Trump crea la ‘Super Intelligence Force’: nombra un zar de la IA que controlará el sector en EE.UU.

El organismo lo lidera Jay Clayton y reporta directamente a la Casa Blanca. Washington coordina sin sancionar mientras Bruselas ya aplica el AI Act con obligaciones exigibles.

El zar de la IA nombrado por Donald Trump tendrá 120 días para entregar su primer informe sobre el sector. La nueva Super Intelligence Force coordinará la actuación de toda la Administración federal para sostener el liderazgo tecnológico de Estados Unidos.

El anuncio llega apenas dos semanas después de que el presidente adelantara la creación de una ‘AI Force’ y sondeara en Truth Social un cambio de nombre para la inteligencia artificial. El rebautizo, de ‘artificial’, a ‘super’, busca proyectar una imagen de dominio tecnológico antes que describir una tecnología concreta.

Claves de la operación

  • Jay Clayton lidera el organismo. El anuncio sitúa al frente de la fuerza a Clayton, señalado como director nacional de inteligencia del país.
  • Un informe en 120 días. El primer encargo es un análisis de riesgos y oportunidades de la IA, adelantado por The Wall Street Journal.
  • Cuatro nombres y mando directo. Andrew Ferguson (FTC), Emil Michael (Defensa) y Scott Kupor (OPM) reportan al presidente y a su jefa de gabinete, Susie Wiles.

Un zar con 120 días y una lista de tareas incómoda

El grupo no nace como un regulador al uso. Entre sus integrantes figuran Andrew Ferguson, presidente de la Comisión Federal de Comercio; Emil Michael, alto cargo del Departamento de Defensa; y Scott Kupor, director de la Oficina de Gestión de Personal. Todos reportan directamente a la Casa Blanca, según el anuncio difundido en Truth Social. Trump ha detallado que la fuerza trabajará con consumidores, grupos de interés público, organizaciones religiosas, operadores de infraestructura crítica y las propias ‘compañías de superinteligencia’.

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El primer encargo es un informe sobre riesgos y oportunidades de la IA que deberá estar listo en 120 días. El texto definirá las responsabilidades federales en un contexto en el que varios consejeros delegados del sector han pedido públicamente una pausa en el desarrollo de modelos más potentes. La paradoja es evidente: el mismo sector que reclama frenar algunos desarrollos celebra que Washington coordine en lugar de legislar.

El pulso con Bruselas y Pekín por las reglas de la IA

Washington elige músculo; Bruselas, norma. Mientras la Super Intelligence Force nace como brazo coordinador del Ejecutivo estadounidense, la Unión Europea ya aplica su reglamento de inteligencia artificial, el AI Act, con obligaciones escaladas por nivel de riesgo. Dos filosofías que compiten por el mismo capital y los mismos centros de datos.

A esa pugna se suma Pekín, que lleva meses desplegando su propio marco y condicionando el acceso a cómputo avanzado. La diferencia no es menor: Estados Unidos coordina sin sancionar, Europa sanciona sin coordinar y China integra ambas cosas bajo el Estado. El resultado es un mapa regulatorio partido en tres que ninguna compañía global puede ignorar.

El mensaje de Washington es claro: primero la ventaja competitiva, después cualquier debate sobre los límites de la IA.

Dos modelos regulatorios que ya compiten por el capital

En Europa, el marco lleva meses en marcha a través del AI Act y de agencias nacionales como la española AESIA, encargada de supervisar su aplicación. El contraste es evidente: Bruselas fija obligaciones exigibles y Washington crea una estructura de coordinación sin potestad sancionadora explícita, al menos por ahora. La asimetría no es cosmética: define dónde se instala la próxima inversión en cómputo.

Para las empresas españolas con exposición al negocio de la IA —Indra en defensa y ciberseguridad, Telefónica en infraestructura de datos—, la diferencia entre bloques condiciona dónde despliegan capacidad y con qué proveedores firman. Un marco más laxo al otro lado del Atlántico puede acelerar la deslocalización de proyectos intensivos en energía y hardware, justo lo que el tejido español intenta atraer.

El riesgo es la fragmentación. Si Estados Unidos coordina sin regular y Europa regula sin coordinar, las compañías acaban operando bajo dos manuales distintos para el mismo modelo. La pregunta abierta no es quién lidera hoy, sino qué normas acabarán exportando ambos bloques al resto del mundo. El informe de los 120 días será la primera pista de hacia dónde quiere llevar Trump su ‘superinteligencia’.

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