Benito Pérez Galdós: el cronista de la España del XIX que noveló la historia
El olor a tinta fresca impregnaba el taller de la calle del Prado aquella tarde de primavera de 1870. Sobre la mesa, las galeradas de La Fontana de Oro, la primera novela de un joven canario que había llegado a la corte con la ambición de ser escritor. Benito Pérez Galdós apenas levantaba la vista del papel. Madrid, a las puertas de la Revolución Gloriosa, era un hervidero de ideas y el muchacho de Las Palmas, que había llegado ocho años antes para estudiar leyes, ya intuía que su oficio no sería el foro sino la letra impresa.
Aquella primera novela histórica, ambientada en el Trienio Liberal, fue la semilla de una obra titánica. Pero el verdadero Galdós nacería unos años más tarde, cuando decidió que su destino era contar la historia de España a golpe de ficción.
Capítulo I: El joven canario llega a la corte
Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843, hijo de un militar y una mujer de profundas convicciones religiosas. El muchacho creció entre libros y una paz provinciana que abandonó en 1862, con diecinueve años, para instalarse en Madrid. Se matriculó en la Universidad Central, pero las aulas le interesaron menos que los salones del Ateneo, las tertulias de café y las redacciones de los periódicos.
Pronto empezó a publicar crónicas parlamentarias y críticas teatrales en La Nación y El Debate, donde demostró una pluma ágil y un ojo clínico para la política. En aquellos años de conspiraciones, pronunciamientos y efervescencia republicana, el joven Galdós amasó una experiencia directa del paisaje humano que poblaría sus novelas.
Capítulo II: El primer novelista de la revolución
La Revolución de 1868 y el destronamiento de Isabel II abrieron una ventana de esperanza liberal que Galdós retrató, años después, en La Fontana de Oro. La obra se publicó en 1870 con notable éxito, pero fue su siguiente proyecto el que cambió la literatura española. Durante un verano en Santander, en 1872, escuchó las historias de un viejo marino retirado que había combatido en la batalla de Trafalgar. Aquellos relatos orales despertaron en él una idea: recrear el siglo XIX español a través de los ojos de personajes ficticios que convivieran con los grandes protagonistas de la historia.
Así nacieron los Episodios Nacionales.

Capítulo III: Los Episodios Nacionales: coser la historia con hilo de ficción
El primer volumen, Trafalgar, salió de la imprenta en 1873. Lo firmó con un estilo directo, casi periodístico, que situaba al lector en la cubierta del Santísima Trinidad. Le seguirían cuarenta y cinco entregas más, repartidas en cinco series que cubrían desde la guerra de la Independencia hasta la Restauración canovista. En total, casi medio siglo de peripecia nacional narrada con el pulso de un novelista que dominaba tanto el diálogo callejero como la intriga palaciega.
Galdós explicó su método en el prólogo a la edición ilustrada de 1885:
«En los Episodios Nacionales, la verdad histórica va unida a la ficción poética, y la una sirve de pedestal a la otra.»
Ese equilibrio entre documento y creatividad convirtió la colección en un éxito popular sin precedentes. Las tiradas se agotaban en semanas y los libreros disputaban los ejemplares. España se leía a sí misma en las andanzas de Gabriel de Araceli, Salvador Monsalud y tantos otros alter egos que el autor canario manejaba como peones sobre el tablero de la historia.
Capítulo IV: El autor de Fortunata y Jacinta: la vida madrileña en el lienzo
Paralelamente a los Episodios, Galdós construyó un universo novelesco propio, anclado en el Madrid de la Restauración. En 1887 publicó Fortunata y Jacinta, considerada su obra maestra. En ella, el narrador despliega un fresco minucioso de la sociedad madrileña: desde los barrios bajos de la calle de Toledo hasta los salones de la plaza de Oriente, con un dominio del habla popular que aún sorprende a los lingüistas.
Le siguieron otras cumbres como Miau, Misericordia y La de Bringas, donde la mirada del autor se vuelve más amarga y compasiva. Galdós nunca moraliza, pero sus personajes —la criada Benina, el cesante Villaamil, la ingenua Fortunata— están dibujados con una comprensión casi chejoviana de la fragilidad humana.

Capítulo V: El último Galdós: entre el teatro y el olvido
A partir de 1900, la vista le empezó a fallar. Aun así, continuó escribiendo, ahora a través del dictado, y se volcó en el teatro. Obras como Electra (1901) desataron polémicas fieras por su defensa de la libertad de conciencia frente al clericalismo. Fue diputado en Cortes por el Partido Republicano, pero su voz más poderosa siguió siendo la de la pluma.
En 1912 se quedó ciego. Los últimos años los pasó en su casa de la calle Hilarión Eslava, en el barrio de Argüelles, rodeado de amigos y de discípulos que acudían a escuchar sus recuerdos. Falleció el 4 de enero de 1920. Madrid se echó a la calle para despedirlo como a un héroe popular.

Galdós deja un legado incontestable: más de ochenta novelas, veinticinco obras de teatro y la certificación de que la literatura puede ser el espejo más fiel de una nación. Hoy, cuando alguien abre uno de sus Episodios Nacionales, sigue oliendo la pólvora de Trafalgar y el barro de las calles del Madrid castizo.

