El adelanto electoral es una prerrogativa del presidente del Gobierno. El artículo 115 de la Constitución le faculta para disolver las Cortes Generales antes del final de la legislatura siempre que lo acuerde tras deliberar en el Consejo de Ministros y bajo su exclusiva responsabilidad, y que no haya una moción de censura en trámite. Las elecciones deben celebrarse entre 30 y 60 días después de la convocatoria. Desde 1978 la herramienta se ha usado en ocho ocasiones, la primera hace más de cuatro décadas.
El criterio de esta selección es estricto: solo figuran las disoluciones anticipadas decididas por el Ejecutivo en ejercicio, no las elecciones repetidas que han llegado tras investiduras fallidas, como las de junio de 2016 y noviembre de 2019. Siete de los ocho adelantos llevan la firma de un presidente socialista —cuatro de Felipe González, uno de Zapatero y dos de Sánchez—; el octavo fue de Leopoldo Calvo-Sotelo, de UCD, en 1982. Ningún presidente del PP ha recurrido a ella.
4De junio de 1993: el adelanto más arriesgado de Felipe González
El 12 de abril de 1993, Felipe González compareció en La Moncloa para anunciar la disolución anticipada de las Cortes y la convocatoria de elecciones generales para el 6 de junio. Lo hacía unos cinco meses antes de la fecha prevista, el 28 de noviembre, y después de haber defendido durante más de un año lo contrario: en febrero de ese mismo año aún insistía en público, ante los empresarios, en la conveniencia de agotar la legislatura. El argumento oficial fue la «crispación» del debate político, que a su juicio impedía abordar con sosiego una política económica en plena recesión, con tres millones de parados y el PIB en caída. La oposición, y buena parte de la prensa, señalaron otros motivos menos confesables: el caso Filesa de financiación irregular del PSOE, la guerra interna entre guerristas y renovadores y el avance del PP de José María Aznar en las encuestas.
El riesgo era enorme y así lo entendieron propios y extraños: González se jugaba el poder en el peor momento económico y con su partido en el centro de todos los ataques. La campaña, la más intensa en una década, tuvo un hito inédito en la democracia española: los dos debates televisados entre González y Aznar, el primero celebrado el 24 de mayo. La participación se disparó al 77,13 %, frente al 69,9 % de 1989. El PSOE volvió a ganar, con unos 9,15 millones de votos (38,78 %) y 159 escaños, pero perdió la mayoría absoluta tras once años de hegemonía y 16 diputados, mientras el PP subía 34 escaños hasta los 141. Lejos del triunfo holgado que buscaba, González dependió de CiU y el PNV y fue investido por cuarta y última vez el 9 de julio, ya al frente de un Gobierno en minoría: el adelanto le salvó en el corto plazo, pero certificó el fin de la era socialista.

