EEUU y Dinamarca abren Groenlandia a las tropas EEUU con la base de Mestersvig en el Ártico

El puesto, construido en los años sesenta, tiene barracones para 150 soldados y una pista de 1,8 kilómetros que acumula hasta cinco metros de nieve al año. El acuerdo incluye también Narsarsuaq, en el sur, y busca cerrar la grieta GIUK al paso de la Flota del Norte rusa.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Estados Unidos y Dinamarca han firmado esta semana un acuerdo de defensa que abre el puesto de Mestersvig, en el este de Groenlandia, y el enclave de Narsarsuaq, en el sur, a un posible despliegue militar estadounidense.
  • ¿Quién está detrás? El Pentágono y el Ministerio de Defensa danés. Hoy Mestersvig lo sostienen tres militares daneses, según la información publicada por Defense News.
  • ¿Qué impacto tiene? Washington se sitúa sobre la grieta GIUK, la franja marítima entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido que la Flota del Norte rusa debe cruzar para salir al Atlántico.

El acuerdo de defensa firmado esta semana entre Washington y Copenhague abre Mestersvig a las tropas de EEUU en Groenlandia, a 240 kilómetros del asentamiento habitado más cercano.

El puesto ocupa una pista de grava de 1,8 kilómetros en la costa este de la isla, un punto que hoy sostienen tres militares daneses. Alrededor, nada: el parque nacional que lo rodea es más grande que Alemania y Francia juntas y no alberga un solo habitante permanente. La localidad más próxima ronda los 330 vecinos.

Tres soldados, cinco metros de nieve y una pista que aguanta aviones de transporte militar

En invierno no amanece. La temperatura media se queda en unos 14 grados Fahrenheit, alrededor de diez bajo cero, y la pista puede recibir hasta cinco metros de nieve por temporada. ‘Es tan remoto, tan frío y tan extremo como se puede encontrar en el mundo. Hay que irse a la Antártida para hallar condiciones parecidas’, describe Anders Ibsen, exoficial de la patrulla Sirius, la unidad danesa de trineos de perros que utiliza Mestersvig para reabastecerse.

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La instalación se levantó en los años sesenta y sus barracones tienen capacidad para 150 soldados. Hoy sobran camas por todas partes. El acuerdo habilita también una base en Narsarsuaq, en el sur de la isla, lo que dibujaría una pinza sobre el territorio: Pituffik en el noroeste como única instalación estadounidense permanente, Mestersvig en el este y Narsarsuaq en el sur. Ni el Pentágono ni el Ministerio de Defensa danés han publicado calendario, tamaño del despliegue ni misión. El acuerdo abre la puerta; no dice cuándo se cruza.

La política local se mueve entre el pragmatismo y la desconfianza. El diputado Justus Hansen celebró la operación sin matices: ‘En el este de Groenlandia realmente necesitamos ese dinero nuevo’. A doce millas del puesto, un proyecto respaldado por la Unión Europea busca molibdeno, metal crítico para la industria aeroespacial y de defensa. Y una petrolera tejana planea perforar este invierno en una cuenca sin probar al sur de Mestersvig, todavía sin permiso en la mano. Dinero, al fin y al cabo.

El Ártico ha dejado de ser un decorado para convertirse en infraestructura: quien tenga pista, hangar y generador tendrá la llave del Atlántico norte.

El GIUK, la puerta que la Flota del Norte rusa tiene que cruzar para salir al Atlántico

Entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido se abre la grieta GIUK, el corredor marítimo que conecta el Ártico con el Atlántico norte. Por ahí tiene que pasar la Flota del Norte rusa, con base en Severomorsk, si quiere desplegarse lejos de casa. Durante la Guerra Fría, la OTAN tendió cadenas de hidrófonos en ese tramo —el sistema SOSUS— para cazar submarinos soviéticos. La red decayó tras 1991 y la guerra de Ucrania la ha devuelto al centro del planeamiento aliado.

Para Moscú, cualquier ojo estadounidense fijo en el este de Groenlandia complica la defensa de bastión, la doctrina con la que los rusos protegen a sus submarinos nucleares lanzamisiles en el mar de Barents. No es una amenaza nueva, pero sí una molestia permanente en el flanco por el que respira su disuasión. En la última década, además, el Kremlin ha reforzado su propia infraestructura ártica, con bases como Nagurskoye, aeródromos avanzados, y baterías S-400 desplegadas en el extremo norte. Nada nuevo bajo el hielo.

Bruselas sigue el expediente con atención. Dinamarca es miembro fundador de la Alianza y su soberanía sobre Groenlandia no está en discusión, pero sí lo está el grado de dependencia que genera cualquier infraestructura estadounidense en territorio propio. Nuuk, que gobierna en régimen de autonomía, repite que la isla no es una mercancía en venta; el diputado Hansen, en cambio, ve el dinero nuevo como una bendición para un este de Groenlandia que se vacía. La puerta, de momento, sigue cerrada.

Equilibrio de Poder

Washington juega esta pieza con la lógica transaccional que ha marcado el segundo mandato de Trump: menos tratados grandilocuentes y más acceso físico a lo que importa. Una pista de grava en el Ártico cuesta menos en el presupuesto que un portaaviones y vale mucho más en un escenario de guerra de alta intensidad, donde los activos concentrados son activos muertos. La dispersión, la pista alternativa y el nodo logístico redundante son doctrina pura. Moscú responde con lo de siempre: retórica de cerco y refuerzo silencioso del bastión. Y Bruselas asiste con incomodidad a una ampliación que fortalece a la OTAN y, a la vez, expone cuánto depende Europa del músculo americano para vigilar su propio vecindario.

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Para España hay tres frentes abiertos. El primero, naval: los destructores AEGIS de Rota son la aportación española más visible al control del Atlántico, y cada nueva prioridad aliada en el norte —Ártico, Báltico, flanco este— compite por los mismos buques y las mismas tripulaciones. El segundo, industrial: la UE financia la búsqueda de molibdeno a doce millas de Mestersvig, y España, como el resto de Europa, importa la práctica totalidad de sus metales críticos. El tercero, presupuestario: todo esto se paga del mismo erario con el que Moncloa comprometió el 2% del PIB en 2029 y, después, en la cumbre de La Haya, una senda que apunta al 5% a mediados de la próxima década.

No es la primera vez que Groenlandia se convierte en tablero ajeno. En la Segunda Guerra Mundial, la costa este fue frente de la llamada guerra del clima: Alemania levantó estaciones tripuladas para leer una meteorología que, días después, condicionaba el tiempo sobre el Atlántico norte y Europa; las patrullas danesas de trineos las localizaron y las fuerzas aliadas las expulsaron. Ochenta años más tarde, el recurso en disputa no es el parte meteorológico, sino el dato, el mineral y la pista. El riesgo inmediato no es un choque armado sobre el hielo, sino la normalización de una lógica de bloques sobre territorios con estatus ambiguo y comunidades pequeñas que negocian su futuro con interlocutores a los que no votan.

Queda un detalle que conviene no perder de vista: el acuerdo está firmado, pero no hay un solo avión estadounidense asignado a Mestersvig. Hasta que lo haya, el puesto seguirá siendo lo que ha sido durante sesenta años, un destacamento de tres hombres barriendo nieve en la puerta del Atlántico. El próximo Military Balance del IISS, que se publica en febrero, y la ronda de ministros de Defensa de la OTAN de esas mismas fechas dirán si el expediente se convierte en despliegue.