia ha dejado de ser retórica: dos satélites más del mismo lanzamiento se alinearán en las próximas semanas con la órbita del ICEYE-X37.
Equilibrio de Poder
La secuencia encaja con la lógica transaccional que Trump ha instalado en cada tablero. El 16 de octubre firmó una orden ejecutiva que eximía a Rusia de aranceles y de la mayor parte de las restricciones económicas. La retirada del Cosmos 2612 comenzó dos días después. Swope apunta que la maniobra pudo pausarse precisamente para no dinamitar un acuerdo en ciernes: ‘Si estás cerca de cerrar algo, ¿por qué ponerlo en riesgo?’. Nuestra lectura es otra: Moscú ha encontrado un grifo que abre y cierra a voluntad, con coste cero y visibilidad máxima. Y lo volverá a abrir.
Bruselas no tiene con qué responder. La Unión Europea carece de medios de vigilancia y de disuasión orbitales propios y deposita su autonomía en IRIS², la constelación de conectividad segura cuyo despliegue se extiende por fases hasta 2030. Hasta entonces, el espacio europeo depende de operadores privados estadounidenses y de la buena voluntad de Washington. En el flanco sur, España asume el coste sin capacidad de réplica: el Centro de Operaciones de Vigilancia Espacial de la Fuerza Aeroespacial, en Torrejón, y la estación óptica de la ESA en el Teide son piezas de seguimiento, no de respuesta. La dependencia es total en navegación, comunicaciones militares, y observación. Ni protegemos nuestro propio tráfico satelital ni podemos impedir que otro lo haga.
Ahí está la contradicción de fondo de todo el episodio. Occidente ha construido buena parte de su ventaja militar sobre infraestructura privada que no puede defender, y Moscú lo ha entendido antes que nadie. El precedente sirve de poco: en 1962 la crisis de los misiles se dirimió con buques y líneas rojas verificables; aquí no hay líneas, ni tratado que las fije, ni mecanismo de inspección. Solo una órbita compartida y dos objetos a 7 kilómetros por segundo.
El riesgo inmediato tiene fecha aproximada. Si los satélites rusos del mismo lanzamiento ejecutan la misma aproximación contra el ICEYE-X37, el precedente quedará consolidado en cuestión de semanas y la industria espacial occidental empezará a calcular primas de riesgo por volar cerca de un aparato ruso. No hace falta un impacto para ganar la partida. El siguiente hito diplomático pasa por la Oficina de Asuntos del Espacio Ultraterrestre de la ONU, donde la ausencia de norma seguirá sobre la mesa mientras Washington y Moscú negocian en otro idioma.

