El 7 de octubre de 1571, el humo de la pólvora cubrió el golfo de Patras. A bordo de La Real, la galera capitana de la Liga Santa, un joven de veinticuatro años vestido con armadura completa recorrió con la mirada la línea enemiga y dio la orden de romper el centro. Al otro lado esperaban más de doscientas galeras otomanas al mando de Ali Pasha. El joven se llamaba don Juan de Austria. Era hijo natural del emperador Carlos V, aunque el mundo lo había ignorado durante doce años. Aquella mañana se jugaba algo más que una batalla: se jugaba el apellido.
Capítulo I: El niño sin nombre
Había nacido en Ratisbona el 24 de febrero de 1547, en plena celebración de la Dieta del Imperio. Su madre, una joven de la ciudad llamada Bárbara Blomberg, no podía criarlo. Su padre, el emperador Carlos V, viudo desde la muerte de Isabel de Portugal en 1539, guerreaba contra los príncipes luteranos y no podía permitirse un escándalo en plena negociación religiosa. Un hijo fuera del matrimonio era, en aquel momento, un problema diplomático antes que una bendición. El recién nacido fue apartado de su madre y confiado a una familia de confianza.
Creció en España, en la casa de un caballero llamado Luis de Quijada y de su mujer, Magdalena de Ulloa, primero en Villagarcía de Campos y después en Cuacos, junto al monasterio extremeño de Yuste. Los Quijada lo llamaban Jeromín. Él creía que eran sus padres. No sabía que, a pocos kilómetros de su cama, en la celda de un emperador retirado, había un hombre que seguía sus progresos por carta y que llevaba años esperando el momento de confesarle la verdad.
Bárbara Blomberg quedó al margen de todo. La casaron con un cortesano, la enviaron a España y terminó sus días retirada en la villa cántabra de Colindres, ajena al destino del hijo que había parido siendo casi una niña. Murió sin verlo convertirse en el general de la cristiandad.
Capítulo II: El hijo que el emperador reconoció al morir
En 1556 Carlos V lo había dejado todo: los reinos de España, los Países Bajos, las Indias, el Imperio, a su hijo Felipe. Él se retiró a Yuste con un séquito corto y una salud arruinada por la gota. Desde allí mandó llamar al muchacho. Lo vio varias veces, lo cogió en brazos, lo sentó a su mesa. Los testimonios de quienes lo acompañaron en aquellos meses coinciden en que el emperador se conmovía cada vez que el niño entraba en la sala. Pero no lo reconoció en público. Lo dejó escrito, en cambio, en un codicilo: Jeromín era hijo suyo, y pedía a Felipe que lo tratara como a un hermano.
Carlos V murió el 21 de septiembre de 1558. El documento testamentario se abrió después. Al año siguiente, Felipe II, que regresaba de Flandes tras la paz de Cateau-Cambrésis, atendió la petición paterna. Recibió al chico, le explicó quién era y le dio un nombre nuevo: Juan de Austria, por la casa de los Habsburgo. El papa Pío IV firmó una bula de legitimación. En cuestión de semanas, el hijo secreto de un emperador muerto se convirtió en don Juan de Austria, infante sin corona y hermano del hombre más poderoso de la cristiandad.

Capítulo III: La mar y las Alpujarras
Felipe II lo envió a estudiar a Alcalá de Henares, pero el muchacho tenía poco temple de letrado. En 1568 lo nombró capitán general del mar. Ese mismo año estalló la rebelión de los moriscos en las Alpujarras granadinas, el último coletazo de la agitación religiosa que llevaba décadas sacudiendo el sur peninsular. En 1569 Juan partió hacia Granada al frente de un ejército real. Fue su primer mando de verdad.
La guerra fue larga y sucia. Escaramuzas en montañas imposibles, aldeas arrasadas, prisioneros vendidos como esclavos. Juan aprendió allí lo que ningún tutor le había enseñado en las aulas: que las órdenes de un general pesan más que las vidas que cuestan. Cuando la rebelión se apagaba, en 1571, Roma, Madrid y Venecia cerraron un acuerdo que llevaba años fraguándose. El 25 de mayo de aquel año nació la Liga Santa: una flota conjunta destinada a quebrar el poder naval otomano en el Mediterráneo.
Todos se preguntaron quién la mandaría. El papa quería un príncipe; Venecia desconfiaba de los españoles; Felipe II no podía ceder el mando a un almirante ajeno. La solución fue inesperada: un joven de veinticuatro años, con la sangre del emperador y ninguna experiencia en grandes escuadras, sería el generalísimo. Don Juan de Austria asumió el mando en el puerto siciliano de Mesina y puso rumbo al este.
Capítulo IV: Lepanto
La flota zarpó a mediados de septiembre. Eran más de doscientas galeras cristianas, con soldados españoles, venecianos y pontificios repartidos entre las dotaciones. El 7 de octubre, a la entrada del golfo de Patras, la vieron: la escuadra otomana de Ali Pasha, que también superaba las doscientas unidades. Las cifras exactas dependen de la fuente que se consulte, porque los cronistas de cada bando contaron a su manera, pero no hay duda sobre el desenlace.
Don Juan ordenó izar el estandarte bendecido por el papa y romper el centro enemigo. Su galera, La Real, se lanzó directamente contra la capitana turca. En el choque murió Ali Pasha, y su cabeza, según cuentan las relaciones de la época, se izó en una pica sobre la cubierta para que la flota otomana comprendiera que su jefe había caído. En el ala derecha mandaba el genovés Andrea Doria; en la izquierda, el veneciano Agustín Barbarigo, que murió alcanzado por una flecha; en la reserva, el veterano Álvaro de Bazán. Entre los soldados embarcados figuraban un joven Alejandro Farnesio y un tal Miguel de Cervantes, que recibió tres heridas en la galera Marquesa y perdió para siempre la movilidad de la mano izquierda.
Al caer la tarde, la victoria cristiana era total. Se hundieron o se capturaron más de doscientas naves otomanas. Fue una jornada de gloria y de sangre: miles de hombres murieron ahogados a pocos metros de la orilla. A don Juan le llevó años entender que Lepanto no había terminado la guerra, solo la había retrasado. En 1573 tomó Túnez; al año siguiente, los otomanos lo recuperaron y se llevaron tambien La Goleta. El vencedor de Lepanto volvió a España con las manos más vacías de lo que los versos sugerían.

Capítulo V: El sueño de Flandes
En 1576 Felipe II lo envió al norte. Los Países Bajos llevaban una década en rebelión abierta y el gobernador anterior había muerto sin dejar sucesión clara. Don Juan llegó en noviembre a Luxemburgo, con un ejército mal pagado y una reputación brillante. Pocos días antes de su llegada, los soldados españoles habían saqueado Amberes en la que la historia conocería como la Furia Española. No era el mejor recibimiento para un príncipe que traía instrucciones de pacificar el territorio.
Firmó con los Estados Generales el Edicto Perpetuo en febrero de 1577, entró en Bruselas en mayo y creyó por un momento que había conseguido lo imposible. Duró poco. En julio se apoderó de la ciudadela de Namur antes de que lo hicieran los rebeldes, y la ruptura fue definitiva. En su ayuda llegó desde Italia su sobrino Alejandro Farnesio, el mismo que había estado a su lado en Lepanto, al frente de un contingente de veteranos. El 31 de enero de 1578, en Gembloux, su ejército aplastó a las tropas de los Estados Generales en una batalla corta y sangrienta. Fue su última victoria.
Felipe II, mientras tanto, seguía sus movimientos con desconfianza. Corrieron rumores, nunca confirmados del todo, de que don Juan aspiraba a un trono propio en los Países Bajos o incluso a un matrimonio con María Estuardo, la reina cautiva de Escocia. El historiador Geoffrey Parker, que ha estudiado a fondo aquellos años en obras como El ejército de Flandes y el camino español, sostiene que el rey nunca dejó de sospechar de su hermano. La desconfianza era mutua y terminó por envenenarlo todo.
Capítulo VI: La muerte en el barro
En el verano de 1578, don Juan enfermó. Tenía treinta y un años y llevaba meses durmiendo en tiendas de campaña, comiendo mal y bebiendo agua estancada. El tifus lo fue consumiendo mientras sus hombres desmontaban un campamento y levantaban otro. El 1 de octubre de 1578 murió en el campamento de Bouge, junto a Namur, atendido por sus oficiales más cercanos. Apenas unos meses antes, en marzo, su secretario Juan de Escobedo había sido asesinado en Madrid, en un crimen que salpicó al secretario real Antonio Pérez y a la princesa de Éboli.
No hubo herederos. No hubo testamento político. El hijo de Bárbara Blomberg, el niño al que llamaron Jeromín y que un emperador reconoció al morir, dejó tres nombres sobre la misma vida: uno de infancia, uno de gloria y uno de sepultura. Su cuerpo fue embalsamado y viajó de vuelta a España. Felipe II tardó años en decidir qué hacer con su memoria, y al final hizo con ella lo que había hecho con su nombre desde el primer día: administrarla.


