Islandia vota en referéndum si reanuda las negociaciones de adhesión a la UE: el sí lidera los sondeos

La consulta reactiva un proceso congelado desde 2015 y vuelve a enfrentar a la isla del Atlántico Norte con los recelos sobre la soberanía y la pesca. El resultado, de confirmarse el sí, abriría una larga negociación en la que España seguirá de cerca el capítulo pesquero.

Islandia vota este sábado en referéndum si reanuda las negociaciones de adhesión a la Unión Europea. El resultado se presenta muy reñido: en los últimos sondeos el ‘sí’ y el ‘no’ se mueven en una horquilla inferior a tres puntos y la diferencia es mínima. La consulta reactiva un debate congelado desde 2015 y obliga a Bruselas a mirar de nuevo hacia el Atlántico Norte.

Una división casi exacta en un país que ya vive dentro del mercado único

En Islandia apenas viven 400.000 personas, pero su decisión trasciende al conjunto de la Unión: el país ya participa en el mercado interior desde 1994 a través del Espacio Económico Europeo (el club que comparte normas con la UE sin formar parte de sus instituciones), forma parte del espacio Schengen desde 2001 y recibe fondos del Erasmus. La paradoja es conocida: Islandia aplica buena parte del acervo comunitario sin tener voz en el Consejo ni escaños en la Eurocámara.

Las encuestas publicadas esta semana muestran una sociedad partida en dos mitades casi simétricas. El sondeo de Gallup difundido el jueves por la radiotelevisión pública RÚV otorga un 51,6% al ‘no’ y un 48,4% al ‘sí’. Un día antes, el instituto Maskina vaticinaba un 51,3% a favor de reabrir las conversaciones y un 48,7% en contra. Nadie puede descartar ninguno de los escenarios.

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Este referéndum busca obtener una respuesta definitiva a una pregunta que ha permanecido sin respuesta durante décadas; hemos sido miembros del Espacio Económico Europeo (EEE) durante 30 años, y todo ha ido bien, pero nuestra moneda es muy inestable’, argumenta Dagbjört Hákonardóttir, diputada de Alianza Socialdemócrata, el principal partido del Gobierno de coalición tripartita que impulsa la consulta.

Los partidarios de votar ‘sí’ esgrimen argumentos de economía, y estabilidad: una inflación más suave, precios alimentarios menos exorbitantes y un salto de competitividad. En el campo del ‘no’ el temor se concentra en la pérdida de soberanía y en el control de los recursos naturales. La pesca, motor económico y emoción nacional, es la línea roja que ningún Gobierno islandés se atreverá a cruzar sin excepciones.

La negociación que Islandia podría desbloquear no es nueva. Reikiavik pidió el ingreso en 2009, sacudida por la crisis financiera, pero el Ejecutivo conservador surgido en 2013 congeló las conversaciones hasta su ruptura en 2015. El viento ha cambiado de dirección en el proceso de adhesión de Islandia a la Unión Europea.

No se vota una adhesión inmediata: se decide si Islandia recupera voz sobre las normas que ya cumple desde hace tres décadas.

La pesca, la soberanía y el recuerdo de la ‘guerra del fletán’

Gudlaugur Thór Thórdarson, diputado del Partido de la Independencia, carga contra la falta de memoria política: ‘Es realmente preocupante la grave pérdida de memoria que se está registrando en Islandia; todos los expertos en Unión Europea y los políticos pro UE ahora no tienen ni idea de qué es la UE’. Su advertencia conecta con el nervio soberanista de una isla independiente solo desde 1944.

Tras siglos de colonización noruega y danesa, Islandia formalizó su autogobierno en 1904 y se independizó de Dinamarca en 1944. La pertenencia a la UE se lee en muchos hogares como una renuncia a una autonomía reciente. Las divisiones internas repiten un patrón sociológico: los votantes jóvenes y los urbanitas de Reikiavik son más favorables al ‘sí’; las comunidades pesqueras rurales, mucho más reacias.

La dimensión de seguridad aparece con perfil bajo en la campaña. Islandia es miembro fundador de la OTAN desde 1949 y carece de ejército; un acuerdo bilateral de 1951 con Estados Unidos sostiene su defensa. Las tensiones de Washington con Groenlandia —territorio danés cercano— apenas han entrado en el debate, consciente de que todos los partidos prefieren no incomodar a la Casa Blanca.

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La pregunta del referéndum evita el sí o no directo a la adhesión: ‘¿Debería Islandia reanudar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea?’. Se trata de una salida gradual pensada para seducir a los escépticos con una garantía: abrir conversaciones no equivale a entrar en la UE. Pero en la práctica, un ‘sí’ devolvería a Islandia al escenario negociador que abandonó en 2015.

Para la flota pesquera española, la hipotética adhesión islandesa reabre viejos recelos. Islandia fue el adversario en la llamada ‘guerra del fletán’: entre 1995 y 1997, las cañoneras islandesas y los pesqueros españoles protagonizaron choques en el Atlántico Norte por los caladeros. Bruselas no aceptará una adhesión sin equilibrar el reparto de las cuotas pesqueras, y esa conversación no será indolora.

ampliación Unión Europea

El Eje del Poder Europeo

En Bruselas, Islandia no enfrenta a los bloques tradicionales de la UE con la misma virulencia que las ampliaciones hacia el Este o los Balcanes. Para Berlín y París, la adhesión de un país rico, democrático y alineado con la OTAN sería una victoria estratégica de bajo coste: no exigiría la transferencia de cohesion funds ni largos periodos de transición. Los llamados países frugales del norte —Países Bajos, Austria, Dinamarca— verían con buenos ojos a un socio fiscalmente disciplinado y sin déficits estructurales de la UE.

Para España, el expediente islandés es un espejo incómodo. En la industria pesquera europea, la entrada de Islandia alteraría el equilibrio de poder del Consejo: la isla reclamaría una cuota mayor de la que le corresponde por población, y las empresas armadoras de Galicia o del País Vasco exigirán a Moncloa firmeza en la negociación. El precedente de la ‘guerra del fletán’ sigue en la memoria política y corporativa.

A cinco años vista, un ‘sí’ no convierte a Islandia en Estado miembro. Significa, únicamente, que Reikiavik regresa a una negociación que puede durar un lustro. La experiencia del EEE demuestra que la integración sin voto es incómoda, pero también que Islandia ya conoce las reglas del juego. El riesgo para el bloque comunitario no es el resultado islandés; es qué señal envía a Noruega, Liechtenstein o Suiza, socios privilegiados que hasta ahora prefieren la integración selectiva a la plena soberanía compartida.

El recuento se conocerá en los próximos días. Si el ‘sí’ se impone, la siguiente cita de alto nivel en Bruselas no será solo para evaluar la ampliación: será la primera prueba de que la Unión aún puede resultar atractiva para un país nórdico que no necesita el dinero de los fondos europeos, pero sí la estabilidad de una moneda anclada.