Pakistán bombardea Afganistán por tercera vez en dos semanas y Kabul denuncia nueve civiles muertos

El portavoz talibán Zabihullah Mujahid denuncia una 'agresión' tras los bombardeos sobre Kunar y Helmand. Islamabad asegura que mató a 22 milicianos del TTP en dos refugios.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? La Fuerza Aérea de Pakistán ha bombardeado objetivos en las provincias afganas de Kunar, en el este, y Helmand, en el sur. Kabul cifra nueve civiles muertos y once heridos; Islamabad sostiene que abatió a 22 milicianos en dos refugios.
  • ¿Quién está detrás? El Estado Mayor paquistaní atribuye la operación al rastro del Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), al que acusa de operar desde santuarios afganos con la connivencia del Gobierno talibán.
  • ¿Qué impacto tiene? Es el tercer bombardeo en dos semanas y rompe tres meses de calma relativa. La misión de la ONU en Afganistán acumula más de 1.100 muertos y heridos por violencia transfronteriza este año.

El tercer ataque de Pakistán sobre Afganistán en dos semanas deja nueve civiles muertos según Kabul y 22 milicianos abatidos según Islamabad.

Las explosiones se sintieron en Kunar, en la frontera este, y en Helmand, al sur del país, según el portavoz del Gobierno talibán, Zabihullah Mujahid. Kabul habla de nueve civiles muertos, entre ellos mujeres y niños, y de once heridos. Mujahid calificó los bombardeos de ‘acto de agresión y crimen que viola todos los principios reconocidos’.

La versión de Islamabad es la opuesta. El Ministerio de Información paquistaní aseguró que la operación se basó en ‘inteligencia creíble’ y golpeó de forma selectiva dos refugios de milicianos, donde murieron 22 combatientes. El comunicado insiste en que ‘la amenaza contra Pakistán emana de Afganistán’ y que la acción se dirigió con precisión contra ‘centros terroristas’.

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Kunar y Helmand: el patrón de una escalada que no cesa

No es un episodio aislado. Es la tercera vez en dos semanas que la aviación paquistaní ataca suelo afgano. La semana anterior, los bombardeos alcanzaron Kandahar y otras provincias y dejaron cuatro civiles muertos, siempre según el recuento del Gobierno talibán. Kabul no dispone de defensa antiaérea capaz de frenar incursiones desde el este, lo que deja a su población fronteriza en una posición de vulnerabilidad estructural.

El detonante de esta ronda está en el ataque contra una comisaría en el noroeste de Pakistán el mes pasado, que mató a 24 personas. La policía provincial atribuyó la autoría al Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), también conocido como los talibanes paquistaníes. Desde entonces, Islamabad ha elevado el tono y ha convertido los santuarios del TTP en Afganistán en su principal diana declarada.

Por qué Islamabad rompe la tregua que medió China

El estallido enterró alrededor de tres meses de calma relativa entre los dos vecinos. La violencia ya se había disparado en febrero y no fue hasta marzo cuando una mediación de China produjo un alto el fuego frágil, tan inestable que no ha resistido el primer semestre completo. La lectura estratégica es incómoda para Pekín: su papel de árbitro en la región queda tocado cada vez que una de las partes vuelve a las armas.

La posición de Kabul es de negación. El Gobierno talibán rechaza dar cobijo al TTP y sostiene que la militancia que ataca a Pakistán es un ‘asunto interno’ de Islamabad. Es el mismo argumento que Islamabad utiliza para justificar sus bombardeos: que la amenaza no nace dentro de sus fronteras. Dos relatos que se anulan.

bombardeo Kunar Helmand

En una entrevista con RT India, Mujahid insistió en que Afganistán solo se defiende tras la violación de su territorio. ‘Defendernos es nuestro derecho, pero no somos los iniciadores ni queremos que continúe’, dijo. La frase deja poco margen: Kabul no busca la guerra abierta, pero tampoco puede mostrarse sumiso ante una opinión pública que exige respuesta.

La frontera entre Pakistán y Afganistán se ha convertido en un tablero donde ninguna de las dos capitales puede retroceder sin pagar un precio político.

Equilibrio de Poder

Washington sigue con atención un flanco que considera secundario frente al Indo-Pacífico y a Ucrania, pero que toca de lleno su agenda antiterrorista. La retirada de Afganistán en 2021 dejó un vacío que ahora gestionan actores regionales: Pakistán por un lado y el Emirato talibán por otro, con China como mediador, con intereses propios. El precedente más útil es la crisis fronteriza de 2022, cuando los cruces de artillería causaron decenas de víctimas y ninguna de las partes logró imponer una disuasión estable. Entonces, como ahora, la línea Durand —nunca reconocida formalmente por Kabul— fue el origen del roce.

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Para España y la UE, el interés es indirecto pero real. Pakistán es un actor clave en la gestión migratoria y en la estabilidad de un sur de Asia que conecta con el Golfo. Cualquier escalada sostenida desvía recursos internos y multiplica los desplazamientos, un factor que Bruselas ya vigila en sus rutas mediterráneas. No hay bases españolas implicadas ni compromiso militar directo, pero la volatilidad del arco que va de Kabul a Islamabad forma parte del mismo sistema de riesgos que alimenta la inestabilidad en el Sahel y el Magreb, donde España tiene intereses de primer orden.

Lo que observamos es un patrón de represalias sin marco legal. Pakistán invoca inteligencia propia para golpear al otro lado de una frontera que no reconoce, y Kabul responde condenando sin capacidad de frenar. La ONU registra más de 1.100 muertos y heridos por violencia transfronteriza en lo que va de año. La próxima ventana crítica llegará si el TTP ejecuta un ataque de gran alcance contra una ciudad paquistaní, o si Kabul cede a la tentación de responder militarmente. Ninguna de las dos hipótesis es descartable. La mediación china se juega en las próximas semanas su credibilidad como árbitro regional, y con ella el frágil equilibrio de un sur de Asia que ningún bloque controla del todo.