La guerra de drones causa más del 90% de las bajas rusas en Ucrania, según David Petraeus, que exige a Washington una revolución institucional urgente.
El general retirado, exdirector de la CIA y antiguo jefe del Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM), lanzó el aviso el 16 de octubre en un acto de la American Primary Aluminum Association en Washington. No era el escenario natural para una advertencia de este calibre. Ahí quedó, sin embargo, la conclusión que resume el problema: ni un solo ejército de la OTAN ha empezado la reforma que esa guerra exige.
Diez mil drones al día: la aritmética que ningún Estado Mayor ha digerido
Ucrania y Rusia emplean cada una en torno a 10.000 drones diarios en el frente. La cifra desborda cualquier planeamiento occidental: dos jornadas de ese ritmo equivalen a más vuelos de sistemas no tripulados que todas las salidas aéreas de la campaña de Kosovo. Ningún arsenal de la Alianza está dimensionado para un consumo así.
Petraeus no deja espacio a la interpretación. ‘Esto es una guerra de sistemas no tripulados’, dijo. ‘Los carros de combate ya no son viables allí’. Ucrania lo entendió pronto: en 2024, Volodímir Zelenski ordenó crear una rama militar propia, las Fuerzas de Sistemas No Tripulados, y el Ministerio de Defensa ha repetido desde entonces que los sistemas autónomos son la prioridad industrial del país.
El diagnóstico del general es más duro con Occidente que con Kiev. ‘Realmente, ningún país de la OTAN y ni siquiera Estados Unidos está acometiendo el cambio institucional revolucionario y urgente que debería emprenderse a partir de lo que vemos en Ucrania, que es el futuro de la guerra’, sostuvo ante el auditorio.
Lo que reclama no es un programa de adquisición más, sino una arquitectura nueva que atraviese estructura de fuerza, adiestramiento, compras, política de personal y bases. En la práctica, sustituir buena parte del material tripulado heredado por sistemas no tripulados más baratos y muchísimo más numerosos. Menos plataforma exquisita; más masa.
La lección de Ucrania no es que el dron sea barato, sino que obliga a revisar quién decide, quién compra y a qué velocidad se reescribe el software.
Del Mando de Guerra Autónoma al taller: el problema no es el dron, es la fábrica
El Pentágono ha dado pasos que Petraeus califica de ‘encomiables’. El principal, la creación de un Mando de Guerra Autónoma que obliga a cada rama de las Fuerzas Armadas a levantar su propio mando de componente. La duda del general es si esa estructura se quedará en un organigrama o si arrastrará consigo lo que de verdad cuesta: la forma en que el Pentágono compra.
Su receta industrial es exigente. ‘Quieres tener una capacidad de fabricación muy, muy sustancial, pero no necesariamente produciendo todo el tiempo’, explicó. El objetivo es poder introducir cambios de software cada semana y de hardware cada pocas semanas, que es el ciclo al que opera la industria ucraniana porque el enemigo también evoluciona. Rusia, subrayó, ha innovado ‘muy sustancialmente’.

Los cuellos de botella ucranianos son un aviso para cualquier ejército que quiera copiar el modelo. Zelenski cifró en su discurso de julio en hasta 20 millones de sistemas no tripulados la producción de este año, pero la industria arrastra escasez de operadores adiestrados y problemas de suministro en componentes críticos: ópticas, estabilizadores de cámara, motores sin escobillas, y cable de fibra óptica.
Petraeus también descartó que la guerra de Estados Unidos contra Irán haya mermado la capacidad de Washington para ayudar a Kiev. Eso sí, reconoció que se ha gastado ‘una buena cantidad de interceptores de misiles’, lo que ‘dificulta compartirlos con otros países del mundo’. La Oficina Presupuestaria del Congreso estimó en septiembre que ese conflicto ha consumido entre la mitad y dos tercios del inventario estadounidense de ciertos interceptores de defensa antimisiles.
Su cierre fue una lección de realismo burocrático: ‘Podemos ayudar a los ucranianos de la forma en que decidamos ayudarles. Esas son decisiones políticas’.
Equilibrio de Poder
Washington observa el fenómeno con la lógica de siempre: identificar la tecnología, financiar prototipos y proteger a los contratistas. El problema es que la guerra de drones no se gana con el mejor sistema, sino con el sistema número diez mil. Estados Unidos puede fabricar el aparato más avanzado del planeta y, aun así, perder un conflicto de desgaste contra un adversario que produzca cien mil unidades mediocres. Moscú ha leído la lección a su manera: ha convertido el Shahed-136 y el Geran-2 en munición de desgaste y acepta pérdidas enormes a cambio de saturar las defensas. Bruselas, mientras tanto, sigue discutiendo la base industrial europea con la velocidad de un comité.
Para España el aviso tiene dos lecturas. La primera es presupuestaria: si la reforma que describe Petraeus marca el patrón, el dinero comprometido en La Haya para alcanzar el 5% del PIB en 2035 deberá reorientarse desde plataformas tripuladas hacia masa no tripulada, y eso tensiona programas ya firmados. La segunda es industrial: el SIRTAP de Airbus, aún en fase de prototipo, y el FCAS son apuestas de largo plazo que no resuelven la necesidad inmediata de miles de sistemas de bajo coste. La frontera sur añade prisa. Marruecos opera los Bayraktar TB2 turcos y ha construido una doctrina de vigilancia con sistemas no tripulados sobre el Sáhara y el Sahel, mientras el Ejército de Tierra español sigue apoyado en RPAS ligeros —aeronaves pilotadas de forma remota— y en la reorganización pendiente de la Fuerza 2035.
El precedente histórico es incómodo. En 1973, los misiles antitanque egipcios y las baterías antiaéreas sirias desmontaron en días la doctrina acorazada israelí; Estados Unidos tardó más de una década en digerir la lección y convertirla en munición de precisión. La diferencia es que entonces había tiempo. Ahora el ciclo de innovación se mide en semanas y la ventana de ventaja se cierra antes de que un programa de adquisiciones salga del papel. La contradicción de fondo es política, no técnica: nadie gana elecciones inaugurando una fábrica de drones, y nadie las pierde comprando un caza. La cumbre de la OTAN de 2027 y el siguiente ciclo presupuestario de Defensa en España son las dos ventanas reales para comprobar si el aviso de Petraeus se traduce en organigrama, en euros o en nada.
