Crisis en el Mossad de Netanyahu: las agencias contraatacan tras el 7-O y anticipan una purga en la cúpula

Cinco exaltos cargos israelíes confirman que las advertencias de Emiratos y Egipto nunca llegaron al aparato de seguridad. Las filtraciones apuntan a una purga interna contra Netanyahu en el Mossad y el Shin Bet.

La crisis entre el Mossad y Netanyahu ha dejado de ser un rumor de pasillo. Las agencias israelíes han pasado abiertamente a la ofensiva con filtraciones que desmontan la versión oficial del 7-O, y lo han hecho en la semana más frágil del primer ministro desde su regreso al poder.

Le pongo en contexto porque la secuencia cronológica es la clave. El pasado viernes, en cuestión de horas, The New York Times y The Atlantic publicaron sendas investigaciones que sitúan a Netanyahu como el eslabón que decidió no compartir con sus propios jefes de seguridad las advertencias más graves sobre el ataque de Hamás. La coincidencia temporal no es casual. Alguien con acceso a material clasificado ha decidido mover ficha.

La revelación que dinamita la versión del 7-O

El Times apoya su relato en un informe previo del diario israelí Haaretz publicado el pasado 8 de septiembre, que desveló una advertencia secreta del presidente de Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed, a Netanyahu: Hamás preparaba un ataque a gran escala. El diario neoyorquino añade que esa alerta jamás llegó a los responsables del aparato de seguridad israelí, según cinco exaltos cargos consultados.

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Hay un detalle aún más incómodo. Cuando Netanyahu reunió a sus jefes de seguridad el 1 de octubre de 2023 para analizar la situación en Gaza, no mencionó la alerta emiratí. Lo sostienen las actas de la reunión revisadas por el Times. Seis días después, el ataque liderado por Hamás dejó 1.200 muertos y más de 250 secuestrados.

La investigación de The Atlantic añade una capa más al cuadro. El jefe de la inteligencia egipcia, Abbas Kamel, consideró la amenaza tan grave que voló en secreto a Israel el 26 de septiembre de 2023 en un Cessna fletado, y aterrizó en Ben Gurion en una zona reservada para misiones diplomáticas sensibles. Un espía con ese rango no cruza una frontera por rutina.

En Israel nadie filtra así sin un objetivo: lo que hemos visto esta semana no es una revelación periodística aislada, es una maniobra de contrainteligencia interna contra el primer ministro.

Para quien lleva años siguiendo el oficio, la operación tiene firma. No es un tuit anónimo ni un dossier sin pedigrí. Es una secuencia calibrada: primero Haaretz abre el melón con el dato emiratí, después los dos dos medios estadounidenses de referencia rematan con cinco fuentes y actas oficiales. Quien ha trabajado en contrainteligencia sabe que eso se fabrica.

Anatomía de una venganza: cómo filtran las agencias

inteligencia israelí

Reconozco que este patrón me recuerda a las peores guerras internas de la comunidad de inteligencia israelí. En los años noventa, el entonces director del Mossad, Shabtai Shavit, y los jefes del Shin Bet libraron batallas soterradas que acabaron en los tribunales. Nunca, sin embargo, con este nivel de exposición pública.

Aquí hay un mensaje claro.

Las filtraciones no son un accidente. Son el instrumento con el que el Mossad de David Barnea, el Shin Bet de Ronen Bar y la Dirección de Inteligencia Militar (Aman) devuelven el golpe a quien les ha atribuido la responsabilidad única del 7-O. Y lo hacen justo cuando Netanyahu afronta sus procesos judiciales por corrupción y una moción de censura latente en la Knéset.

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Este tipo de maniobra tiene nombre técnico en el oficio: guerra de servicios dentro de la propia estructura estatal. En España tuvimos episodios parecidos —sin este nivel de exposición— durante la etapa de Alberto Saiz al frente del CNI, cuando los enfrentamientos entre el servicio y sectores del Ministerio del Interior derivaron en filtraciones cruzadas. El CNI lo pagó caro durante años en credibilidad internacional.

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El vector de amenaza aquí no es un ciberataque ni un asesinato selectivo. Es una filtración interna de alto nivel: material clasificado exfiltrado por fuentes con acceso directo a actas reservadas del gabinete de seguridad israelí. Las cinco fuentes del Times no son analistas externos, son exaltos cargos que estuvieron en las reuniones o que tuvieron acceso a los protocolos. Quien filtra así lo hace porque tiene cobertura institucional.

Las agencias implicadas son al menos tres. Del lado atacante, el Mossad de David Barnea, el Shin Bet de Ronen Bar y el Aman militar tienen razones objetivas para estar en pie de guerra contra Netanyahu. Del lado defensor, la oficina del primer ministro intenta sostener la narrativa del chivo expiatorio. Y en la tercera fila, Emiratos Árabes Unidos y Egipto observan con incomodidad: sus advertencias quedaron registradas y ahora son prueba pública de que el primer ministro las silenció. Washington, por cierto, tampoco ha movido un dedo para cubrirlo.

Sobre el nivel de clasificación, no tengo dudas. Se trata de material Top Secret con compartimentación need-to-know: actas del gabinete de seguridad, advertencias directas de dos jefes de Estado extranjeros, y una visita encubierta de un director de inteligencia aliado. Es exactamente el tipo de información que en España haría saltar todas las alarmas del CNI.

Y ahí está la conexión que a mí me interesa. El CNI mantiene desde hace años una interlocución estrecha con el Mossad y el Shin Bet, canalizada a través del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO) y la Dirección Adjunta de Inteligencia. Si la cúpula de esas agencias entra en crisis abierta con su primer ministro, la interlocución con Madrid se resiente. Los canales bilaterales funcionan entre servicios, no entre gobiernos. Y cuando un servicio está en guerra interna, la primera víctima es la coordinación con terceros.

Los israelíes no olvidan.

Hay un precedente que ilumina todo esto. En 1973, tras la guerra de Yom Kipur, la comisión Agranat destituyó al jefe del Estado Mayor y forzó la dimisión de Golda Meir, pero la sociedad israelí aceptó el ajuste porque el aparato de seguridad asumió su parte. Ahora ocurre lo contrario: las agencias han decidido no asumir la culpa que Netanyahu les atribuye y devolver la pelota con material clasificado. El resultado es una crisis institucional de primer orden en la única democracia de Oriente Próximo con servicios de inteligencia de talla mundial.

Lo veo como un cambio de doctrina. Durante décadas, el Mossad y el Shin Bet se protegieron detrás del secreto y de la unidad de mando. Ahora han decidido usar la filtración selectiva como arma política interna. Es eficaz a corto plazo, sí, pero erosiona la confianza de los aliados de Five Eyes y alimenta la narrativa de un Estado profundamente dividido.

El daño ya está hecho.

Para España, el calendario es claro. La próxima reunión informal del Club de Berna —el foro europeo de directores de inteligencia— está fijada para finales de noviembre, y la crisis israelí estará sobre la mesa. Moncloa y el CNI deberán decidir si mantienen el nivel de intercambio actual con sus homólogos israelíes o si introducen cautelas. Me consta que en el CNI hay inquietud por la estabilidad de esa interlocución, clave en materia de contraterrorismo yihadista durante los últimos diez años.

La crisis entre el Mossad y Netanyahu no se resuelve con un comunicado. Se resuelve, o no, con una purga que lo separe del poder o con una victoria política que le permita limpiar la cúpula. Cualquiera de los dos escenarios deja a las agencias israelíes más políticas, más expuestas y más frágiles frente a sus adversarios. Y a España, más atenta que nunca a quién queda vivo en el despacho de al lado.