El seminario IPAMS reunió en Auckland a 25 ejércitos del Indo-Pacífico mientras EE.UU. y China escenificaban su acercamiento.
La 50ª edición del Indo-Pacific Armies Management Seminar se celebró en la ciudad neozelandesa a finales de septiembre, con un lema que los delegados repitieron panel tras panel: ‘la suma es mayor que las partes: seguridad y disuasión en el Indo-Pacífico’. Cooperación práctica, interoperabilidad y alianzas regionales. Nada nuevo, en apariencia. Salvo que, a la misma hora, la Casa Blanca emitía una señal que apuntaba justo en la dirección contraria.
El ejército como tejido conectivo de la disuasión
El teniente general Joel Vowell, comandante adjunto del Ejército de Estados Unidos en el Pacífico, puso el marco doctrinal: ‘En toda esta región, las fuerzas terrestres son la columna vertebral de la disuasión, la cooperación en seguridad y el tejido conectivo que une a las naciones’. Y añadió una idea que conviene retener: cuando los ejércitos entrenan, se comunican y planifican en conjunto, generan un efecto disuasorio muy superior al que lograría cualquier país en solitario. El general brigadier Hamish Gibbons, jefe adjunto del Ejército neozelandés, insistió en lo mismo desde el otro lado del mostrador: la fuerza colectiva nace de relaciones de confianza y de un compromiso compartido con la seguridad de la región.
El dato geográfico ayuda a dimensionar el asunto. Hablamos de un espacio que cubre más de la mitad de la superficie terrestre y agrupa a 40 naciones. Entre ellas, China. No es un club cerrado ni un tratado con cláusula de defensa mutua: es una red de seminarios, ejercicios y contactos militares que sostiene, sin titulares, buena parte de la arquitectura de seguridad asiática. Y ahí está la paradoja de Auckland.
La disuasión en el Indo-Pacífico se sostiene sobre confianza acumulada durante décadas. Un gesto verbal a Pekín destruye más en una tarde de la que un seminario construye en un año.
La oferta a Pekín que descolocó a los aliados
En paralelo al seminario, el presidente Donald Trump recibió a Xi Jinping en territorio estadounidense. Después, el embajador de EE.UU. en China, David Perdue, reveló un momento que dejó a más de uno con la ceja levantada: Trump había ofrecido vender armamento militar a Pekín. Desde Washington se apresuraron a matizar que no existe ningún plan en marcha en ese sentido. El daño, sin embargo, ya estaba hecho en la conversación pública.
Ryan Hass, del centro de estudios Brookings Institution, lo calificó como una ruptura con una política estadounidense de largo recorrido. Si quedaba alguna ambigüedad sobre si Trump considera a China una amenaza de seguridad, escribió, esta revelación la despeja. Y remachó el argumento con una imagen que resume el problema: una oferta de armas a China resulta desestabilizadora para los socios que están justo en la punta de la lanza china. Es decir, Taipéi, Manila, Tokio, Canberra.
El malestar venía de antes. Trump mantiene congelados paquetes relevantes de venta de armas a Taiwán. El 22 de septiembre, Rupert Hammond-Chambers, presidente del Consejo Empresarial EE.UU.-Taiwán, publicó una carta abierta en la que advirtió del daño que genera ese bloqueo. Su diagnóstico fue tajante: la administración ha metido al zorro en el gallinero y, al telegrafiar sensibilidad hacia la posición china sobre la isla, ha empoderado a Pekín para influir en sus decisiones. La idea de que apaciguar a China rendirá una concesión recíproca es falsa, sostuvo, porque el Partido Comunista Chino rechaza de plano cualquier responsabilidad de cambiar su propio comportamiento agresivo.
No todos los analistas comparten el dramatismo. Drew Thompson, de la S. Rajaratnam School of International Studies de Singapur, atribuyó el acercamiento entre ambos líderes al gusto de Trump por la pompa y los gestos grandilocuentes. Trump puede decir cosas improvisadas que incomodan a Taipéi y a los aliados, pero eso no alterará la trayectoria de largo plazo de los compromisos de seguridad estadounidenses con la isla, según su lectura. Los comentarios sobre venta de armas, añadió, tampoco moverían unas relaciones entre las dos orillas que siguen lejos del objetivo primordial de Pekín: la unificación pacífica.
Equilibrio de Poder
Lo que observamos es una disonancia que no se resuelve con matices. El Ejército estadounidense construye en Auckland una narrativa de interoperabilidad y confianza con 25 socios, mientras su comandante en jefe ofrece armamento al adversario declarado de esos mismos socios y frena las ventas al aliado más expuesto. La contradicción es el mensaje. Moscú, que sigue con atención cualquier fisura en el eje Washington-Asia, no necesita hacer nada: le basta con que la fisura exista. Y Bruselas, que lleva dos años escuchando que el Indo-Pacífico es la prioridad estratégica de Washington, extrae su propia conclusión silenciosa.
Para España el asunto no es lejano. Buena parte del repliegue de atención estadounidense hacia Asia se financia con la exigencia a Europa de que asuma su propia defensa. Eso significa más carga en el flanco este, más presión sobre el flanco sur —Sahel, Magreb y la relación con Marruecos— y menos margen para que alguien más patrulle el Mediterráneo occidental. Las bases de Rota y Morón siguen siendo nodos logísticos de primer orden para Washington, pero su valor relativo cambia si el centro de gravedad del Pentágono se desplaza al Pacífico.
La lectura a cinco o diez años es incómoda para todos. Si la relación con China se gestiona como una transacción comercial, la arquitectura de alianzas que sostuvo el orden asiático desde 1945 pierde valor de cambio. Y España, como socio de la OTAN en el flanco sur, notará ese desplazamiento en forma de activos que envejecen, capacidades que hay que financiar en solitario y un vecindario —el marroquí, el argelino, el saheliano— donde otros actores, empezando por Pekín y Moscú, amplían presencia sin ruido. El precedente está a la vista: cuando Washington dejó de mirar un tablero, quienes ocuparon su sitio tardaron poco en instalarse.
Queda por ver si Auckland fue un episodio aislado o el último gesto coordinado antes del giro transaccional. El próximo informe del IISS y la revisión presupuestaria de defensa de 2027 en varios países europeos darán la medida real. Lo que hoy sabemos es más modesto y más inquietante: mientras 25 ejércitos discutían cómo disuadir juntos, su principal socio enviaba una factura a Pekín.

