Felipe VI ha clausurado la VIII edición del Foro La Toja con una defensa del vínculo atlántico como eje estratégico de España y de Europa. Lo ha hecho en la isla de A Toxa, ante políticos, empresarios y académicos, con un discurso que arrancó en gallego, siguió en portugués y se cerró en castellano con un diagnóstico incómodo: el desorden mundial no es un destino, sino el síntoma de un orden que necesita reforma.
El Rey agradeció a los impulsores del foro y a su equipo la continuidad de la cita y tuvo un recuerdo expreso para Josep Piqué, que puso empeño y dedicación en el proyecto hasta sus últimos días. El saludo a Marcelo Rebelo de Sousa, ya expresidente de la República portuguesa, tuvo tono de amistad vieja: con él inauguró la segunda edición en 2020, bajo el impacto de la pandemia, y seis años después volvían a coincidir en el mismo escenario.
El mundo en desorden: el diagnóstico del Rey ante la cita del Vínculo Atlántico
El título elegido por los organizadores, ‘Un mundo en desorden’, sirvió al Rey como punto de partida. Citando el diccionario de la RAE, recordó que el desorden es un término relativo: la ausencia de un orden concreto, el que la comunidad internacional construyó tras la Segunda Guerra Mundial. Su tesis, expuesta sin dramatismo, es que ese marco no ha muerto, pero exige una renovación profunda.
Antes de enumerar los problemas, el Jefe del Estado puso en valor lo que aquel orden dejó: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Carta de las Naciones Unidas, el desarrollo del comercio global y avances decisivos en medicina y educación. Pero no idealizó el pasado: admitió asimetrías, desigualdades y procedimientos anquilosados que hoy abocan a la parálisis.
Sobre esa base enumeró los frentes abiertos. Las guerras de Ucrania y de Oriente Próximo. La transición energética, que consideró inaplazable. Las amenazas híbridas, que ponen en cuestión la seguridad, la soberanía y la integridad territorial sin encajar en el marco normativo tradicional. Y la necesidad de regular la inteligencia artificial para sujetarla al control humano y orientarla al bien común.
El Rey no pidió un orden nuevo levantado sobre los escombros del anterior: pidió reformar, con serenidad, un sistema que a su juicio aún tiene mucho que dar.
Frente a los relatos catastrofistas, reclamó atención a las voces críticas: no todas son destructivas, dijo, y por debajo de la crispación hay razones sensatas para perfeccionar lo perfectible. De ahí su invitación a entender el orden mundial, la cooperación internacional y la construcción europea como procesos nunca cerrados, cuya fuerza reside en su carácter dinámico.
El vínculo atlántico y la autonomía europea: el mensaje de fondo
El segundo eje de la intervención fue la relación con Norteamérica, presentada como una realidad que trasciende los ciclos políticos. El Rey recordó que este año se cumplen 250 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos y apeló a su experiencia como estudiante en Canadá y en Estados Unidos para subrayar unos vínculos afectivos que presentó como indisolubles. El vínculo atlántico, sostuvo, está destinado a pervivir.
En paralelo, situó a las democracias europeas como grandes garantes del derecho internacional y reclamó más autonomía en defensa, en capacidades industriales, y en educación. Todo ello, añadió, sin dejarse amedrentar por nadie y sin perder la coherencia con los propios valores. El corazón de esos valores sigue siendo el respeto a la dignidad de la persona, de la que se declinan la convivencia democrática y el Estado de derecho.

El cierre tuvo dos referencias históricas. Citó a Jorge Semprún, de cuyo fallecimiento se cumplen quince años, y recordó que ya lo había invocado dos días antes en Madrid, ante el presidente de la República francesa: a diez kilómetros de Weimar, cuna de la gran música y de la gran filosofía, brotó la barbarie de Buchenwald.
Recuperó después a Hannah Arendt, para quien la incertidumbre abre también espacios de esperanza, y cerró con una obligación moral: la posibilidad de salir del desorden mundial más fuertes y mejores está en manos de los europeos. Ni triunfalismo ni resignación. Vigilancia, pragmatismo y una idea clara de lo que no puede darse por supuesto.
La Toja, plataforma de soft power de la Corona
El Foro La Toja se ha convertido en una pieza fija de la agenda exterior de la Corona, y no por casualidad. Es un escenario donde el Jefe del Estado habla sin la rigidez de una visita bilateral y donde España proyecta una posición propia: puente entre Europa, el Atlántico norte y el espacio iberoamericano. La elección de idiomas admite una lectura de comunicación: gallego en la apertura, portugués para el saludo a Rebelo de Sousa, castellano para el fondo político.
Conviene señalar, eso sí, un riesgo que estos foros arrastran desde hace años: la distancia entre el diagnóstico ilustrado y la decisión política. El Rey puede fijar el marco y sostener el relato del vínculo atlántico, pero la renovación del orden internacional se decide en los consejos de ministros, en el Consejo Europeo y en las cancillerías. La utilidad de La Toja es mantener vivo ese lenguaje común, no sustituir la política exterior.
En un ciclo en el que las democracias europeas discuten cómo reorganizar su defensa y cómo sostener el canal con Washington, la apuesta de Zarzuela por esta cita tiene sentido. Felipe VI ha vinculado su nombre al foro desde sus primeras ediciones y obtiene a cambio algo que la agenda institucional rara vez ofrece: un auditorio especializado, internacional y ajeno a la crispación partidista. El 12 de octubre, con la Fiesta Nacional, devolverá el discurso al registro interior.
Más contexto sobre la figura del expresidente portugués en su entrada de Wikipedia, y la agenda oficial de la Corona en la web de la Casa de S.M. el Rey.
Claves del Protocolo y Estado
- Contexto del acto: la VIII edición del Foro La Toja consolida la cita como plataforma de proyección exterior de la Corona, con el Rey como principal orador institucional español.
- El detalle de protocolo: el arranque en gallego y el saludo en portugués a Marcelo Rebelo de Sousa, ya expresidente, marcan cercanía cultural sin alterar el rango del acto.
- Próximos pasos: la agenda institucional sitúa la Fiesta Nacional del 12 de octubre como siguiente gran acto del Rey.

