ICANN ha recibido 1.615 solicitudes de nuevos dominios de nivel superior, presentadas por 481 solicitantes distintos. Es la mayor apertura del sistema de nombres de internet en más de una década y confirma que el terreno más disputado ya no es .com, sino cualquier extensión que suene a inteligencia artificial.
Claves de la operación
- 1.615 solicitudes presentadas por 481 solicitantes. Es el mayor proceso de expansión del sistema de nombres desde la ronda de 2012 y concentra el interés en unas pocas extensiones de alto valor estratégico.
- Diez compañías pelean por la extensión .agent. Entre ellas figuran Meta y OpenAI. Otras siete, con OpenAI de nuevo en la lista, han solicitado .agi, y seis han pedido .asi.
- El registro de un dominio es un negocio recurrente. Quien controla una extensión fija el precio mayorista, la política de acceso y las condiciones para las marcas que quieran protegerse.
La IA se apropia de los nombres que nadie quería hace una década
Los datos publicados por la corporación que gobierna el sistema de nombres desde 1998 dibujan un mapa muy distinto al de la anterior apertura. Diez compañías distintas, con Meta y OpenAI entre ellas, han presentado candidatura para gestionar la extensión .agent. El interés no es cosmético: una extensión propia permite decidir quién puede registrarse bajo ese paraguas, a qué precio y con qué condiciones técnicas.
OpenAI ha ido más lejos. La compañía ha solicitado también .agi y .asi, dos sufijos que apuntan a los debates abiertos sobre inteligencia general y superinteligencia. Meta y OpenAI compiten por bautizar la próxima década de la IA, y lo hacen en el único registro que no depende de ningún gobierno: la raíz técnica de internet.
La pugna no se limita a las tres extensiones más comentadas. Entre las 1.615 peticiones hay solicitudes de sectores dispares, desde la salud hasta el deporte, lo que confirma que en el sistema de nombres conviven la estrategia corporativa y la especulación pura. Un sufijo atractivo puede multiplicar su valor de reventa en cuestión de meses, y no todos los solicitantes tienen un plan industrial detrás.
Qué se compra exactamente con una extensión es la duda de fondo. La respuesta corta: capacidad de fijar reglas. Un registro puede exigir requisitos de identidad a los solicitantes, reservar nombres para titulares de marcas registradas o bloquear el registro especulativo. También puede convertirse en la puerta de entrada de un asistente conversacional, y ahí la extensión deja de ser un adorno para ser infraestructura.
Una extensión de internet no vale por las letras que contiene, sino por el poder de fijar quién puede usarlas y a qué precio.
El negocio real no está en vender dominios, sino en gobernar el registro

Las cifras explican por qué hay 481 solicitantes detrás de 1.615 peticiones. Gestionar una extensión genera ingresos recurrentes por cada nombre, registrados, renovados o transferidos, un modelo que ya han explotado compañías como Google, propietaria de .app y .dev. El negocio del dominio se cobra todos los años, no una sola vez, y ahí está el verdadero atractivo.
Para las marcas españolas, la apertura añade una factura silenciosa. Cada extensión nueva obliga a los departamentos jurídicos a decidir si registran de forma defensiva, si litigan contra ocupantes oportunistas o si asumen el riesgo de no estar presentes. En la ronda anterior, ese cálculo se hizo con listas interminables de nombres y presupuestos limitados.
El caso más ilustrativo es el de Anguila. El dominio territorial .ai, asignado a una isla de menos de 20.000 habitantes, se ha convertido en una fuente de ingresos relevante para su administración gracias al tirón de las empresas de inteligencia artificial. Un sufijo de dos letras puede sostener un presupuesto público entero, y esa lección no ha pasado desapercibida.
Detrás de cada extensión hay una cadena de intermediarios: el registro que fija las reglas, los registradores que venden al cliente final y las marcas que compran por miedo a quedarse fuera. Cuando el sufijo está ligado a una tecnología emergente, el precio de esa defensa se dispara.
Lo que España aprendió, y lo que queda pendiente, desde la ronda de 2012
La comparación con la ronda anterior es obligada. En 2012, la corporación recibió cerca de 2.000 solicitudes y de aquel proceso salieron extensiones como .barcelona, .madrid y .gal, impulsadas por instituciones locales. El dominio territorial .es sigue gestionado por Red.es, dependiente del Ministerio para la Transformación Digital, y su volumen de registros funciona como termómetro de la madurez digital del país.
El mapa de los dominios, sin embargo, no premia a quien llega tarde. La ronda de 2012 dejó un reguero de extensiones que nunca alcanzaron masa crítica y acabaron desapareciendo, después de haber pagado la tasa de solicitud y varios años de mantenimiento. El coste de una extensión fallida se paga durante una década y no siempre aparece en las cuentas de resultados.
Queda por ver qué ocurre con las 1.615 peticiones cuando ICANN empiece a evaluarlas. La corporación tiene por delante un proceso largo de revisión técnica, financiera y de objeciones, y no todas las candidaturas llegarán a delegarse en la raíz del sistema. Seguimos de cerca la lista final: si .agent acaba en manos de Meta o de OpenAI, la próxima vez que tecleemos una dirección de internet estaremos escribiendo el nombre de la empresa que nos responde. Y eso vale más que cualquier campaña de imagen.
