Juana I de Castilla: 46 años encerrada en Tordesillas

Juana de Castilla firmó muy pocos documentos en cuarenta y seis años de encierro. La reina propietaria de Castilla sobrevivió a su marido y a su padre sin dejar de ser un símbolo que unos y otros usaron a su antojo.

En la sala del palacio de Tordesillas, el frío se colaba por debajo de las puertas. Era septiembre de 1520. Los comisionados de la Junta de las Comunidades de Castilla habían cruzado el Duero con una misión muy concreta: conseguir que la reina Juana firmara, por fin, un documento con su nombre al pie. Firmar significaba reconocer a la Junta como gobierno legítimo y declarar traidor a su propio hijo, Carlos. La mujer a la que medio reino llamaba la Loca los escuchó uno por uno. Y les contestó que no.

Los comisionados salieron de aquella audiencia con las manos vacías y con una impresión incómoda. La reina, encerrada desde hacía once años, parecía entender perfectamente lo que le estaban pidiendo. No era la primera vez que alguien intentaba usar su firma. Tampoco sería la última.

Le quedaban por delante treinta y cinco años más de encierro. Cuarenta y seis en total. La historia de Juana I de Castilla es la de una reina que reinó sin gobernar, que ostentó la corona durante medio siglo y que pasó la mitad de su vida detrás de la misma puerta cerrada.

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Capítulo I: La infanta que nadie educó para reinar

Juana nació en Toledo el 6 de noviembre de 1479. Era la tercera de los hijos de los Reyes Católicos, por detrás de la infanta Isabel y del príncipe Juan, y nadie la educó para reinar. La educaron para casarse bien. Aprendió latín, francés y música, y creció en una corte que se movía de ciudad en ciudad, siempre en campaña, con la guerra de Granada al fondo y un rosario de bodas dinásticas por delante.

El matrimonio la llevó a Flandes. En octubre de 1496 se casó con Felipe de Austria, duque de Borgoña, al que la posteridad bautizaría como Felipe el Hermoso. Tenía dieciséis años. El novio, hijo del emperador Maximiliano y de María de Borgoña, era un príncipe rubio y deportivo, aficionado a los torneos, criado en una corte rica y cosmopolita.

Los primeros años funcionaron. Juana se adaptó a la vida flamenca, perfeccionó el francés y tuvo hijos enseguida. Pero una cadena de muertes inesperadas en España lo cambiaría todo: su hermano Juan en 1497, su hermana Isabel en 1498 y el hijo de esta, el pequeño Miguel, en 1500. De pronto, la infanta a la que nadie miraba era la heredera de Castilla.

Capítulo II: Reina propietaria, reina sin mando

El 26 de noviembre de 1504 murió en Medina del Campo su madre, Isabel la Católica. Desde aquel día, Juana era reina propietaria de Castilla. El problema era que el gobierno quedó en manos de otros: primero de su padre, Fernando, que se hizo nombrar regente; después de su marido, que no estaba dispuesto a conformarse con un papel secundario. Entre el uno y el otro, a Juana no le dejaron gobernar ni un solo día.

La llegada de los reyes a Castilla, en 1506, fue una carrera a tres bandas. Felipe venía a mandar en nombre de su mujer; Fernando se aferraba a la regencia; y Juana, en medio, era la única con derecho propio al trono y la única a la que se le negaba ejercerlo. Los cronistas de la época describen a una reina cada vez más retraída, recelosa de cuantos se acercaban a ella con papeles para firmar. Hay quien vio en esa actitud la prueba de su locura. Hay quien ve, en cambio, la reacción lógica de una mujer a la que estaban despojando de todo.

El 25 de septiembre de 1506 murió Felipe el Hermoso en Burgos. Tenía veintiocho años. Había llegado a España ese mismo año para reclamar el trono de su mujer y, en apenas unos meses, un ataque de fiebre se lo llevó. Juana estaba embarazada de su sexto hijo. El 14 de enero de 1507 dio a luz a Catalina en un aposento de Burgos. A partir de ahí, sus decisiones —o lo que otros hicieron con ellas— las tomó siempre alguien más.

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Juana la Loca

Capítulo III: La leyenda del ataúd

Lo que vino después alimentó cinco siglos de leyenda. Según varias crónicas, Juana ordenó sacar el cuerpo de Felipe de Burgos y llevarlo camino de Granada, donde estaba enterrada su madre, para darle sepultura. Encabezó el cortejo. Se cuenta que viajaba de noche para esquivar el calor, que hacía abrir el féretro a la luz de una antorcha y que no permitía que ninguna mujer se acercara al difunto. El relato tiene bastante de construcción posterior, pero recoge un hecho que sí aparece en las fuentes: Juana acompañó el cuerpo de su marido y se resistió a dejarlo marchar.

En 1507, su padre Fernando regresó a Castilla como regente y consiguió lo que su yerno no había logrado: apartar a su hija del trono con la excusa de su salud mental. La palabra escogida fue una sola, y viajaría con Juana hasta el último día: loca. Sobre si estaba verdaderamente enferma o si la enfermedad fue, en parte, una coartada útil para quienes gobernaron en su nombre, los historiadores llevan décadas discutiendo sin ponerse de acuerdo.

Capítulo IV: Cuarenta y seis años en Tordesillas

En 1509, Juana fue trasladada al palacio de Tordesillas, junto al Duero, en el camino que unía Valladolid con Zamora. Allí iba a pasar los siguientes cuarenta y seis años. La acompañó su hija pequeña, Catalina, que creció con ella entre aquellas paredes y no se separó de su lado hasta 1525, cuando partió hacia Portugal para casarse con el rey Juan III.

El palacio no era una mazmorra, pero sí una jaula con cerrojo. Juana tenía servidumbre, capilla y una ventana sobre el río. Lo que no tenía era permiso para salir. Hacia 1518, su hijo Carlos —ya rey de Castilla y de Aragón, aunque ella siguiera siendo la reina propietaria— puso su custodia en manos del marqués de Denia, de la casa de los Velasco, y de su mujer. La familia gobernó la casa como un feudo propio. Con los años llegaron a la corte quejas sobre el trato que daban a la reina y sobre el dinero que, según las cuentas revisadas después, salía de aquella casa sin destino claro.

Juana no estaba incomunicada del todo. Recibía cartas, y de vez en cuando llegaba alguien con noticias del exterior. Pero el mundo se organizaba al rededor de aquella habitación sin que nadie le preguntara nada. Su hijo gobernaba un imperio que crecía por momentos, y el nombre de Juana seguía apareciendo en los documentos oficiales como reina de Castilla y de Aragón, aunque quien firmara debajo fuera el emperador.

Juana la Loca

Capítulo V: La reina que los comuneros no pudieron usar

En septiembre de 1520, la rebelión de las Comunidades llevaba meses desafiando al gobierno de Carlos I. Los sublevados controlaban buena parte del reino y buscaban un símbolo con el que legitimarse. Lo tenían a mano: la reina propietaria, la legítima, la hija de Isabel la Católica. Una delegación se presentó en Tordesillas y pidió a Juana que firmara su adhesión a la Junta.

Juana los recibió y los escuchó. Y se negó a firmar cualquier cosa que pudiera perjudicar a su hijo. Los comisionados insistieron sin éxito. Aquel encuentro fue, probablemente, el último episodio en el que la primera reina de España pudo haber cambiado el rumbo de la historia con una firma. No la dio.

Cuando la revuelta fue aplastada en Villalar, en abril de 1521, Tordesillas volvió al silencio. Juana siguió encerrada. Ya nadie volvería a pedirle que decidiera nada importante.

Juana la Loca

Capítulo VI: La última reina de la vieja España

Los últimos años de Juana se parecieron mucho a los primeros: las mismas paredes, los mismos guardianes, un país que había dejado de contar con ella salvo para recordar su título. Su hija Catalina le escribía desde Portugal. Su nieto Felipe, hijo del emperador, se crió para reinar. Su hijo Carlos gobernaba medio mundo desde Bruselas, Valladolid, Toledo o Sevilla, y solo muy de vez en cuando se acercó a Tordesillas.

Juana murió el 12 de abril de 1555, Viernes Santo, a los setenta y cinco años. Llevaba cuarenta y seis encerrada. La enterraron en Tordesillas, y en 1574 su nieto Felipe II ordenó trasladar los restos a la Capilla Real de Granada, junto a los de sus padres y a los de Felipe el Hermoso.

Quedan los papeles. Sus cartas, las cuentas de su casa, los informes de quienes la vigilaban. En ellos aparece una mujer que entendía perfectamente lo que ocurría a su alrededor y que, una y otra vez, se negó a firmar lo que le pedían. Cuarenta y seis años dan para mucho silencio. También para aprender cuándo conviene callar.