Felipe IV, el Rey Planeta que perdió Portugal y patrocinó a Velázquez

Reinó cuarenta y cuatro años, desde 1621 hasta 1665. Su valido, el conde-duque de Olivares, cayó en 1643 tras el desastre de Rocroi, y en 1668 su hijo Carlos II reconoció por fin la independencia portuguesa.

El 1 de diciembre de 1640, al filo de las nueve de la mañana, un grupo de fidalgos portugueses entró en el palacio de los virreyes de Lisboa. Apenas encontró resistencia. El secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos, intentó escapar por una chimenea y acabó arrojado por una ventana al Terreiro do Paço, donde la multitud lo remató en el suelo. La virreina, Margarita de Saboya, duquesa de Mantua, tuvo que escribir a toda prisa la carta que pedía al duque de Braganza aceptar la corona. Cuando el correo llegó al Alcázar de Madrid, el daño era irreversible: el reino más antiguo de la Monarquía Hispánica había roto con su rey en una sola mañana.

Aquel diciembre, Felipe IV tenía treinta y cinco años, casi veinte de reinado y una reputación de monarca mecenas y mujeriego. Cinco meses antes, en junio, Barcelona se le había levantado. Antes de que acabara el año, Lisboa también. La independencia portuguesa tardaría veintisiete años en reconocerse sobre el papel, con el tratado de Lisboa de 1668, ya muerto el rey y bajo la regencia que gobernaba en nombre de su hijo Carlos II.

Capítulo I: El hijo del Piadoso (1605-1621)

El príncipe Felipe nació en el Palacio Real de Valladolid el 8 de abril de 1605. Era el tercer hijo del rey Felipe III y de su esposa Margarita de Austria, y el primero que alcanzaría la edad adulta. Cuando tenía seis años, su madre murió en El Escorial, el 3 de octubre de 1611, y el muchacho quedó al cuidado de una corte que ya se movía entre los hilos de la política europea.

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Educado junto a sus hermanos Ana Mauricia, María Ana, Carlos y Fernando, el futuro rey recibió una formación más literaria que militar. Leía latín, entendía música y no tardó en rodearse de escritores. En 1615 se casó con Isabel de Borbón, hija de Enrique IV de Francia, en el doble enlace pactado con la corte de París: su hermana Ana Mauricia se casó el mismo otoño con Luis XIII, que años después sería el enemigo al que se enfrentarían los tercios en Rocroi.

Su padre murió en el Alcázar de Madrid el 31 de marzo de 1621. Felipe tenía quince años. Heredaba los reinos de Castilla, Aragón, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán, los Países Bajos, el Franco Condado, las Indias americanas y las plazas del norte de África.

Capítulo II: El valido y la máquina del mundo (1621-1639)

Felipe IV confió el gobierno al conde-duque de Olivares, Gaspar de Guzmán, un noble andaluz nacido en Roma en 1587 que llevaba años preparando su momento. Olivares no era un ministro al uso: desplazó a los colaboradores del duque de Lerma, recortó el número de consejos y se propuso hacer de la Monarquía Hispánica una potencia fiscal y militar a la altura de su reputación.

Su proyecto tenía nombre y fecha. En 1624 entregó al rey el llamado Gran Memorial, un texto reservado que pedía al monarca gobernar de verdad, sin delegar en validos sucesivos. Al año siguiente planteó la Unión de Armas, un sistema para que todos los reinos peninsulares contribuyeran al esfuerzo militar en proporción a su población y riqueza. Portugal se resistió. Cataluña, también. La Unión de Armas no llegó a aplicarse del todo, pero sembró los agravios que estallarían en 1640.

En 1623, un joven sevillano de veinticuatro años, Diego Velázquez, entró por primera vez al servicio del rey como pintor de cámara. Ese mismo año, Carlos Estuardo, príncipe de Gales, llegó a Madrid para negociar su matrimonio con la infanta María Ana. La visita duró meses, no terminó en boda y dejó una huella duradera en la corte española.

La propaganda cortesana difundió durante aquellos años un apodo que hizo fortuna: el Rey Planeta, el monarca que, como el sol en el universo tolemaico, ocupaba el centro de una constelación de reinos que giraban a su alrededor. El rey era también un aficionado al teatro y mecenas de los mejores poetas del momento. Lope de Vega le dedicó obras; Calderón de la Barca escribió para las fiestas palaciegas; Quevedo y Góngora le cortejaron con versos. Hacia 1633 se inauguró el palacio del Buen Retiro, construido junto al monasterio de los Jerónimos, con un Salón de Reinos decorado por los mejores pinceles del imperio. Para aquel salón pintó Velázquez, en torno a 1635, su célebre Rendición de Breda, la mejor memoria de la victoria de Ambrosio Spínola sobre los holandeses diez años antes.

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Su fama de mujeriego le valió varios hijos ilegítimos reconocidos, el más célebre de los cuales llegaría a ser general en los ejércitos de su padre.

Felipe IV de España

Capítulo III: 1640, el año de las dos rebeliones

El Corpus de Sangre del 7 de junio de 1640 fue el detonante catalán. Un grupo de segadores sublevados en Barcelona asaltó al virrey, el conde de Santa Coloma, que murió en el tumulto. La Generalitat, encabezada por Pau Claris, aprovechó el vacío para proclamar una república catalana bajo protección francesa a comienzos de 1641. Luis XIII fue reconocido conde de Barcelona y Cataluña se convirtió, durante unos años, en un protectorado de París.

El 1 de diciembre del mismo año, Portugal imitó el gesto. El duque de Braganza, Juan, descendiente por línea bastarda de la casa real portuguesa, aceptó la corona como Juan IV. La nobleza lusa, harta de los impuestos castellanos y de una guerra con Holanda que le estaba costando sus colonias de Asia y Brasil, había decidido apostar por la independencia.

A lo largo de la primavera siguiente, la Monarquía Hispánica se enfrentó a una amenaza de disgregación total: rumores de conjura en Andalucía en torno al duque de Medina Sidonia, inquietud en Aragón y Valencia, disturbios en Nápoles y Sicilia. En julio de 1647, una revuelta popular encabezada por un pescador llamado Tommaso Aniello, «Masaniello», puso en jaque al virrey español de Nápoles.

La corte reaccionó enviando al frente a don Juan José de Austria, hijo bastardo del rey con la actriz María Calderón, nacido en 1629 y educado como infante de facto. Fue él quien entró en Barcelona en octubre de 1652, poniendo fin a doce años de guerra catalana.

Capítulo IV: Rocroi y la caída de Olivares (1643-1648)

En enero de 1643, Felipe IV hizo lo que ningún rey de la casa de Austria había hecho hasta entonces: destituir a su valido. Olivares marchó al destierro de Toro y murió allí dos años después, el 22 de julio de 1645. Se cerraba uno de los proyectos más ambiciosos de recentralización que la Monarquía había ensayado.

Cuatro meses después de la caída del valido, el 19 de mayo de 1643, el ejército español de Flandes sufrió una de las derrotas más citadas de su historia. En Rocroi, los tercios mandados por Francisco de Melo fueron batidos por el joven duque de Enghien, Luis de Borbón, que pasaría a la historia como el Gran Condé. Los viejos infantes españoles murieron casi hasta el último hombre, y los que se rindieron lo hicieron con honores militares tras recibir permiso expreso de los franceses.

En 1648, la Paz de Westfalia puso fin a la guerra de los Treinta Años. En el tratado de Münster, firmado el 30 de enero de aquel mismo año, la Corona española reconoció la independencia de las Provincias Unidas. Era la primera vez que la Monarquía Hispánica aceptaba por escrito el nacimiento de una república rebelde.

Felipe IV de España

Capítulo V: Velázquez, Mariana y el Buen Retiro (1649-1659)

En octubre de 1644 murió la reina Isabel de Borbón. Dos años después, el 9 de octubre de 1646, falleció en Zaragoza el príncipe Baltasar Carlos, a los dieciséis años, heredero jurado de Castilla y Aragón. Fue el golpe más duro del reinado. El monarca quedó sumido en una honda tristeza, la corte suspendió los festejos y hubo que pensar de inmediato en un nuevo matrimonio.

En 1649, Felipe IV contrajo matrimonio con su sobrina Mariana de Austria, hija del emperador Fernando III y de su propia hermana María Ana. La nueva reina tenía catorce años; el rey, cuarenta y cuatro. Aquel mismo año, Velázquez emprendió su segundo viaje a Italia para comprar pinturas de Tiziano, Veronese, Tintoretto y Rafael para las colecciones reales. A su regreso, el pintor retrató a la joven reina una y otra vez, con la peluca de dos pisos y los guardainfantes que la moda imponía.

En paralelo a la vida pública, Felipe IV mantuvo desde 1643 una correspondencia asidua con una monja clarisa del convento de Ágreda, sor María de Jesús, a quien consultaba escrúpulos de conciencia, dudas de gobierno y temores por la sucesión. Se conservan centenares de cartas cruzadas entre ambos hasta la muerte del rey, y constituyen uno de los epistolarios más personales que ha dejado un monarca español.

El 12 de julio de 1651 nació la infanta Margarita Teresa, que llegaría a ser emperatriz del Sacro Imperio. Cinco años después, Velázquez la colocó en el centro de la que sería su obra maestra: las Meninas, pintadas hacia 1656 en el taller del Alcázar. En junio de 1660, la infanta María Teresa, la hija mayor del rey y la única superviviente de los hijos de su primer matrimonio, se casó con Luis XIV en la frontera del Bidasoa. Velázquez, que organizó los fastos, murió en Madrid el 6 de agosto de aquel mismo año.

Semanas antes, en noviembre de 1659, el cardenal Mazarino y Luis Méndez de Haro, valido de Felipe IV desde 1643, habían firmado la Paz de los Pirineos. Francia obtuvo el Rosellón y la Cerdaña, y el rey español se comprometió a casar a su hija con el joven Luis XIV. Un siglo después de la abdicación de Carlos V, la Monarquía Hispánica firmaba la paz con su enemigo más temido desde una posición de clara inferioridad.

Capítulo VI: La sucesión rota (1661-1665)

El 20 de noviembre de 1657, la reina Mariana dio a luz a un príncipe, Felipe Próspero. La alegría duró cuatro años: el niño murió el 1 de noviembre de 1661. Cinco días después nació su hermano, el futuro Carlos II, un bebé pálido y enfermizo, con la mandíbula de los Austrias ya visible en los primeros retratos.

Felipe IV murió en el Alcázar de Madrid el 17 de septiembre de 1665, a los sesenta años. Había reinado cuarenta y cuatro. Su hijo Carlos tenía casi cuatro años. La reina Mariana de Austria asumió la regencia, y con ella el gobierno pasó a una junta de notables en la que pronto destacaría el jesuita austriaco Juan Everardo Nithard, confesor de la reina.

El Alcázar de Madrid, donde Felipe IV había vivido casi toda su vida, ardió en la Nochebuena de 1734 y con él se perdió buena parte de los papeles de aquel reinado. Lo que queda del Rey Planeta son, sobre todo, las imágenes que él mismo mandó pintar: la figura de negro, el Toisón de oro al pecho, la mirada cansada de quien sostuvo durante cuarenta y cuatro años la ficción de un imperio.

Felipe IV de España