China y Rusia bloquean en la ONU las sanciones a Irán nuclear y reivindican su programa civil

El E3 activó en agosto el mecanismo de restablecimiento al amparo de la resolución 2231, que Pekín y Moscú consideran jurídicamente nulo. El pulso traslada el expediente al terreno de la legitimidad internacional, con el OIEA como próxima ventana.

Las sanciones de la ONU sobre Irán nuclear vuelven a encallar tras el doble veto de China y Rusia. En septiembre, Pekín y Moscú impidieron en el Consejo de Seguridad la prórroga del panel que vigila el cumplimiento de las medidas contra Teherán.

El órgano de seguimiento había sido reinstaurado por la vía del snapback, el mecanismo que el Reino Unido, Francia y Alemania —el llamado E3— activaron en agosto para reactivar el paquete sancionador. Pekín y Moscú sostienen que esa reactivación es jurídicamente nula.

La disputa no es técnica. Está en juego quién decide cuándo se incumple un acuerdo nuclear y quién tiene autoridad para restablecer las sanciones. Y la respuesta ya no es unánime.

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Cómo un veto en septiembre dejó al E3 sin su órgano de vigilancia

La secuencia es la que sigue. En agosto, el E3 invocó el mecanismo de restablecimiento al amparo de la resolución 2231 del Consejo de Seguridad, que en 2015 respaldó el Plan de Acción Conjunto (JCPOA). En septiembre, la resolución presentada por Estados Unidos para prorrogar el mandato del panel de vigilancia se estrelló contra el doble veto.

En el debate de la Asamblea General sobre el uso del veto, el representante permanente adjunto de China ante la ONU, Sun Lei, defendió que Irán, como Estado parte no nuclear del Tratado de No Proliferación (NPT), debe respetar su compromiso de no desarrollar armas atómicas. Pero su derecho legítimo al uso pacífico de la energía nuclear, añadió, ha de ser respetado.

El veto no cierra el expediente iraní: lo desplaza del Consejo de Seguridad al terreno más resbaladizo de la legitimidad internacional.

Pekín, además, reparte culpas. Sostiene que el origen del estancamiento está en la retirada unilateral de Estados Unidos del JCPOA en 2018 y en la decisión del E3 de recurrir al snapback sin agotar antes la vía diplomática.

Pekín, Moscú y la interpretación del NPT: ¿programa civil o coartada nuclear?

El trasfondo añade presión. En febrero, según la versión que maneja Moscú, Estados Unidos e Israel atacaron Irán en una operación que Donald Trump presentó como un intento de impedir que Teherán obtuviera la bomba nuclear. Rusia la condenó y mantiene que el programa iraní es puramente civil.

Esta misma semana, en el foro de Valdai, Vladimir Putin insistió en que la propuesta rusa para trasladar a Rusia el uranio enriquecido iraní sigue sobre la mesa. Washington la aceptó al principio y después endureció su posición hasta rechazarla, según el propio presidente ruso.

La oferta rusa no es nueva, pero recupera valor en plena tormenta. Moscú la presenta como una salida técnica: sacar el material fisible de Irán y guardarlo bajo llave ajena. El problema es de confianza. Nadie cree ya que la otra parte vaya a cumplir.

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Equilibrio de Poder

Lo que observamos es que se dirime, en realidad, la arquitectura que sostuvo el control de armamentos desde 2015. Washington juega la presión máxima: sanciones, estrangulamiento económico, y una lectura del NPT según la cual Teherán no merece beneficio alguno mientras no se verifique hasta la última centrífuga. Moscú y Pekín apuestan, en cambio, por vaciar de contenido el mecanismo sancionador y convertir el tratado en escudo retórico: Irán tiene derecho al átomo civil, dicen, y ese derecho no admite tutelas.

Ojo al detalle: ambos bloques invocan el derecho internacional y ninguno de los dos acepta el instrumento del otro. Eso no es un choque de intereses puntual. Es la constatación de que ya no existe un árbitro compartido.

Para España este pulso llega por dos vías. La primera es energética: cualquier endurecimiento sobre el crudo iraní o una escalada en Ormuz encarece la factura que Madrid paga por el petróleo y por el gas y se traslada al IPC en semanas. La segunda es estratégica. Debilitada la posición europea, el bloque pierde capacidad para fijar reglas que tocan intereses españoles en el Sahel y el Magreb, donde la rivalidad iraní-saudí se cruza con la agenda migratoria y con la estabilidad de Marruecos y Argelia.

Bruselas se queda, además, sin instrumento multilateral justo cuando pretende perfilarse como actor autónomo en seguridad. El E3 actuó con la cobertura de una resolución que ahora se discute, y esa erosión no se repara con comunicados.

La lectura a medio plazo es la de un régimen de no proliferación que se fragmenta. Si el snapback queda en papel mojado, cualquier país con ambiciones atómicas tendrá argumento: si Irán no paga el precio, ¿por qué habría de pagarlo otro? Saudi Arabia no ha descartado dar ese paso. Ese es el verdadero daño colateral del veto.

El precedente más cercano es 2003. Entonces el Consejo de Seguridad se negó a avalar la invasión de Irak y Washington actuó igualmente. Se rompió la unanimidad. Ahora se rompe la mecánica: el mecanismo mismo que debía castigar el incumplimiento ha quedado neutralizado por un veto.

Cierro con la próxima ventana crítica. El siguiente informe del OIEA sobre las reservas de uranio enriquecido iraníes y la reunión de la junta de gobernadores del organismo marcarán el pulso. Hasta entonces, el expediente nuclear iraní seguirá vivo, pero huérfano de Consejo de Seguridad.