Así utiliza Marruecos la presión migratoria sobre Ceuta para ganar influencia frente a España

La crisis migratoria de Ceuta ha vuelto a colocar a Marruecos en el centro de una cuestión que trasciende el control fronterizo. Más allá de la dimensión humanitaria y de la enorme presión que la llegada masiva de migrantes ha ejercido sobre la ciudad autónoma, el episodio revela el valor geopolítico que tiene para Rabat la frontera con España y, especialmente, la capacidad de Marruecos para convertir la gestión migratoria en un instrumento de influencia.

Conviene precisar que no existe una prueba pública concluyente que permita atribuir al Gobierno marroquí la organización de la entrada masiva. El Ejecutivo de Pedro Sánchez ha rechazado hasta ahora esa acusación, mientras que Rabat también ha negado haber actuado deliberadamente. Sin embargo, la propia crisis ha demostrado hasta qué punto Marruecos ocupa una posición estratégica frente a España y la Unión Europea.

Migrantes en la playa del Trampolín, en Ceuta. EP
Migrantes en la playa del Trampolín, en Ceuta. EP

La frontera de Ceuta como instrumento de presión

Para Marruecos, Ceuta y Melilla constituyen mucho más que dos fronteras terrestres con España. Rabat mantiene históricamente una reivindicación sobre ambos territorios y considera que su situación debe ser objeto de diálogo con Madrid. La crisis migratoria ha vuelto a demostrar que cualquier alteración de la presión fronteriza tiene consecuencias inmediatas en España.

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El elemento fundamental es la asimetría de costes. Una presión migratoria extraordinaria sobre Ceuta no tiene las mismas consecuencias para Marruecos que para España. La ciudad autónoma, por su reducida superficie y sus limitaciones de capacidad, puede verse desbordada rápidamente. España, en cambio, debe movilizar Policía, Guardia Civil, servicios sanitarios, Ejército, administraciones autonómicas y recursos económicos para gestionar una emergencia de estas características.

El episodio de finales de julio, con decenas de miles de personas llegando a Ceuta, llevó esta realidad al extremo. España ha solicitado posteriormente apoyo europeo mediante Frontex y otras agencias comunitarias para gestionar la situación y acelerar los procedimientos de identificación, retorno y tramitación de solicitudes de protección.

La consecuencia geopolítica es evidente: Marruecos sabe que la estabilidad de la frontera sur de España depende en buena medida de la cooperación marroquí. Y esa dependencia proporciona a Rabat una capacidad de negociación que va mucho más allá de la inmigración.

Rabat aumenta su valor ante España y Bruselas

La segunda utilidad geopolítica de la crisis tiene una dimensión europea. Marruecos ha conseguido durante los últimos años convertirse en un socio imprescindible para la Unión Europea en materia migratoria. Bruselas mantiene su consideración de Rabat como socio estratégico y continúa financiando programas de cooperación relacionados con la lucha contra la inmigración irregular y las redes de tráfico de personas. Para el periodo 2025-2027 está previsto un apoyo europeo de 160 millones de euros en este ámbito.

Esto genera una paradoja especialmente relevante para España. Cuanto mayor es la percepción de que Marruecos resulta necesario para contener los flujos migratorios, mayor es también el poder de negociación de Rabat.

La crisis de Ceuta puede reforzar precisamente esa posición. España necesita que Marruecos controle su lado de la frontera, coopere en los retornos y dificulte nuevas concentraciones de personas dispuestas a cruzar. La Unión Europea, por su parte, necesita que el país norteafricano contribuya a contener las rutas migratorias hacia territorio comunitario.

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Rabat puede así presentarse simultáneamente como parte del problema y parte imprescindible de la solución, aunque atribuirle directamente la organización de una operación concreta requiera pruebas que, públicamente, no han sido establecidas.

Esta posición proporciona a Marruecos una herramienta diplomática de considerable valor: la posibilidad de recordar a Madrid y Bruselas que la estabilidad migratoria del Mediterráneo occidental depende de su colaboración.

Ceuta también sirve para medir la respuesta española

Existe además una tercera dimensión: la crisis permite a Marruecos observar las capacidades políticas, policiales y diplomáticas de España.

Una crisis fronteriza de grandes proporciones obliga al Gobierno español a decidir rápidamente cómo despliega sus fuerzas de seguridad, cómo coordina a las administraciones, qué información comparte con sus aliados y hasta dónde está dispuesto a elevar la tensión diplomática con Rabat.

La cuestión resulta especialmente delicada porque la relación entre ambos países es mucho más amplia que la inmigración. España necesita cooperación marroquí en seguridad, lucha contra el terrorismo, control de fronteras y relaciones económicas. Marruecos, a su vez, necesita mantener una relación estable con uno de sus principales socios europeos.

Por eso la reacción española adquiere importancia geopolítica. Una respuesta excesivamente contundente podría deteriorar la cooperación bilateral; una respuesta demasiado débil podría ser interpretada como una señal de vulnerabilidad.

Los servicios de inteligencia españoles han advertido precisamente de la posibilidad de nuevas actuaciones dentro de la denominada zona gris, donde la presión se ejerce sin alcanzar un conflicto militar abierto. Entre las herramientas contempladas en ese escenario aparecen los flujos migratorios, la desinformación, los ciberataques o distintas formas de presión indirecta.

La importancia de Ceuta reside, por tanto, en que una crisis migratoria puede convertirse en una crisis de seguridad nacional sin necesidad de que exista un enfrentamiento armado.

Inmigrantes en el exterior del CETI de Ceuta. EP
Inmigrantes en el exterior del CETI de Ceuta. EP

El verdadero objetivo: reforzar la posición de Marruecos

La utilidad geopolítica más importante para Marruecos no estaría necesariamente en provocar una crisis concreta, sino en demostrar que Rabat dispone de capacidad para influir sobre uno de los puntos más sensibles de la relación con España.

La frontera de Ceuta es, en este sentido, una pieza dentro de un tablero mucho mayor. Marruecos persigue desde hace años una política exterior cada vez más activa y ambiciosa, tanto en África como ante Europa. El reconocimiento de su importancia estratégica por parte de Bruselas refuerza esa posición.

La crisis también ha demostrado el elevado coste que puede tener para España cualquier deterioro de la relación bilateral. Mientras la política española debate cómo responder, Bruselas insiste en mantener a Marruecos como socio estratégico en materia migratoria, una señal que reduce el margen de maniobra de Madrid para adoptar medidas de presión unilaterales.

Y ahí reside la principal ventaja para Rabat: no necesita necesariamente romper la cooperación para obtener influencia; basta con que España y Europa sean conscientes de cuánto dependen de ella.

Ceuta vuelve a aparecer así como algo más que una frontera. Es un punto donde convergen soberanía, inmigración, seguridad, economía y diplomacia. Para Marruecos, esa intersección ofrece una herramienta de presión extraordinariamente poderosa. Para España, representa una vulnerabilidad estratégica que difícilmente puede resolverse únicamente con más policías o más vallas.

La gran incógnita ahora es si Madrid y Bruselas extraerán una conclusión distinta de la crisis: que la cooperación con Marruecos sigue siendo necesaria, pero que la dependencia de un tercer país para proteger una frontera europea también constituye, por sí misma, un riesgo geopolítico.