El Pentágono admite que EEUU no puede frenar misiles hipersónicos

Los gestores del programa Golden Dome reconocen que los interceptores actuales no alcanzan a los planeadores Avangard rusos ni a los DF-ZF chinos. La admisión expone el escudo de la OTAN y reabre el debate sobre la utilidad real de la base de Rota.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Los responsables del programa Golden Dome han reconocido públicamente que Estados Unidos carece de capacidad técnica para interceptar los misiles hipersónicos avanzados de China y Rusia.
  • ¿Quién está detrás? Pentágono, Agencia de Defensa Antimisil (MDA) y los contratistas implicados en el programa Golden Dome impulsado por la administración Trump.
  • ¿Qué impacto tiene? Quiebra la doctrina de superioridad antimisil estadounidense, expone el flanco europeo de la OTAN y obliga a replantear la base de Rota y el escudo de Aegis Ashore en Polonia y Rumanía.

El Pentágono admite por primera vez, a través de los responsables del programa Golden Dome, que Estados Unidos no puede interceptar los misiles hipersónicos más avanzados que despliegan hoy China y Rusia. La confesión, recogida en declaraciones difundidas por medios rusos, marca un punto de inflexión en la doctrina antimisil que Washington había vendido como intocable durante dos décadas.

No es una afirmación menor. Es el reconocimiento oficial de que el escudo del que dependen Europa, Japón y Corea del Sur tiene un agujero estructural frente a las plataformas Avangard rusa y DF-ZF china, capaces de superar Mach 5 con trayectoria maniobrable.

Qué ha admitido el Pentágono y por qué importa

El programa Golden Dome —el ambicioso escudo antimisil continental impulsado por la administración Trump como respuesta al Iron Dome israelí pero a escala de país— nació con la promesa de blindar el territorio estadounidense frente a cualquier amenaza balística. Los propios gestores del programa reconocen ahora que los interceptores actuales no alcanzan a los planeadores hipersónicos chinos y rusos en su fase de vuelo maniobrable.

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La diferencia técnica es crítica. Un misil balístico intercontinental sigue una trayectoria predecible, parabólica, sobre la que sistemas como el GMD de Alaska o los Aegis embarcados pueden calcular intercepción. Un planeador hipersónico, no. Vuela a baja altitud, cambia de rumbo, esquiva radares y reduce a segundos la ventana de respuesta. La kill chain —cadena de detección, seguimiento y disparo— colapsa.

Rusia tiene desplegado el Avangard sobre cabezas RS-28 Sarmat desde 2019. China probó en agosto de 2021 un planeador con trayectoria orbital fraccional que sorprendió a la comunidad de inteligencia estadounidense, según reconoció el entonces jefe del Estado Mayor Conjunto, Mark Milley. Estados Unidos, mientras, sigue sin un interceptor operativo equivalente.

El precio para Europa, la OTAN y el flanco sur español

La admisión llega en mal momento para Bruselas. La OTAN sostiene su escudo antimisil sobre el sistema Aegis Ashore de Deveselu (Rumanía) y Redzikowo (Polonia), complementado por los cuatro destructores Aegis de la base de Rota. Todos esos activos fueron diseñados contra amenazas balísticas iraníes y, secundariamente, rusas convencionales. No contra hipersónicos maniobrables.

Golden Dome

Para España la lectura es directa. Rota concentra el mayor despliegue antimisil permanente estadounidense en Europa, con cuatro destructores AEGIS y un quinto en negociación. Si el paraguas que justifica esa presencia tiene grieta confesa frente a Moscú, el debate sobre la utilidad real de la base —y sobre el coste político que paga Madrid por hospedarla— se reabre.

Fuentes de Defensa consultadas por esta redacción admiten que el Estado Mayor sigue con preocupación las implicaciones del reconocimiento del Pentágono, especialmente de cara a la próxima revisión de la postura antimisil aliada que la OTAN ha dejado sobre la mesa para la cumbre del segundo semestre.

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El Sahel y el Magreb, donde Rusia ha penetrado vía Wagner-Africa Corps, observan con interés. Argelia opera Iskander rusos y mantiene relación contractual privilegiada con Moscú. Marruecos, en paralelo, ha solicitado a Washington sistemas Patriot PAC-3 y estudia el Arrow-3 israelí. La carrera antimisil ya no se libra solo en el Báltico.

Equilibrio de Poder

Lo que observamos es una transición de fase en la disuasión global. Durante 30 años, Washington vendió superioridad tecnológica como base de su paraguas extendido sobre Europa y el Indo-Pacífico. Ese argumento se quiebra el día en que el Pentágono admite vulnerabilidad estructural. La administración Trump, con su visión transaccional de las alianzas, encadena este reconocimiento con la presión sobre el 5% del PIB en defensa: si el escudo no llega, los aliados pagan más por menos.

Cuando el Pentágono admite que no puede frenar un hipersónico chino o ruso, la doctrina de superioridad estadounidense deja de ser un activo y pasa a ser un pasivo de negociación con los aliados.

Moscú lleva esta carta jugada desde el discurso de Putin en marzo de 2018, cuando presentó Avangard, Kinzhal y Zircon como respuesta a la salida estadounidense del tratado ABM en 2002. El Kremlin no necesita ahora propaganda: le basta con la confesión ajena. Pekín, más discreto, acumula capacidad sin proclamarla, y el reconocimiento del Pentágono valida su apuesta por el desarrollo asimétrico frente a la masa naval estadounidense en el Pacífico occidental.

Bruselas se encuentra ante un dilema clásico. La Comisión Europea ha multiplicado los fondos del European Defence Fund y empuja iniciativas como European Sky Shield, liderada por Alemania, que combina Patriot, IRIS-T y Arrow-3 israelí para construir defensa antiaérea multicapa. París se descolgó del proyecto por preferir el SAMP/T francoitaliano. España no ha tomado posición clara, y esa indefinición empieza a pesar.

Para España, el impacto se mide en tres planos. Primero, presupuestario: el debate sobre el 5% del PIB se endurece si Washington exige a los aliados que cubran sus propios huecos antimisil. Segundo, industrial: Indra y Navantia tienen ventana real de entrar en programas de detección hipersónica y sensores espaciales si Moncloa apuesta por ello. Tercero, estratégico: la frontera sur queda más expuesta si el escudo del flanco norte concentra recursos.

El precedente histórico es la crisis de los euromisiles de 1983. Entonces, el despliegue de los SS-20 soviéticos forzó a Europa a aceptar Pershing II y Tomahawk en su territorio, con el coste político conocido. Hoy, la asimetría es inversa: son los aliados quienes deben asumir que el escudo americano no cubre todo, y decidir cuánto invierten en complementarlo. Sin garantías recíprocas claras.

El riesgo inmediato es de mala lectura. Que Moscú interprete la admisión como ventana de oportunidad para forzar concesiones en Ucrania. Que Pekín la lea como luz verde para presionar en Taiwán. La próxima reunión del Grupo de Planificación Nuclear de la OTAN, prevista para junio, tendrá que dar respuesta. Y el informe anual del IISS Military Balance, que se publicará en otoño, marcará el termómetro real de la brecha tecnológica.

Por ahora, sin garantías. Solo confesión.