Estados Unidos y otros 16 países han sellado la ‘Kyoto Vision’, la alianza científica global diseñada para la era de la superinteligencia.
La firma se produjo en Kioto, durante la 23ª reunión anual del foro Science and Technology in Society (STS), un encuentro que reúne a ministros de ciencia y tecnología de medio mundo. La declaración conjunta, bautizada en inglés como Kyoto Vision for a Golden Age of Science y recogida en el comunicado oficial de la Casa Blanca, compromete a los firmantes a renovar sus ecosistemas de investigación y a abrir lo que Washington describe como una era dorada del descubrimiento y la prosperidad.
Qué dice exactamente la declaración que firman 17 países
El texto se articula en tres ejes. El primero apunta a mejorar las instituciones del descubrimiento: los ministros apuestan por diversificar los instrumentos de financiación —ayudas de larga duración, subvenciones rápidas, premios y desafíos— y por experimentar con nuevos modelos institucionales con distintos grados de autonomía y recursos. La metascience, la disciplina que estudia cómo se hace, se organiza y se financia la propia ciencia, queda reconocida como campo empírico de utilidad pública.
El segundo eje es el más ambicioso: aprovechar la superinteligencia para la ciencia. La declaración reconoce que la SI ya acelera tareas de investigación existentes y abre formas de indagación completamente nuevas, incluida la experimentación autónoma a gran escala. Los firmantes se comprometen a ampliar el acceso de los investigadores a herramientas de SI, datos científicos, infraestructura de cómputo e instalaciones experimentales.
El tercero se centra en el talento: identificar e invertir en estudiantes meritorios e investigadores en fases tempranas de su carrera. Hablan de formación práctica ampliada, programas doctorales transversales y becas. Michael Kratsios, director de la Oficina de Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca (la OSTP, el organismo que asesora al presidente en materia de ciencia), lo resumió así: ‘La forma en que hacemos los descubrimientos científicos ha cambiado, y la Kyoto Vision es un reconocimiento de ese giro y una llamada a la acción’.
La declaración no nace de la nada. En julio de 2026, Kratsios entregó a Donald Trump el informe Science: A New Golden Age, que la Casa Blanca presenta como la reconsideración más completa del aparato científico estadounidense en ocho décadas. Ese documento fijó las nuevas direcciones para las agencias federales: cómo investigan, cómo financian y cómo miden el impacto de la I+D en un contexto radicalmente distinto.
La ‘Kyoto Vision’ no es una cumbre más: es la internacionalización de una doctrina científica que Washington llevaba meses construyendo en solitario.
La lista de firmantes dice mucho. Junto a Estados Unidos aparecen Japón, Reino Unido, Alemania, Italia, Corea del Sur, Polonia, Argentina, Chile, Grecia, Bulgaria, Chipre, Indonesia, Kazajistán, Nueva Zelanda, Singapur y Emiratos Árabes Unidos. Diecisiete países, un bloque que mezcla potencias científicas tradicionales con economías emergentes del Indopacífico y América Latina.
España queda fuera de la foto: qué se juega con la nueva diplomacia científica

En esa lista no está España. Tampoco Francia ni Países Bajos, dos potencias científicas europeas. Es una ausencia que no pasa desapercibida en un momento en que la diplomacia científica se convierte en en moneda de cambio geopolítica. Firmar la ‘Kyoto Vision’ da acceso preferente a los marcos de cooperación que se diseñen para integrar la SI en la investigación: datos, cómputo, instalaciones compartidas y programas de movilidad.
Para el sistema español de ciencia, el aviso es relevante. El CSIC, las universidades públicas y los centros tecnológicos compiten por talento y por acceso a infraestructuras avanzadas. Quedar fuera del diseño inicial de estos marcos no equivale a quedar excluido para siempre —las coaliciones científicas se amplían con frecuencia—, pero sí implica llegar más tarde a la mesa donde se reparten las reglas. Y en tecnología, llegar tarde se paga caro.
No es un problema exclusivamente español. La propia composición de la lista revela la lógica que ha seguido Washington: países con los que mantiene una relación tecnológica estrecha, aliados del Indopacífico y socios de confianza en sectores estratégicos. España mantiene una relación científica sólida con EE. UU. en salud, energía, y física de partículas, pero no forma parte del núcleo que ahora define la agenda.
La Lógica de Washington
Para entender esta declaración hay que retroceder ochenta años. En 1945, Vannevar Bush —el ingeniero que coordinó la ciencia estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial— entregó al presidente Roosevelt el informe Science: The Endless Frontier, el documento que fundó el modelo moderno de financiación pública de la investigación en EE. UU. y que dio lugar a la creación de la Fundación Nacional de la Ciencia. Ocho décadas después, la Casa Blanca repite el gesto: un informe que reorganiza todo el aparato científico nacional. Es la misma jugada, con otro adversario y otra tecnología.
Lo que Washington intenta resolver es un problema de velocidad. La superinteligencia aplicada a la ciencia promete comprimir décadas de descubrimiento en años. El país que fije los estándares —cómo se integran los modelos de SI en el laboratorio, qué datos se comparten, quién define la métrica del impacto— tendrá ventaja durante generaciones. En ese terreno, Pekín no se ha quedado quieto. La coalición es, por tanto, un ejercicio de construcción de estándar antes que de solidaridad científica: Washington fija el marco y suma aliados para que ese marco se convierta en norma global.
Es una lógica que el Partido Republicano lleva tiempo abrazando. La política tecnológica ha dejado de ser un asunto de laboratorio para convertirse en política exterior. El informe de julio se apoya en una idea sencilla y muy de la era Trump: la ciencia es una capacidad nacional, y las capacidades nacionales se cultivan con estrategia. La presencia de Kratsios al frente de la delegación, un cargo de perfil tecnológico y cercano al sector privado, refuerza esa lectura.
La incógnita es si una coalición construida sobre la tecnología emergente aguantará la prueba de los años. Los acuerdos de este tipo rara vez se rompen por diferencias científicas; se rompen por diferencias sobre quién controla los datos y quién paga la infraestructura. Ahí está el riesgo. Para España, la lección es clara: la ciencia ha entrado en el tablero geopolítico, y no estar en la primera foto obliga a moverse con más rapidez después. La próxima ventana será la aplicación efectiva de los compromisos de Kioto en los presupuestos científicos de cada país, un proceso que se extenderá durante el próximo año.
Ficha del Caso
- El caso: Estados Unidos y otros 16 países firman en Kioto la ‘Kyoto Vision’, una declaración para renovar los ecosistemas científicos y aplicar la superinteligencia a la investigación.
- Datos clave: 17 países firmantes en la 23ª reunión del foro STS. La declaración se apoya en el informe ‘Science: A New Golden Age’, presentado a Donald Trump en julio de 2026 y descrito como la mayor revisión del aparato científico estadounidense en ocho décadas.
- Para España: España no figura entre los firmantes, igual que Francia o Países Bajos. Quedar fuera del diseño inicial de los marcos de cooperación científica en SI implica llegar más tarde a las reglas que se repartan.

