Disolución de CDC: Mas, Turull y Trias la cuestionan 10 años después

Artur Mas, Jordi Turull y Xavier Trias cuestionan, diez años después, la necesidad de disolver Convergència. Los tres identifican en Junts la herencia del 'espíritu convergente', aunque advierten que el partido aún no ha logrado reagruparlo por completo.

Una década después del cierre de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), tres de sus principales dirigentes han coincidido en en poner en duda la necesidad de aquella disolución. Artur Mas, Jordi Turull y Xavier Trias, todos con peso en Junts, lo han hecho en entrevistas a la ACN, en un momento en que la formación de Carles Puigdemont se debate entre la herencia convergente y el giro soberanista.

El décimo aniversario de la liquidación de CDC reabre una herida que el independentismo había dado por cicatrizada. Pero las reflexiones de estos tres veteranos exponen fisuras que van más allá de la nostalgia: tocan la línea de fractura entre el espacio de centro-derecha que supo ocupar Convergència y la Junts de hoy, que no termina de cuajar entre el electorado moderado.

Turull y Trias: la disolución fue un error forzado por las circunstancias

El secretario general de Junts, Jordi Turull, ha sido el más contundente. Asegura que nunca compartió la decisión de cerrar CDC, que describe como una “decisión estructural tomada por circunstancias coyunturales”. En su relato, dos factores precipitaron la debacle: los recortes de la Generalitat durante la crisis económica —“no se explicaron como se debería haber hecho”, se lamenta— y el acoso de lo que él llama las cloacas del Estado, combinado con los casos de corrupción que salpicaban a la formación. “Afectaron profundamente al alma social del partido”, ha declarado. Para Turull, la posterior creación del PDeCAT fue un capítulo “tortuoso” y lleno de “defectos de fábrica”.

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Xavier Trias, por su parte, emplea un tono más coloquial pero igual de crítico. “Nos metimos en un lío”, concede, y se pregunta por qué CDC tuvo que desaparecer cuando otros partidos han superado escándalos sin bajarse del tablero. La pérdida de los cuadros pujolistas, reconoce, generó un vacío que aún se nota: “Había mucha gente que quedó disgustada porque era pujolista y quedamos en una situación de cierta orfandad”.

Las palabras de Turull y Trias resuenan con fuerza porque ambos personifican los dos polos en tensión de Junts. Turull encarna el ala más próxima a Puigdemont, volcada en la confrontación institucional; Trias, el municipalismo pragmático que en su momento dio a CDC la alcaldía de Barcelona. Que los dos critiquen la disolución de 2016 revela una ansiedad compartida: a el temor a que la desaparición de CDC haya dejado sin espacio a un independentismo de centro amplio, capaz de disputar al PSC el electorado del área metropolitana.

Diez años después, las dudas sobre la disolución de CDC no solo reabren una vieja herida; también exponen la dificultad de Junts para aglutinar un espectro ideológico que antaño iba desde el centro liberal hasta el soberanismo más rupturista.

Mas admite que “quizás nos lo podríamos haber ahorrado”

Artur Mas aborda la cuestión desde una perspectiva más estratégica. El expresident sitúa el acta de defunción de CDC en la confesión de Jordi Pujol sobre el dinero no declarado en Andorra, que califica de “inundación de agua fría”. Según Mas, el reto era preservar el legado convergente en un nuevo proyecto que transitara del autonomismo al soberanismo. “No era la tradición de CDC”, puntualiza. Sin embargo, pasado el tiempo, se permite la duda: “Quizás nos lo podríamos haber ahorrado. No lo sabremos nunca del todo”.

Mas apunta además a una debilidad que va más allá de la nostalgia. Afirma que Junts, pese a ser el heredero natural de aquel espacio, “todavía no ha llegado al 100%”, porque “no todo el mundo que se sentía convergente hoy está en Junts”. El diagnóstico es incómodo: el partido que dirige Carles Puigdemont no ha conseguido reunir a todos los huérfanos de CDC, y ese déficit, en un sistema electoral donde el reparto de escaños es milimétrico, puede costar la hegemonía soberanista.

La lección de CDC para el independentismo de 2026

La efeméride de estos diez años sin Convergència llega en un momento en que el independentismo catalán busca redefinir su estrategia. Frente a una ERC que ha optado por la vía pragmática, Junts se debate entre mantener el pulso épico o recuperar la centralidad que CDC tuvo en la política catalana. Las reflexiones de Mas, Turull y Trias son, en el fondo, un intento de recordar que el nacionalismo catalán gobernó durante décadas desde la moderación, no desde la radicalidad.

La paradoja es que CDC se disolvió precisamente para limpiar su imagen y distanciarse de un independentismo incipiente. Diez años después, su heredero depende casi enteramente del relato del ‘procés’ y no ha logrado ensanchar su base hacia un votante que se siente catalanista pero no necesariamente independentista. Las palabras de Trias sobre la “orfandad” pujolista reflejan un vacío que ni las sucesivas refundaciones ni el liderazgo de Puigdemont han conseguido llenar.

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Mientras tanto, Junts afronta las próximas citas electorales con la presión añadida de demostrar que puede ser algo más que un partido de resistencia. La revisión autocrítica de sus mayores no provocará una crisis inmediata, pero sí alimenta el debate interno sobre qué modelo necesita el soberanismo para volver a ser hegemónico. Porque si algo enseñó CDC, fue que gobernar Cataluña exigía mucho más que una bandera.