Miguel López de Legazpi, el explorador que fundó Manila en 1571

El guipuzcoano salió de Nueva España en 1564 al mando de cinco naves y terminó convertido en el primer gobernador de Filipinas. La fundación de Manila en 1571 abrió una ruta que unió Asia con América durante siglos.

El cordaje de la nao capitana crujió al tensarse. La brea aún desprendía un olor dulzón sobre el muelle de Navidad la mañana en que Miguel López de Legazpi, escribano de Zumarraga convertido en capitán de Su Majestad, ordenó soltar amarras a sus cinco naves. Corría el 21 de noviembre de 1564. Por delante quedaban meses de océano sin cartas fiables, con la certeza de que otros pilotos habían muerto en aquella misma derrota y con la duda de si existía un camino de vuelta.

Legazpi no era un militar de fortuna. Había administrado justicia, había redactado escrituras y había gobernado una ciudad de indios. Ahora, al filo de los sesenta años, cargaba con la responsabilidad de una armada que no buscaba solo especias: iba a asentar el dominio español en las islas del Poniente. Y lo hacía sin saber si los barcos regresarían alguna vez.

Capítulo I: El escribano de Zumarraga

Había nacido en Zumarraga, en el corazón de Guipúzcoa, hacia 1502. De aquella primera vida quedan pocos rastros: familia hidalga de segundo rango, oficio de escribano, papeles notariales. En 1528, viudo y con más deudas que rentas, embarcó hacia la Nueva España. No iba como conquistador ni como encomendero; iba, como tantos vascos de su generación, a buscar un hueco en la administración de un mundo que se estaba inventando.

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En la Ciudad de México trabajó como escribano público. Con los años llegó a ocupar el cargo de alcalde mayor de la capital y se movió con soltura entre escribanos, oidores y mercaderes de la carrera de Indias. Era un hombre de papeles, no de espada. Quizá por eso, cuando apareció la posibilidad de armar una expedición a las islas del Poniente, el elegido no fue un capitán de frontera.

Se eligió a un gestor.

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La elección tenía su lógica. La empresa iba a exigir fundar asentamientos, repartir solares, organizar cabildos y administrar recursos. Hacía falta un burócrata con temple de gobernante, y Legazpi lo era.

Capítulo II: La orden del virrey

El virrey Luis de Velasco le encargó la armada a comienzos de 1564. Moriría poco después, antes de ver zarpar los barcos, y la Audiencia de México confirmó la designación en medio de disputas jurisdiccionales. Legazpi no se amilanó. Vendió propiedades, empeñó parte de su caudal y firmó las obligaciones ante la Real Hacienda. No se sabe cuánto gastó de su bolsillo, pero las cuentas de la expedición conservan la huella de un inversor serio, no de un aventurero.

Las instrucciones eran estrictas: no tocar las costas de los dominios portugueses, asentar en las islas del Poniente con consentimiento de los naturales y buscar a toda costa un derrotero de regreso a Nueva España. Para esto último, la corona contaba con un fraile agustino que había navegado en las Molucas treinta años antes: Andrés de Urdaneta. El religioso aceptó unirse como guía científico, con la condición de que la expedición siguiera una ruta que él consideraba viable.

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Con Urdaneta iba también el sobrino de Legazpi, Felipe de Salcedo, un muchacho de dieciocho años destinado a mandar la nao de retorno. La juventud del pariente no era un capricho: convenía que alguien de la familia custodiara los papeles y la confianza del jefe.

El 21 de noviembre de 1564, la flota levó anclas. Cinco naves: la nao capitana San Pedro, la San Pablo, la San Juan de Letrán, la San Lucas y el patache San Miguel. A bordo viajaban entre trescientos cincuenta y cuatro cientos hombres, entre soldados, marineros, artesanos y frailes agustinos.

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Las amarras se aflojaron en un puerto pequeño, con montaña bajando hasta el mar. Quienes vieron partir la flota no podían imaginar que aquella masa de velas iba a conectar tres continentes.

Capítulo III: La travesía del Pacífico

El Pacífico no era un camino: era un vacío. Las cartas de navegación mezclaban islas fantasma con cálculos heredados de Magallanes. La flota avanzó a merced de los alisios, comiendo bizcocho, tocino salado y legumbres cada vez más escasas. El agua se corrompió. El escorbuto apareció entre los marineros.

Tras meses de navegación, a mediados de febrero de 1565, los vigías avistaron la isla de Samar. La expedición tocó tierra. Allí comenzó un trabajo lento de reconocimiento, trueque y búsqueda de víveres. Los indígenas de la costa desconfiaban de aquellas naves; no era la primera vez que hombres barbudos aparecían por el archipiélago, y la memoria de Magallanes, muerto en Mactán en 1521, seguía viva.

Legazpi escribió en sus despachos que la gente era pobre y hospitalaria cuando se la trataba con respeto, pero no ocultó los choques. Hubo escaramuzas, quema de algunas chozas y negociaciones tensas. El escribano de Zumarraga aplicó lo que había aprendido en la administración indiana: pactar primero, disparar solo cuando no quedaba remedio.

Capítulo IV: La primera villa en Cebú

En la isla de Cebú encontró un lugar con agua, abrigo para las naves y una población numerosa que podía suministrar alimentos. Tras un primer enfrentamiento con los guerreros del jefe Tupas, Legazpi consiguió sentarlo a negociar. El 27 de abril de 1565 fundó allí la Villa del Santísimo Nombre de Jesús.

Era un acto jurídico tanto como militar: levantar acta, nombrar cabildo, repartir solares. Y ocurrió un hallazgo que la crónica recoge como providencial: en una casa de la población se encontró una imagen del Santo Niño, probablemente regalada por los hombres de Magallanes cuarenta años antes. Los agustinos la entronizaron en la nueva villa.

La colonia de Cebú nació débil. Había pocos soldados, pocos bastimentos y enemigos dentro y fuera. Los portugueses, establecidos en las Molucas, consideraron aquel asentamiento una invasión de su zona de influencia y lo atacaron. La guarnición resistió.

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Legazpi pasó años en Cebú y en Panay, reorganizando el poblamiento, buscando metales preciosos que no aparecían y sufriendo la deserción de algunos hombres. La expedición estuvo a punto de deshacerse varias veces. La única victoria incontestable fue la del tornaviaje.

Capítulo V: El tornaviaje de Urdaneta

El 1 de junio de 1565, la nao San Pedro partió de Cebú con Urdaneta y Felipe de Salcedo a bordo. El fraile pilotó hacia el norte, subió hasta latitudes donde los vientos del oeste empujan hacia California, y de allí descendió hasta Acapulco. Llegó en octubre de 1565.

Fue el descubrimiento marítimo más importante de aquella generación. Por primera vez se cerraba el círculo: Nueva España podía comunicarse con Filipinas y regresar con el plomo, el cacao y la plata que la corona necesitaba. Sin aquella ruta, la colonia de Cebú habría sido un mero presidio condenado a morir de hambre. Con ella, Filipinas se convertía en una extensión gobernable del virreinato novohispano.

El tornaviaje señaló también la jerarquía del proyecto. Urdaneta aportó la ciencia; Legazpi aportó el gobierno. El escribano se quedó en las islas durante años, enviando cartas que tardaban un año en recibir respuesta, y resolviendo sobre el terreno pleitos, hambrunas y relevos de guarnición.

Capítulo VI: La fundación de Manila

En 1569, Legazpi trasladó la base a Panay. En mayo de 1570 envió al maestre de campo Martín de Goiti y a su nieto Juan de Salcedo al norte, hacia la isla de Luzón. Llegaron a Manila, una factoría fortificada a orillas del río Pásig, gobernada por Rajah Matanda y su sobrino Sulaymán. Hubo combates, desconfianza y una retirada española tras incendiar parte del poblado.

Legazpi llegó al año siguiente con toda la fuerza. Esta vez no se trataba de escarmentar: se trataba de fundar. El 24 de junio de 1571 firmó el acta de fundación de Manila y la convirtió en capital de las islas Filipinas. Pocos días antes, el 3 de junio, en la batalla de Bangkusay, había caído el rajá Sulaymán, la figura más decidida a resistir el asentamiento cristiano.

Manila era magnífica por su posición. La bahía, profunda y protegida, permitía fondear grandes naos. El río facilitaba el comercio con las provincias de arroz y con los mercaderes chinos que ya recalaban en la zona. Sobre un humedal tropical, Legazpi comenzó a trazar calles y manzanas, a delimitar una plaza mayor, a reservar solar para la iglesia y a ordenar la construcción de una fortaleza de piedra.

Capítulo VII: Un gobernador entre murallas

El primer gobernador de Filipinas no levantó un palacio. Vivió en una casa de madera y nipa, como los demás, mientras repartía solares y dictaba ordenanzas. Nombró alcaldes, regidores, alguaciles. Señaló extramuros para los mercaderes chinos, el futuro Parián. Pacificó a los pueblos de la bahía y envió expediciones de reconocimiento a las provincias interiores de Luzón.

Los agustinos comenzaron a construir su convento. Los soldados recibieron encomiendas en los alrededores. La ciudad, pequeña, insalubre y amenazada, era sin embargo una moneda de cambio en el ajedrez del Pacífico: desde ella saldrían los galeones hacia Acapulco cargados de seda, porcelana y especias.

Legazpi murió el 20 de agosto de 1572 en Manila. No volvió a ver Zumarraga ni la Ciudad de México. Dejaba una capital costera, una ruta marítima recién abierta y una administración mínima que sus sucesores ampliarían hasta convertir Filipinas en el puente español entre Asia y América.

El escribano que había salido de Navidad en noviembre de 1564 con cinco naves y un océano por delante terminó gobernando un archipiélago. Los registros de la Real Hacienda conservan las cuentas de aquella aventura. Las calles de Manila, trazadas a cordel sobre un humedal, explican mejor que cualquier crónica lo que hizo.