Hernández de Cos se ha instalado como favorito para presidir el BCE. Lo dicen los economistas que siguen de cerca la institución y lo confirma un sondeo de Bloomberg difundido esta semana, que sitúa al exgobernador del Banco de España por delante del neerlandés Klaas Knot en la carrera por la sucesión de Christine Lagarde.
Doce de los consultados lo señalan como el candidato más idóneo, frente a los nueve que se decantan por Knot, expresidente del banco central de Países Bajos entre 2011 y 2025. La muestra es pequeña y no tiene valor jurídico alguno, pero retrata el ánimo de un establishment económico que hace un año daba por hecha una elección entre banqueros centrales del norte.
El respaldo político en España es, si cabe, más llamativo. Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo han expresado su apoyo a la candidatura del mismo hombre, algo poco frecuente en la política española reciente. No es un gesto de cortesía: la Moncloa lleva años colocando cuadros en la cúpula financiera europea —Nadia Calviño preside el Banco Europeo de Inversiones— y entiende la plaza de Fráncfort como la pieza que falta en ese mapa de influencia.
El currículo del candidato habla el idioma de la casa. Gobernador del Banco de España hasta 2024, miembro del Consejo de Gobierno del BCE durante ese periodo y hoy director gerente del Banco de Pagos Internacionales, la institución que coordina a los bancos centrales del mundo. Pocos perfiles encajan mejor en los criterios de Fráncfort. Y, sin embargo, ahí no se decide nada.
Del sondeo al cónclave: quién nombra de verdad al presidente del BCE
El artículo 283 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea es explícito: al presidente del BCE lo nombra el Consejo Europeo por mayoría cualificada, previa consulta al Parlamento Europeo y al Consejo de Gobierno del banco, tal y como recoge la web oficial de la institución. Traducido al lenguaje de la sala: los jefes de Gobierno deciden y los economistas opinan. La encuesta vale como termómetro, no como acta notarial.
Knot ya se ha movido. Según las informaciones publicadas en las últimas semanas, el neerlandés habría tanteado a Berlín y a París para asegurarse el respaldo de las dos mayorías que pesan en cualquier reparto. El equipo de Hernández de Cos trabaja contrarreloj en la dirección opuesta: reuniones con los responsables económicos de los ejecutivos de Emmanuel Macron y Friedrich Merz para dejar atados apoyos antes del 13 de noviembre, cuando los jefes de Gobierno de la UE se verán en una cita informal previa al Consejo Europeo extraordinario del 26 y 27 de noviembre. Quien llegue a esa sala sin los deberes hechos se juega el puesto en un pasillo, sin acta pública y con filtraciones interesadas.
En Fráncfort nadie gana una presidencia con encuestas: la gana quien llega a noviembre con los votos cosidos y el silencio oportuno.
Francia y Alemania juegan su partido con la vista puesta en 2027

El calendario electoral manda más que la ortodoxia monetaria. El mandato de Lagarde expira en octubre de 2027, pero la hipótesis de una salida anticipada se ha ido estrechando: cualquier adelanto tendría que cerrarse en los próximos meses para que sean los gobiernos actuales, y no los que salgan de las urnas francesas de 2027, quienes tengan la última palabra sobre el sillón. Por eso el Elíseo y la Cancillería negocian como si el plazo expirase ayer.
París tiene un objetivo distinto y quizá más rentable. Dado que Lagarde es francesa, en el Elíseo consideran poco realista revalidar la presidencia y apuntan al puesto de economista jefe, que hoy ocupa el irlandés Philip Lane y cuyo mandato termina en mayo de 2027. No es un cargo menor: es quien presenta la situación económica al Comité Ejecutivo antes de cada decisión sobre tipos.
Berlín, en cambio, se inclina por Knot junto a los países frugales —nórdicos y bálticos—, que ven en él un perfil restrictivo a la hora de fijar el rumbo de la economía europea. Merz quiere además renovar con otro alemán la silla que deja Isabel Schnabel, fichada por el FMI. Con ese panorama, serán tres —y quizá cuatro, si el neerlandés Frank Elderson dimite para no duplicar nacionalidad— los puestos que se negocien antes de que acabe el año.
El Eje del Poder Europeo
Lo que observamos es un pulso de geometría conocida. El eje franco-alemán llega a esta negociación sin la solidez de otras citas: París negocia desde la debilidad interna, con la ultraderecha al alza en los sondeos, y Berlín desde una economía de crecimiento moderado que sostiene una coalición bajo presión permanente. Los frugales han detectado el hueco y lo ocupan con una candidatura de perfil duro. El sur —España, Italia, Portugal, Grecia— presenta al candidato con más predicamento técnico y ninguna plataforma común para imponerlo.
Para España el envite no es cosmético. La presidencia del BCE decide el precio del dinero que pagan las hipotecas, las pymes, y el Tesoro, y fija el tono del debate presupuestario en Madrid. Un perfil restrictivo en Fráncfort endurece la vigilancia sobre el gasto público y estrecha el margen de un Gobierno que ya negocia cada décima con Bruselas. Un perfil más pragmático lo ensancha. La paradoja es incómoda: España tiene al candidato mejor situado en los sondeos y, a la vez, menos capacidad de imponerlo que Berlín o La Haya.
Conviene recordar el precedente de 2011. Entonces el favorito era Axel Weber, presidente del Bundesbank y adalid de la ortodoxia; su retirada abrió la puerta a Mario Draghi, que acabó salvando el euro con una frase. La lección sigue vigente: Alemania puede vetar, pero no siempre puede imponer. El elegido rara vez es el más ortodoxo, sino el que menos enemigos acumula y mejor encaja en el reparto de sillas por nacionalidad, una regla no escrita que impide repetir país en los seis puestos del Comité Ejecutivo y que, en esta ocasión, arrastra también la vicepresidencia de Luis de Guindos.
La lectura a cinco años es otra. Quien presida el BCE desde 2027 heredará el debate sobre el tamaño del balance, la revisión del marco fiscal europeo y la factura energética de la industria. Cosas que pasan en Fráncfort. España se juega algo más que un nombre: se juega si su voz entra en esas decisiones como socio de peso o como convidado de piedra.
Habrá señales el 13 de noviembre y, sobre todo, en el Consejo Europeo extraordinario del 26 y 27. Si para entonces no hay un candidato con apoyos cosidos, la presidencia del BCE entrará en el mismo atasco que ha convertido otras cumbres en subasta de sillas. Dejémoslo en un ‘ya veremos’.

