EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Arabia Saudí prepara una ofensiva contra los hutíes en Yemen con más de 100.000 efectivos yemeníes sobre el terreno y apoyo aéreo saudí. Hay dos opciones sobre la mesa: una operación limitada para recuperar la costa de Bab el-Mandeb o una ofensiva sincronizada en varios frentes.
- ¿Quién está detrás? Riad dirige la operación a través de fuerzas yemeníes que supervisa. Washington aporta inteligencia y asesores; Pakistán y Turquía suministran equipo; Francia enviará sistemas defensivos a Yanbu. Los hutíes, respaldados por Irán, niegan el ataque de la coalición contra Medina.
- ¿Qué impacto tiene? Bab el-Mandeb es la salida sur del mar Rojo y, este año, la alternativa de facto al estrecho de Ormuz, cerrado de hecho por el conflicto con Irán. Cualquier escalada mueve el precio del crudo, los fletes y la inflación en España.
Arabia Saudí ultima una ofensiva contra los hutíes para romper el bloqueo del mar Rojo, con hasta 100.000 efectivos yemeníes y apoyo aéreo de Riad. Según seis fuentes regionales y occidentales consultadas por Reuters, la operación podría lanzarse en cuestión de semanas.
Dos planes sobre la mesa y una ventana que llega hasta noviembre
Las opciones que maneja Riad son dos. La primera es una operación de alcance limitado para recuperar la franja costera que los hutíes tomaron el mes pasado y devolver Bab el-Mandeb a una situación parecida a la anterior a ese avance. La segunda, bastante más ambiciosa, contempla ataques sincronizados en varios frentes con las gobernaciones de Al-Bayda, Marib, Taiz y Al-Jawf como ejes. Dependiendo de la escala, podrían movilizarse más de 100.000 tropas yemeníes, siempre según las mismas fuentes.
El problema no es el número, sino la cohesión. Las fuerzas yemeníes anti-hutíes están fracturadas desde hace años y arrastran la ruptura que estalló el invierno pasado, cuando los combatientes del sur respaldados por Emiratos Árabes Unidos intentaron tomar territorio en el este y anunciar planes de secesión; acabaron derrotados por milicias sostenidas por Riad tras una serie de choques. El analista yemení Mohammed Albasha lo resume sin adornos: ‘Muchas fuerzas anti-hutíes todavía no están organizadas ni preparadas para una ofensiva sostenida’. Ali Shihabi, analista saudí próximo al pensamiento oficial, añade que ‘el éxito depende en gran medida de la calidad del desempeño de las fuerzas locales’. El precedente pesa.
Alrededor de la operación se ha ido tejiendo una coalición de apoyo que evita, por ahora, el combate directo. Washington aporta asesores militares e inteligencia, incluida información de objetivos para los ataques aéreos saudíes, aunque con un techo conocido: Trump rechazó las peticiones de Mohammed bin Salman de respaldo directo, como bombardeos. Pakistán envió el mes pasado cuatro aviones de carga a Adén con sistemas de defensa aérea, artillería ligera, drones y sistemas antidrón, y mantiene asesores sobre el terreno.
Islamabad ha desplegado además entre 30.000 y 40.000 militares en Arabia Saudí para proteger fronteras terrestres e interceptar drones y misiles, en oleadas que comenzaron el año pasado y se han acelerado con la escalada reciente. No obstante, no ha decidido enviar tropas a Yemen en capacidad de combate. Turquía ha puesto en vuelo sobre Yemen drones adquiridos antes de la guerra actual y Francia ha anunciado el envío de sistemas defensivos y tropas para proteger Yanbu, el puerto saudí del mar Rojo.
Del otro lado del tablero, los hutíes se han convertido en el aliado más formidable de Irán en Oriente Próximo desde que Israel degradó a Hezbolá en el Líbano. La tregua acordada en 2022 aguantó a grandes rasgos hasta este año, cuando el grupo lanzó ataques con misiles y drones contra el transporte marítimo saudí y contra infraestructura petrolera, un derrame directo de la guerra con Irán. Los hutíes niegan, eso sí, el ataque que la coalición les atribuye contra Medina.
Riad no necesita ganar en Yemen para respirar: le basta con arrebatarle a los hutíes la llave de Bab el-Mandeb.
Riad ha concluido que no puede sentarse a negociar la paz en Yemen mientras los hutíes conserven el control del estrecho, porque ese control les da una palanca de alcance global. Las estimaciones de lanzamiento varían entre esta misma semana y después de las elecciones legislativas estadounidenses de principios de noviembre. El calendario no es casual.
El estrecho que sostiene el comercio europeo

Bab el-Mandeb es la salida sur del mar Rojo y el paso obligado entre el Mediterráneo y Asia. Este año ha ganado peso porque el estrecho de Ormuz, la otra gran autopista energética del planeta, está cerrado de hecho por el conflicto con Irán. En términos prácticos: si el paso se estrangula, los buques que unen Asia con Europa alargan su ruta y suman miles de kilómetros alrededor del cabo de Buena Esperanza.
Para España eso se traduce en tres facturas. La primera es energética: cualquier prima de riesgo sobre el crudo del Golfo llega a la bombona, al diésel y al transporte. La segunda es logística: los fletes y los seguros marítimos encarecen las importaciones y golpean a los exportadores que despachan hacia Asia. La tercera es de posición: España declinó sumarse a la Operación Aspides, la misión naval europea en el mar Rojo, y sigue el conflicto desde fuera de la maniobra, con menos acceso a la información de primera mano en una zona que condiciona su suministro.
Equilibrio de Poder
Washington vuelve a moverse con lógica transaccional. Da inteligencia, asesores y cobertura diplomática, pero no quiere aviones sobre Yemen ni bajas propias en el expediente; prefiere que el coste lo asuma Riad y que Europa sostenga la defensa de la ruta. Bruselas, por su parte, ha respondido con el patrón habitual: aportaciones defensivas, alguna fragata y una capacidad industrial de misiles antiaéreos que sigue sin escalar a la velocidad que exige el frente. Francia sí ha dado un paso concreto con el despliegue en Yanbu. Moscú, mientras, no necesita mover un solo batallón para beneficiarse: cada dólar que sube el crudo engorda su caja y cada crisis que retiene a la Armada estadounidense en el mar Rojo la distrae del Indo-Pacífico. Irán obtiene algo parecido: gana relevancia estratégica sin desplegar tropas propias, porque su alianza con los hutíes es hoy su activo más rentable.
La lectura para España tiene dos capas. La inmediata es de precios: una escalada en el mar Rojo se traduce en inflación energética en un país que importa la práctica totalidad de su crudo. La estratégica es de flanco sur: Riad y Abu Dabi son los principales socios del Golfo de Madrid, y una ofensiva prolongada consume recursos que Rabat y el Magreb también miran con atención, porque el Sahel ya está tensionado por actores respaldados desde el Golfo. Si el conflicto se atasca, la presión migratoria y el tráfico de armas en el entorno africano se resentirán.
El riesgo inmediato es doble. Primero, que la ofensiva se lance sin que las fuerzas yemeníes estén coordinadas y que, en lugar de reconquistar la costa, abra una decena de frentes nuevos. Segundo, un golpe hutí contra instalaciones petroleras saudíes para elevar el coste político del envite, con el precedente de Abqaiq y Khurais en 2019, cuando un ataque con drones y misiles dejó fuera de servicio la mitad de la producción saudí en una sola noche. Riad lo sabe y por eso ha reclamado sistemas defensivos a varios aliados.
La próxima ventana crítica es clara: las legislativas estadounidenses de principios de noviembre marcan el límite exterior de la operación, porque a partir de ahí la atención de Washington vuelve a replegarse hacia dentro. Seguimos con cautela los indicadores OSINT de movimiento de tropas en Marib y Al-Jawf y los informes que el ISW publique en las próximas semanas. Habrá que ver también si la Unión Europea aprovecha la crisis para revisar su papel en el mar Rojo o si vuelve a dejar que el comercio europeo dependa de la eficacia de fuerzas locales que llevan una década sin coordinar.

