Impacto de la sequía en Europa: 180.000 millones en pérdidas

El análisis de Financial Times cifra el impacto a corto plazo en al menos 50.000 millones de euros. La sequía obliga a España a revisar su exposición agrícola, energética e hídrica antes de la próxima campaña de siembra.

El impacto de la sequía en Europa alcanza los 180.000 millones de euros en pérdidas potenciales si se suman los efectos del calor extremo sobre la productividad, la energía, el transporte y el trabajo. Lo advierte un análisis del Financial Times que coloca a España en una posición de alerta dentro del mapa comunitario.

La escasez de agua ya golpea al corazón logístico del continente: el Rin, cuyos niveles han tocado mínimos históricos, ha obligado a los buques que conectan con el puerto de Róterdam a operar sólo al 30% de su capacidad para evitar encallar. Según la Autoridad Portuaria, cada semana se contratan unas cien embarcaciones adicionales y aun así no se puede mover el mismo volumen de mercancías.

El Rin se seca. Europa arde.

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Los cálculos a corto plazo sitúan el coste en al menos 50.000 millones de euros, de acuerdo con Zurich Insurance y el Instituto Europeo de Economía y Medio Ambiente. Si la falta de agua se prolonga, el impacto total del calor extremo puede llegar al 1% del PIB comunitario: esos 180.000 millones que citan los economistas como referencia de un verano que no se ha limitado a secar cultivos.

Francia ya ha cuantificado su factura particular: entre 10.000 y 15.000 millones de euros de pérdidas, muy por encima de los 5.600 millones que dejó la sequía de 2022, según la ministra francesa de Medio Ambiente, Monique Barbut. En el valle del Po italiano, Roberto Guerrini, dirigente de la mayor asociación de agricultores de Italia, describe arrozales ‘completamente devastados y el arroz seco’ y advierte de explotaciones que pierden la mitad de su producción.

El Rin es el termómetro de una crisis que ni la política monetaria puede ignorar: sequía es menos producción, más inflación y tipos altos durante más tiempo.

La tensión hídrica alcanza también a la tecnología. Más de un tercio de los 3.000 centros de datos europeos están instalados en zonas con estrés hídrico alto o extremadamente alto, según el Instituto de Recursos Mundiales. La competencia por el agua, que ya es intensa en un año normal, se agrava durante un episodio como el actual, con riesgo de cortes industriales y energéticos.

La energía también se resiente. La eléctrica francesa EDF ha anticipado una caída del 10% en sus beneficios por los bajos caudales y el calor, y la central nuclear rumana de Cernavoda ha iniciado su cierre tras fracasar el intento de redirigir agua de refrigeración. La química alemana Covestro ha declarado fuerza mayor por el Danubio, y el transporte de cereales desde Europa central y oriental hacia el mar Negro se ha encarecido.

El coste invisible de una sequía que golpea primero a la industria

El problema más inmediato son los bajos niveles de agua en el Rin, arteria fluvial clave para la industria alemana. El Instituto para la Economía Mundial de Kiel calcula que la sequía de 2018 recortó el 0,4% del PIB alemán, unos 18.000 millones de euros actuales. Un mes con 30 días de sequía reduce el transporte fluvial un 25% y la producción industrial alemana alrededor del 1%.

En esta ocasión, los niveles ya son inferiores a los de 2018, por lo que el impacto sobre el comercio podría ser similar o peor, según S&P Global Ratings. Neil Shearing, economista jefe de Capital Economics, prevé una caída temporal de entre el 0,1% y el 0,2% del PIB de la eurozona, con recuperación parcial a finales de año o a principios de 2027 si el río recupera caudal.

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El resto de canales suma: la agricultura, la energía hidroeléctrica y los centros de datos dependen del agua. El BCE estima que, en un escenario extremo, el calor y la sequía reducen 4,5 puntos porcentuales el crecimiento del valor agregado agrícola real per cápita, con el mayor impacto en Europa del Este.

España, en alerta: de la agricultura al regadío

sequía España

España no aparece en el análisis como una excepción: encadena episodios de sequía desde 2022 y su sector agrícola depende del regadío. Aproximadamente la mitad de la UE y el Reino Unido sufre algún grado de sequía, según el Observatorio Europeo de la Sequía, y las cuencas mediterráneas son de las más expuestas a a restricciones hídricas.

El encarecimiento de los cereales y de los piensos es el canal más directo para la economía española. La red de inversores Fairr cifra ya en 6.400 millones de dólares anuales los costes climáticos de 18 grandes empresas ganaderas cotizadas, y advierte de que la factura puede subir hasta 7.100 millones en 2050. La subida de los alimentos golpearía la cesta de la compra justo cuando el BCE vigila la inflación.

A medio plazo, la sequía obliga a repensar cultivos y superficies de riego. Los agricultores italianos ya estudian sustituir el arroz por otros cultivos o dejar tierras sin sembrar; en España el debate del regadío y de la PAC —la política agrícola común— vuelve a cobrar urgencia. La adaptación climática deja de ser un capítulo del Pacto Verde para convertirse en una condición de supervivencia de explotaciones y cadenas de suministro.

El Eje del Poder Europeo

La sequía no reparte igual el daño entre los socios europeos, y eso tensa la geometría comunitaria. El norte industrial —Alemania y Países Bajos— sufre el bloqueo del Rin, su principal arteria logística. Francia se enfrenta a una crisis nuclear y de producción energética. Italia y España acumulan el golpe agrícola y de regadío; Europa del Este, según el BCE, encajaría el mayor impacto relativo en el valor añadido agrario.

Para España, el episodio refuerza su exposición estructural: el Mediterráneo occidental es uno de los puntos críticos del cambio climático y la sequía se solapa con la factura energética de una economía que aún compite en productos hortofrutícolas y depende de cultivos de regadío. La subida de los alimentos puede trasladarse al IPC y modular el espacio fiscal del Gobierno en un ciclo de tipos altos.

La lectura estratégica es que la crisis del agua ya no es un problema periférico del Pacto Verde. Sólo el 15% de las empresas de la UE tiene planes de adaptación formales, pese a que el 42% reconoce costes climáticos al alza. El precedente del Rin en 2018 es incómodo: el calor salió caro a Alemania y, por arrastre, a la eurozona. Este verano la transición hacia la sequía ha sido más rápida y las previsiones de la Comisión Europea apuntan a más calor en agosto, septiembre y la próxima primavera. Si El Niño añade estrés hídrico, el BCE tendrá que soportar la presión de una inflación climática sobre la que no tiene mandato.

El próximo hito de verificación es el avance del Observatorio Europeo de la Sequía y la evolución de los niveles del Rin a comienzos de otoño. Ahí se verá si los 180.000 millones quedan como una proyección extrema o como la nueva base de cálculo del coste climático europeo.