La trampa de las etiquetas «sin azúcar añadido» en los zumos de supermercado descubierta por nutricionistas

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Cómo leer la etiqueta en 30 segundos y no caer en el reclamo

En 30 segundos se desmonta casi cualquier reclamo si se empieza por detrás y no por la cara del envase. El primer vistazo va a la tabla de información nutricional: en zumos y bebidas importa el azúcar por cada 100 ml, no por ración. Como referencia rápida, en líquidos se considera alto a partir de 8 g/100 ml, moderado entre 2,5 y 8 g y bajo por debajo de 2,5 g; solo por debajo de 0,5 g/100 ml se puede usar legalmente la mención «sin azúcares». Un zumo de fruta al 100% ronda de media entre 5 y 13 g/100 ml, de modo que un vaso de 250 ml puede acercarse o superar los 25 g de azúcares libres que la OMS fija como tope diario preferente (menos del 5% de la energía en adultos). La tabla suma azúcares totales: el reclamo no reduce ese número.

El segundo paso, el que de verdad desmonta la trampa, es recorrer la lista de ingredientes buscando endulzantes camuflados: concentrado de fruta, puré, dátil, jarabe de arroz, sirope de agave, miel, azúcar invertido, dextrosa o extracto de malta. Cuando aparecen, hay azúcares libres aunque el frontal presuma de «sin azúcar añadido», porque la normativa lo tolera si el dulzor procede de la propia fruta y no de un azúcar añadido como tal. Pista útil: si el envase luce ese reclamo, debe figurar en algún punto la frase «contiene azúcares naturalmente presentes», confirmación de que el producto sí lleva azúcar. En un zumo, además, se absorbe sin la fibra de la fruta entera, con el pico de glucosa e insulina asociado. La OMS recomienda bajar los azúcares libres del 10% de la energía diaria y, si es posible, del 5%, y la EFSA sostiene que no existe un nivel de consumo seguro. Comparar dos envases por su cifra de azúcar por 100 ml lleva menos tiempo que leer el reclamo grande.