Argelia ha expulsado al embajador de los Emiratos Árabes Unidos y le ha dado 48 horas para abandonar el país. La ruptura no menciona un incidente único, pero coloca a Argel y Abu Dabi en una pugna abierta por el Magreb, el Sáhara Occidental y el Sahel.
La nota del Ministerio de Exteriores argelino acusó a Abu Dabi de acciones ‘provocadoras y hostiles’ y aseguró que se habían agotado los esfuerzos para preservar la relación. Sin embargo, no precisó qué desencadenó la expulsión. El embajador emiratí fue convocado y se le comunicó el plazo de salida, tal y como recoge la agencia RT en un análisis difundido este fin de semana.
La primera consecuencia práctica fue el cierre del espacio aéreo argelino a las aeronaves civiles y militares de los EAU desde el 11 de septiembre. Se mantiene una excepción temporal para los vuelos comerciales con origen o destino en el aeropuerto Houari Boumediene de Argel, que podrán operar hasta finales de 2026, cuando expire el acuerdo de servicios aéreos firmado en 2013.
La respuesta emiratí fue ambivalente. Anwar Gargash, asesor presidencial, afirmó sin mencionar a Argelia que la diplomacia debería basarse en ‘intereses claros y no en acertijos y señales que exigen ser descifradas’. La frase fue leída en Argel como un gesto de desdén, no de voluntad negociadora.
Sáhara, Libia y el Sahel: un cinturón percibido como cerco
El trasfondo no es bilateral. La apertura por parte de los EAU de un consulado general en El Aaiún en noviembre de 2020, el primero de un país árabe en la zona del Sáhara controlada por Marruecos, fue interpretada como una alineación con Rabat. A eso se sumó la normalización de relaciones con Israel bajo los Acuerdos de Abraham, que amplió la cooperación militar y de inteligencia entre Rabat y Tel Aviv.
Argel no discute un incidente: discute una arquitectura de alianzas que se cerró sobre su frontera.
Las inversiones emiratíes en infraestructuras marroquíes —los puertos de Dajla, en el Sáhara Occidental, y de Nador, en el Mediterráneo— refuerzan la percepción de un cerco económico. Algunas estimaciones de medios locales elevan la inversión de los EAU en Marruecos hasta los 15.000 millones de euros.
En Libia, Abu Dabi ha respaldado tradicionalmente a Khalifa Haftar, cuyas fuerzas controlan el este y buena parte del Fezzan, fronterizo con Argelia. El presidente argelino, Abdelmadjid Tebboune, ya advirtió de que su país actuaría si esas fuerzas se aproximaban a sus fronteras. Al sur, en Malí y Níger, la diplomacia argelina pierde peso mientras los EAU multiplican préstamos y presencia en el Sahel.
La línea roja doméstica la marca la Cabilia. Medios afines al Gobierno argelino han acusado a los EAU de mantener vínculos con el Movimiento para la Autodeterminación de Cabilia (MAK), considerado organización terrorista por Argel. No se ha presentado prueba pública de financiación, pero para la cúpula argelina cualquier injerencia en la cuestión cabilia es inaceptable.
El impacto económico no será crítico. El comercio no petrolero entre ambos países rondaba los 800 millones de dólares y la inversión emiratí en Argelia se estimaba en unos 600 millones, muy lejos de los 15.000 millones comprometidos en Marruecos. La expulsión del embajador y el cierre aéreo son ante todo un mensaje político.
Argelia tampoco se limita a la queja. En febrero de 2026 ya había iniciado el proceso para cancelar el acuerdo aéreo y, tras una crisis con Malí, ambos países restablecieron embajadores y reabrieron el espacio aéreo en el verano de 2026. Al mismo tiempo, Argel ha intensificado su actividad en Níger y no descarta desplegar fuerzas más allá de sus fronteras para proteger sus intereses.
Equilibrio de Poder
La lectura estratégica es más amplia. Argelia no responde únicamente a una injerencia puntual; utiliza la ruptura para marcar una línea roja ante la alianza de facto entre Marruecos, Israel y los EAU. La comparación histórica más precisa no es 2020, sino la Guerra Fría árabe de los años sesenta, cuando potencias regionales competían por el Magreb y el Creciente Fértil mediante aliados interpuestos.
Washington no ha emitido una posición formal, pero la Casa Blanca considera a Marruecos un socio clave en el norte de África. Moscú, por su parte, compite con los EAU por influencia en Libia y el Sahel, aunque no ha entrado en esta disputa. Bruselas sigue la crisis con cautela porque cualquier desestabilización en el Magreb afecta a las rutas energéticas y migratorias hacia la UE.
Para España, el pulso tiene una traducción directa. Argel sigue siendo un proveedor estratégico de gas natural y cualquier escalada magrebí puede tensionar el mercado energético y el control migratorio. Además, la fragmentación del Magreb refuerza a Marruecos como interlocutor prioritario de la política exterior española en la región, lo que no siempre conviene a Moncloa cuando debe equilibrar Ceuta, Melilla y el Sáhara Occidental.
A cinco años, el Magreb se consolida como un tablero de alianzas opuestas: Marruecos-Israel-EAU frente a Argelia, con Libia y el Sahel convertidos en campos de disputa. España puede quedar atrapada si la UE no define una política magrebí coherente. La próxima señal llegará el 31 de diciembre de 2026, cuando el acuerdo aéreo de 2013 expire del todo y se cierre el último corredor formal entre Argel y Abu Dabi.

