Hay días en que abres el móvil y te saluda un anciano entrañable asegurando que el aceite de coco cura la artritis. Otro tanto con una yogui mística que demoniza el gluten sin matices. La tentación de compartir es grande —y la de creer, mayor—, pero ¿cuántas veces nos hemos tragado un bulo con la misma credulidad con que seguimos una receta al pie de la letra?
Miguel Ángel Lurueña, tecnólogo de alimentos y autor de Gominolas de petróleo, lo define sin rodeos: «Estamos ante una producción de bulos a escala industrial». No es solo el entrañable Paco del Campo, ese anciano hiperrealista que arrasa en redes sin existir. Son decenas de perfiles generados por inteligencia artificial que adaptan su imagen —monjes, entrenadores, mormones— para colar mensajes supuestamente nutricionales que, en realidad, buscan difamar a empresas, confundir sobre la salud pública o erosionar la confianza en las administraciones.
Detectar a estos impostores ya no es tan sencillo como antes. «Nuestros ojos no bastan —insiste Lurueña—, hay que afinar el sentido crítico y comprobar si lo que nos cuentan tiene una fuente fiable». La buena noticia es que existe un método, casi una receta, para no caer en sus redes.
La mayoría de estos bulos tiene un patrón reconocible: un rostro amable, una frase lapidaria y un vídeo corto que apela más a la emoción que a la razón. Y lo más peligroso es que los grupos de población más vulnerables, los que quizá no contrastan porque el formato les resulta familiar, son los que más expuestos están a modificar sus hábitos alimentarios a peor.
El secreto del éxito
- 1. Verifica quien está detrás: Un autor real deja un rastro profesional visible. Si el perfil es anónimo o tiene una biografía genérica, sospecha.
- 2. Busca la fuente original: Toda afirmación nutricional sólida cita un estudio, una institución o un divulgador reconocido. Si solo ves un vídeo aislado con un rostro generado por IA, desconfía.
- 3. No alimentes al algoritmo: Interactuar —aunque sea con sorna— multiplica las visualizaciones y hace que la mentira llegue a más gente. El único antídoto es el silencio digital.
Estos tres pasos, avalados por la experiencia de Lurueña, funcionan como el armazón de cualquier plato bien hecho: sin ellos, el resultado se desmorona.
No se trata de tener un doctorado en cada disciplina, sino de aplicar a lo que vemos el mismo rigor que pondríamos al elegir los ingredientes de nuestra cesta de la compra.
Aplicar el método es sencillo. Cuando te cruces con uno de esos vídeos, párate un instante y hazte estas preguntas:
• ¿Apela a mi miedo o a mi deseo de una solución milagrosa? Si la respuesta es sí, probablemente sea un bulo.
• ¿Puedo encontrar la misma afirmación en la web de la AESAN, en un estudio con DOI o en la cuenta de un dietista-nutricionista colegiado? Si no, poca garantía tienes.
• ¿El supuesto experto tiene un nombre y apellidos que puedo buscar en LinkedIn o en colegios profesionales? Muchos avatares de IA son creíbles, pero nunca dejan huella.
El método paso a paso
El tecnólogo alimentario plantea una suerte de «receta de verificación» que conviene memorizar. A mí me ha ahorrado más de un sofocón en el supermercado. Toma nota:
1. Observa al mensajero: Fíjate en si el vídeo presenta una sola persona, con movimientos muy fluidos pero un parpadeo extraño o una sincronización labial imperfecta. Son pistas de IA.
2. Rastrea la verdad: Teclea la afirmación principal en Google añadiendo «pubmed» o «AESAN». Si el buscador solo te devuelve contenidos del mismo perfil o de páginas que replican idéntico texto, salta la alerta.
3. Decide con cabeza: No compartas ni comentes. Avisa a tu círculo cercano —por privado— si ves que alguien ha caído; así cortas la cadena de transmisión sin darle más alas al bulo.
Variaciones y maridaje
Este método sirve lo mismo para bulos sobre superalimentos que para mitos sobre aditivos peligrosos. En redes sociales, el disfraz cambia, pero la mecánica es idéntica. Y si tienes prisa, quédate con la regla de oro de Lurueña: «Si una afirmación sobre nutrición te parece demasiado buena —o demasiado alarmista— para ser cierta, casi nunca lo es».
En cuanto a fuentes fiables que mariden con tu espíritu crítico, nada mejor que un paseo por los informes de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición o por las cuentas de divulgadores con titulación acreditada. Invertir un minuto en esa comprobación es el equivalente culinario a leer la etiqueta antes de comprar: un gesto pequeño que marca la diferencia entre una alimentación consciente y una intoxicación informativa.
