Hegseth crea el Mando de Guerra Autónoma del Pentágono: IA y drones en todas las armas de EE. UU.

El nuevo organismo, liderado por un general de cuatro estrellas, aspira a estar operativo antes del 1 de octubre de 2027. La administración Trump sustituye el término inteligencia artificial por el de superinteligencia en su vocabulario oficial.

El Pentágono activa el Mando de Guerra Autónoma para desplegar sistemas robóticos e IA en todas las armas de EE. UU. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, anunció la creación del nuevo organismo durante un discurso en la base del Cuerpo de Marines en Quantico (Virginia), y lo presentó como el mayor salto doctrinal de las Fuerzas Armadas estadounidenses en generaciones.

La estructura —denominada en inglés Autonomous Warfare Command (AutoWarCom)— contará con autoridades equivalentes a las de una rama militar propia y estará dirigida por un general de cuatro estrellas. Según el calendario oficial, debe estar plenamente operativa antes del 1 de octubre de 2027, plazo que Hegseth describió como el despliegue autónomo más rápido en tiempos de paz de la historia militar moderna.

Por qué el Pentágono abandona la doctrina de los sistemas caros

En el corazón del anuncio hay un reconocimiento incómodo. La estrategia de décadas de comprar menos armas y cada vez más sofisticadas ha dejado de funcionar, según el memo interno difundido junto al discurso. La informática avanzada permite producir en masa sistemas precisos y baratos que amenazan las plataformas heredadas del ejército estadounidense —desde los carros de combate hasta los portaaviones— y complican la proyección de fuerza en cualquier teatro.

Publicidad

La lección de Ucrania opera como telón de fondo. En cuatro años de guerra, ambos bandos han industrializado el uso de drones de bajo coste como los Shahed-136, los Lancet o los FPV equipados con munición, en una escala que ningún Estado Mayor occidental anticipó. El propio Hegseth lo apuntó sin rodeos: la guerra de drones potenciada por apuntado asistido por SI es la mayor revolución del campo de batalla en generaciones.

Ahí aparece el término nuevo. Un día antes del anuncio, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva que sustituye el vocabulario oficial: donde antes se decía inteligencia artificial (AI), la administración pasa a hablar de superinteligencia (SI). El cambio no es cosmético: afecta al nombre de contratos, doctrinas y planes de adquisición en todo el aparato federal.

El Pentágono ya no compra ejércitos: pretende comprar algoritmos capaces de reproducir en masa lo que antes dependía de un puñado de plataformas irrepetibles.

El simbolismo no es menor. La orden ejecutiva llega en un momento en que Washington quiere presentar su apuesta tecnológica como irreversible, frente a una Europa que aún debate cómo regular la IA sin quedarse sin industria. El AutoWarCom nace con rango de rama militar, no como una simple oficina de programa.

Del algoritmo al error: los avisos sobre la IA militar

La otra cara del movimiento llegó envuelta en advertencias. Expertos consultados tras el anuncio señalan tres riesgos convergentes: el deterioro del pensamiento crítico humano, la posibilidad de una escalada accidental por decisiones algorítmicas impredecibles y un aumento del daño a civiles en zonas de conflicto.

La referencia más citada es la del sistema Maven Smart System de Palantir, la plataforma que el CENTCOM utiliza para el apuntado, de blancos. Según informó Bloomberg, el personal esperaba que el sistema marcara como obsoleta la inteligencia inconsistente al seleccionar objetivos. No lo hizo. El resultado, siempre según esa información, fue el ataque estadounidense contra una escuela de niñas en Minab (Irán) el 28 de febrero de 2026, con al menos 157 muertos, entre ellos 123 menores. El Pentágono no ha reconocido públicamente su responsabilidad.

El segundo episodio, difundido por CNN, apunta a la primavera de 2026: fuerzas estadounidenses estuvieron a punto de interceptar un buque chino que, según un informe de inteligencia, transportaba componentes para un arma nuclear con destino a Irán. La misión se canceló en el último momento al comprobarse que un chatbot empleado por el analista había identificado mal la carga.

Publicidad

El ministro de Defensa de Tailandia, Adul Boonthumjaroen, lo resumió en la conferencia de defensa de Pekín celebrada a mediados de septiembre: el mundo se encuentra en un punto de inflexión crítico por la emergencia de la IA militar. Lo más urgente, dijo, no es quién será el más poderoso, sino cómo construir un orden internacional.

Equilibrio de Poder

El AutoWarCom traslada al terreno organizativo una convicción del Pentágono: la ventaja militar de la próxima década no dependerá de plataformas aisladas, sino de redes de enjambre capaces de operar con latencia mínima y coste marginal decreciente. Es la lógica que subyace al conflicto ucraniano y que Moscú ha adoptado a su manera con los Geran-2 y la producción masiva de drones de ataque baratos. Rusia compite en volumen; Washington intenta ahora hacerlo en algoritmos, integración multiservicio y escala industrial.

Para Europa, el anuncio es una señal de doble filo. Bruselas lleva meses empujando programas comunes como el FCAS y el Eurodrone, pero ninguno de los dos avanza al ritmo que Hegseth pretende imprimir en el Pentágono. La Comisión Europea, además, ve cómo el gobierno estadounidense consolida un marco regulatorio propio sobre IA militar sin coordinarlo con el reglamento europeo de inteligencia artificial, ya en aplicación.

España queda expuesta en varios frentes. El Ministerio de Defensa mantiene compromisos con la OTAN para elevar el gasto militar y ha apostado por el Eurodrone como plataforma de referencia. Sin embargo, el despliegue del AutoWarCom acelerará los estándares de interoperabilidad aliados: los sistemas españoles que no se integren con los protocolos de mando autónomo estadounidenses podrían quedar fuera de las operaciones conjuntas antes de 2030. La base de Rota —con sus cuatro destructores AEGIS y su función de nodo antimisiles en el flanco sur— está directamente concernida. El flanco sur de la OTAN es, precisamente, donde más pesa la autonomía.

El precedente histórico útil no es la crisis de los misiles, sino la introducción del GPS en la munición guiada durante los años noventa. Entonces Washington impuso su estándar técnico a toda la OTAN durante dos décadas. Ahora intenta lo mismo con el mando autónomo. Analizamos esta decisión como un viraje doctrinal de fondo, no como una operación de imagen: la estructura administrativa creada sugiere permanencia a diez años.

El riesgo real, sin embargo, es que la carrera por la autonomía se corra sin sistemas de supervisión humana verificables. Ninguno de los socios aliados ha publicado un protocolo de rendición de cuentas algorítmica. El próximo informe del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) y la cumbre de la OTAN de 2027 servirán de termómetro: si Europa no presenta una propuesta equivalente, la brecha transatlántica en defensa se convertirá en estructural, no en coyuntural.