Šefčovič admite que las negociaciones UE-China siguen sin resultados: miles de empleos en juego

El comisario viaja a Pekín el 8 de octubre con la cumbre de líderes del 15 como fecha límite. París y Berlín preparan un documento para blindar la industria europea y Pekín ya amenaza con responder.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? El comisario de Comercio de la UE, Maroš Šefčovič, reconoce que las negociaciones con China ‘aún no han dado resultados’ y que ambas partes ‘no están ni mucho menos’ en condiciones de cerrar un acuerdo.
  • ¿Quién está detrás? La Comisión Europea negocia desde junio con el Ministerio de Comercio chino mientras París y Berlín preparan un documento para reforzar las defensas comerciales europeas.
  • ¿Qué impacto tiene? Hay miles de empleos industriales en juego y España, primer exportador de porcino de la UE, es uno de los flancos más expuestos a una represalia china.

Šefčovič admite que las negociaciones UE-China siguen sin acuerdo a una semana de su viaje a Pekín.

Un viaje ‘súper crucial’ con el reloj en contra

El comisario eslovaco habló esta semana desde Milwaukee, en los márgenes de la reunión de ministros de Comercio del G20, y no endulzó el diagnóstico: los contactos con Pekín son ‘constructivos, pero duros’. La fórmula que resume su posición es una: China y la Unión Europea ‘no están ni mucho menos’ en condiciones de firmar.

El calendario aprieta y él lo sabe. El 8 de octubre viaja a Pekín para verse con el ministro de Comercio chino, Wang Wentao, en lo que él mismo ha descrito como una cita ‘súper crucial’. El 15 y el 16 de octubre, los jefes de Estado y de Gobierno de los Veintisiete se sientan en Bruselas y esperan resultados que poder evaluar. ‘Siento un gran interés político y expectativas muy altas por parte de los líderes de toda la Unión Europea’, admitió. ‘Sé lo impaciente que es políticamente el liderazgo europeo’.

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Bruselas mantiene la carta sobre la mesa: está dispuesta a restringir el acceso de los productos chinos al mercado único si las conversaciones fracasan. El instrumento anti-coerción, aprobado en 2023 y nunca activado hasta ahora, sigue en el cajón. Nadie quiere llegar a eso.

Las conversaciones se arrastran desde junio. Los líderes europeos repiten que ya no pueden tolerar la marea de importaciones que inunda el mercado único, presiona a los fabricantes y ha forzado cierres de plantas y despidos. Šefčovič sostiene que sus interlocutores lo han entendido: ‘Creo que nuestros socios chinos han comprendido que esto tiene implicaciones directas sobre el futuro de empresas europeas emblemáticas —literalmente miles de empleos— y también sobre el tejido social y el modelo social que Europa ha construido durante muchas décadas.

Un acuerdo que no rebaje el déficit no será un acuerdo: será un aplazamiento con mejor prensa.

Mil millones al día: los tres frentes que Bruselas quiere cerrar

En el centro de todo está el déficit comercial: 1.000 millones de euros al día, unos 365.000 millones al año, una cifra que se acumula hasta niveles que ninguna capital europea considera sostenibles. Para reducirla solo hay tres vías —importar menos, exportar más o una mezcla de ambas— y Šefčovič quiere volver de Pekín con una ‘prueba de concepto’ (proof of concept) que ataque tres frentes: los picos súbitos de exportaciones chinas en sectores industriales clave, fórmulas tangibles para aumentar las ventas europeas en China y claridad a largo plazo sobre las restricciones chinas a las materias primas, con las tierras raras en el punto de mira.

Las consultas bilaterales se reparten en cuatro flujos de trabajo —equilibrio comercial e inversión, controles de exportación, propiedad intelectual y reforma de la Organización Mundial del Comercio—, un formato que Bruselas diseñó para no negociar en bloque y poder avanzar por partes. Una persona conocedora de las conversaciones, que pidió el anonimato por la sensibilidad del asunto, asegura que la Comisión busca un arreglo mixto: acuerdos bilaterales en determinadas categorías de producto y restricciones unilaterales en otras.

Šefčovič comercio

España tiene mucho que perder en esa partida. Es el primer exportador de porcino de la Unión Europea y ya sabe lo que es estar en el punto de mira: en 2024, Pekín abrió una investigación antidumping contra la carne de cerdo comunitaria que golpeó de lleno a las empresas españolas, mientras los aranceles provisionales al brandy castigaban al coñac francés. El vino, el aceite, la maquinaria y las plantas de automoción completan la lista de sectores expuestos a una represalia selectiva. La Moncloa ha defendido hasta ahora una línea de prudencia —coincidente con Berlín— para no alimentar una guerra comercial que se cobraría la factura en el campo y en la industria. Eso sí, con la oposición recordando cada cierre de planta.

El Eje del Poder Europeo

París y Berlín han pasado de la cautela al rearme normativo. El presidente francés, Emmanuel Macron, criticó esta semana los subsidios chinos y reclamó más salvaguardias para la industria europea, y ambos gobiernos preparan un documento de posición —aún sin publicar— que pedirá reforzar las defensas comerciales del bloque. Pekín ha movido ficha antes de leerlo: el Ministerio de Comercio chino ha avisado de que responderá con ‘acción firme’ a cualquier medida que restrinja la entrada de sus productos en el mercado único.

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La geometría interna es la de siempre, con matices nuevos. El eje franco-alemán empuja las salvaguardias, aunque con intereses distintos: Francia protege su automoción y su agricultura; Alemania teme por sus exportaciones de maquinaria y por sus plantas en territorio chino. Los frugales del norte —Países Bajos, Dinamarca, Suecia, y Finlandia— miran más al libre comercio que a la confrontación. El sur, con España e Italia a la cabeza, es el más vulnerable a la represalia agroalimentaria y por eso frena cualquier escalada que no venga acompañada de compensaciones. Visegrado, con Hungría a la cabeza, mantiene su sintonía habitual con Pekín.

Los cuatro flujos de trabajo no son un detalle técnico: son la constatación de que Bruselas renunció a un gran acuerdo único con China. Lo que se negocia ahora es un mosaico de pactos parciales por producto, con restricciones unilaterales donde no haya acuerdo. Nos recuerda al giro de 2018, cuando la UE respondió a los aranceles de la Administración Trump con listas selectivas de productos: la diferencia es que entonces Europa defendía un orden comercial abierto y ahora discute cómo cerrarlo por partes.

El riesgo inmediato es de calendario. Si el 8 de octubre no sale de Pekín una prueba de concepto presentable, la cumbre del 15 y 16 de octubre se convertirá en un consejo de guerra sobre el instrumento anti-coerción y sobre el documento franco-alemán. España se juega en esa ventana algo más que una ronda negociadora: se juega el margen para decidir si la próxima represalia china llega a un camión de porcino extremeño o a una planta de componentes de Zaragoza.