Aterrizar en el Parador de Soria durante el mes de enero es aceptar un pacto tácito con las bajas temperaturas, la calma absoluta y la belleza más cruda de la meseta. Mientras medio país busca desesperadamente ofertas para huir al Caribe, aquí se viene a buscar refugio, porque la verdadera magia surge junto a la chimenea mientras se observa el curso lento y helado del río. No es un destino para turistas con prisa y palo de selfie, sino para viajeros que saben mirar y apreciar los matices del invierno.
Muchos esperan encontrar un edificio histórico al reservar en esta cadena, pero se topan con una estructura moderna que, lejos de desentonar, enmarca el paisaje como si fuera un lienzo vivo en movimiento. La sorpresa inicial da paso a la admiración inmediata, ya que su diseño vanguardista respeta el entorno y permite que esa luz tan particular de enero inunde cada rincón del salón principal. Y hablando de luz y calor, lo que se cuece en sus fogones merece un capítulo aparte.
Un mirador de cristal sobre la curva de ballesta
Ubicado en lo alto del Parque del Castillo, este edificio se erige como un vigía silencioso que domina la ciudad y esa famosa curva del río que Antonio Machado inmortalizó en sus versos inmortales. Lo mejor de todo es que las vistas son el auténtico lujo de la estancia, superando con creces cualquier amenity tecnológica o detalle de bienvenida que puedan ofrecerte en la habitación.
A diferencia de otros alojamientos de la red, aquí no hay armaduras oxidadas ni pasillos oscuros de piedra, sino una claridad arquitectónica que invita a la calma mental y al descanso visual. Resulta curioso comprobar cómo la modernidad bien entendida puede ser acogedora, especialmente cuando fuera el termómetro marca temperaturas negativas y tú estás disfrutando de un café caliente en manga corta.
El templo del torrezno y el diamante negro
Enero no es un mes cualquiera en esta provincia, pues marca el punto álgido de la temporada de la trufa negra, ese hongo subterráneo que convierte cualquier plato sencillo en una obra de arte culinaria de precios oscilantes. Los chefs del Parador saben sacarle partido al Tuber melanosporum, y es que probar el menú de trufa es obligatorio si uno quiere entender por qué esta tierra tiene fama de comerse tan bien y con tanta contundencia.
Tampoco podemos ignorar al rey de la barra, ese torrezno con alma —y corteza crujiente— que aquí tratan con la reverencia que se merece un producto con marca de garantía y legiones de seguidores. Es fascinante ver cómo algo tan humilde alcanza la excelencia cuando se cocina con los tiempos exactos y la materia prima adecuada, lejos de las imitaciones gomosas de gasolinera.
Tras los pasos de los poetas en el Paseo de San Polo
Bajar desde el alojamiento hasta la orilla del Duero es un paseo que purifica los pulmones y, dicen algunos locales, hasta el espíritu si uno se deja llevar por el sonido del agua entre los álamos desnudos. El camino hacia la ermita de San Saturio es una peregrinación laica donde la naturaleza impone su ritmo pausado, obligándote a guardar el móvil en el bolsillo y respirar ese aire limpio que ya no queda en las grandes capitales. Es el escenario perfecto para bajar la comida y poner en orden las ideas.
No hace falta ser un erudito en literatura para sentir que estas piedras y estos árboles guardan historias de amor trágico y soledades compartidas que definieron a toda la Generación del 98. La realidad es que el paisaje soriano tiene un magnetismo especial que se acentúa en los días grises de enero, cuando la melancolía se vuelve extrañamente placentera y fotogénica.
¿Por qué elegir Soria cuando el grajo vuela bajo?
Elegir este destino en pleno invierno puede parecer una locura para los frioleros, pero es precisamente ahora cuando la ciudad muestra su cara más auténtica, sin filtros y mucho menos masificada. Lo cierto es que disfrutar del silencio es un privilegio que en temporada alta se pierde irremisiblemente entre autobuses de jubilados y excursiones escolares.
Al final, uno se marcha de este Parador con la sensación de haber descubierto un secreto a voces que la mayoría pasa por alto en su búsqueda obsesiva de destinos más exóticos y cálidos. Y es que volver a casa con las pilas cargadas y el sabor de la trufa en el recuerdo vale mucho más que cualquier bronceado invernal efímero. Soria, fría y pura, siempre te deja con ganas de una última copa de Ribera junto al ventanal.








