La Casa Blanca consolida la regulación de IA en Estados Unidos: Jay Clayton, nuevo zar de inteligencia artificial

El acuerdo firmado por Trump con los gigantes tecnológicos es voluntario para la industria, pero la FTC ya prepara requerimientos de documentos y el informe de riesgos de Jay Clayton verá la luz en tres meses.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Trump firmó el martes 29 de septiembre el Acuerdo de la Casa Blanca sobre la Superinteligencia, un texto voluntario por el que las empresas de IA se comprometen a implantar controles internos y a someterse a una auditoría externa. Esta semana, una Orden Ejecutiva ha rebautizado la inteligencia artificial como ‘superinteligencia’.
  • ¿Quién está detrás? Donald Trump, los consejeros delegados de Nvidia, Anthropic y AMD, el speaker de la Cámara Mike Johnson y el nuevo zar de IA, Jay Clayton, con un informe de riesgos y oportunidades encargado a tres meses.
  • ¿Qué impacto tiene? Abre una brecha regulatoria con la Unión Europea y su AI Act, que España aplica por fases hasta 2027, y deja la supervisión real en manos de la FTC y de los consejos de administración de las propias compañías.

La regulación de la IA en Estados Unidos ya tiene su doctrina: acuerdo voluntario con las tecnológicas y Jay Clayton como zar.

El texto se firmó en la Casa Blanca el martes 29 de septiembre, con los principales consejeros delegados del sector sentados en la misma sala. Trump lo presentó como un documento ‘moralmente vinculante’ y lo bautizó como Acuerdo de la Casa Blanca sobre la Superinteligencia. Dentro hay tres compromisos: que cada compañía desarrolle su tecnología de forma segura, que implante controles internos frente a los riesgos de sus propios modelos y que contrate a un auditor externo e independiente para verificar que esos controles funcionan. Nada más. Y nada menos.

Conviene precisar qué es y qué no es. No es una ley. No es una Orden Ejecutiva —un decreto presidencial que no requiere aprobación del Congreso—. No ha pasado por el Capitolio ni obliga jurídicamente a nadie. El propio speaker de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, lo describió en la Casa Blanca como un texto ‘voluntario por parte de la industria’. El Congreso no ha aprobado ni una sola norma que ponga guardarraíles a la inteligencia artificial, y el Senado se marchó de Washington la semana pasada sin votar la legislación de seguridad que tenía pendiente.

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A eso se suma el detalle que mejor retrata el estado de la cuestión. La Cámara Alta rechazó el proyecto del senador republicano por Ohio Jon Husted, que pretendía habilitar a los estados para obligar a los centros de datos a pagar los costes eléctricos que generan en la red. Los propios legisladores lo tumbaron argumentando que no tendría efecto real. La autorregulación avanza porque la alternativa legislativa simplemente no existe.

Los dientes, si llegan, vendrán por la vía administrativa. La FTC —el organismo federal que vigila la competencia y la protección del consumidor— planea requerir a las empresas de IA documentos y testimonios sobre los peligros que sus modelos pueden entrañar para el país. Trump dijo desde el atril que estudia crear un comité de diez personas para supervisar al sector y que nombraría un zar de IA en cuestión de días. Según el Washington Examiner, el elegido es Jay Clayton, que presidió la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) entre 2017 y 2020 y que asume el cargo con fecha en el calendario: un informe de riesgos y oportunidades sobre la superinteligencia en tres meses.

El acuerdo no prohíbe nada ni obliga a nada: traslada la supervisión del Congreso a los consejos de administración de un puñado de empresas.

Las reacciones dibujan el mapa exacto de la coalición. Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, habló de ‘ganar con seguridad’ y admitió que cualquier desarrollo normativo sigue ‘bajo discusión’. Jensen Huang, el hombre fuerte de Nvidia, lo resumió en una idea: quien construye la tecnología tiene la responsabilidad primaria de desplegarla bien. David Sacks, ex zar de IA y cripto de la Casa Blanca, añadió el argumento jurídico que sostiene todo el edificio: una vez que un auditor independiente reporta un problema de seguridad, los consejeros tienen un deber fiduciario que no pueden ignorar, y las aseguradoras pueden negar cobertura si detectan mala fe. Del otro lado, el Future of Life Institute considera el texto insuficiente y recuerda los incidentes de este verano, cuando agentes de IA intentaron hackear los archivos nacionales de Canadá y una web sanitaria del Gobierno australiano.

Bruselas legisla y Washington pacta: el hueco que se abre para España

zar de IA

En Bruselas y en Madrid, la lectura es la inversa. La Unión Europea aprobó en 2024 el Reglamento de Inteligencia Artificial —el AI Act, la primera ley integral del mundo sobre la materia— y despliega sus obligaciones por fases hasta 2027. España cuenta además con la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial, con sede en A Coruña, que vigila el cumplimiento del reglamento europeo. Dos marcos regulatorios que se separan un poco más cada mes que pasa.

Para las empresas españolas con negocio a ambos lados del Atlántico —Telefónica, Santander, BBVA, Inditex— el doble cumplimiento tiene un coste medible: documentación previa, auditorías y comités de riesgo en Europa, frente a una lógica americana que no exige papeleo antes de lanzar un producto. El resultado previsible es que la innovación se pruebe primero en el mercado estadounidense y llegue al europeo cuando ya está madura. La lectura estratégica es incómoda para las dos orillas: uno gana velocidad, el otro gana garantías, y ninguno gana las dos cosas.

Hay un segundo frente que afecta de lleno a España: la electricidad. El proyecto fallido de Husted en el Senado respondía al mismo problema que ya se discute en Aragón, donde se concentran los grandes centros de datos de Amazon y Microsoft: quién paga las inversiones de red que exigen estas instalaciones. Washington ha decidido, por ahora, no decidirlo. El Gobierno español, por su parte, mantiene la apuesta por el despliegue europeo sin cerrar la puerta a un diálogo técnico con la administración americana, una posición muy similar a la de Alemania y algo más flexible que la francesa.

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La Lógica de Washington

¿Qué problema intenta resolver la Casa Blanca con este movimiento? Primero, uno de velocidad: cualquier norma vinculante sobre IA tarda años en redactarse, se litiga en los tribunales y llega tarde a una carrera tecnológica que se decide en meses, con Pekín como referencia constante en cada debate del Capitolio. Segundo, uno de incentivos: la derecha tecnológica americana sostiene que la regulación clásica acaba capturada por los actores dominantes, que son los únicos capaces de pagar el cumplimiento, y que esa barrera de entrada protege a los grandes y ahoga a los pequeños. Ayuda a entenderlo recordar que la Casa Blanca no inventa aquí nada nuevo.

Hay un precedente que ilumina todo esto. A finales de los noventa, la FTC recomendó al Congreso legislar sobre la privacidad en internet y el Congreso no lo hizo: se apostó por códigos voluntarios de la industria. Aquella autorregulación fracasó, y el vacío lo terminó llenando Europa, primero con su directiva de protección de datos y después con el RGPD, que hoy condiciona la operativa global de las tecnológicas americanas. Washington sabe que repite aquel experimento. La diferencia es que ahora lo hace a sabiendas y con un argumento de peso: los incidentes de este verano han dado munición a quienes piden reglas vinculantes, y el Partido Demócrata ya ha convertido la seguridad de la IA en tema de campaña.

La proyección es concreta. El informe de Jay Clayton debe llegar a finales de diciembre, con las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre ya celebradas y un Congreso nuevo a punto de tomar posesión. Si en ese intervalo se produce un incidente grave, el acuerdo voluntario se quedará corto en cuestión de horas y el Capitolio tendrá la excusa que hoy no tiene. Si no ocurre, el modelo americano de supervisión ligera se consolidará como referencia y presionará a Bruselas para aligerar el AI Act antes de su tramo final de aplicación en 2027. Ahí está la incógnita real: nadie sabe si la autorregulación funciona porque aún no ha sido puesta a prueba en serio.

Ficha del Caso

  • El caso: Trump firma con los gigantes tecnológicos un acuerdo voluntario de supervisión ligera de la IA, sin captura regulatoria, y nombra a Jay Clayton zar del sector con un informe de riesgos encargado a tres meses.
  • Datos clave: Acuerdo firmado el 29 de septiembre de 2026; texto no vinculante, con controles internos y auditoría externa; la FTC prepara requerimientos de documentos y testimonios; informe de Clayton previsto para finales de diciembre; elecciones de medio mandato el 3 de noviembre.
  • Para España: el AI Act europeo sigue su despliegue por fases hasta 2027 y la AESIA vigila su cumplimiento desde A Coruña, lo que obliga a las empresas españolas con negocio en EE. UU. a operar bajo dos marcos regulatorios opuestos.