De Calvo-Sotelo a Sánchez: los ocho adelantos electorales desde 1978

El adelanto electoral es una prerrogativa del presidente del Gobierno. El artículo 115 de la Constitución le faculta para disolver las Cortes antes del final de la legislatura siempre que lo acuerde tras deliberar en el Consejo de Ministros y bajo su exclusiva responsabilidad, y que no haya una moción de censura en trámite. Las elecciones deben celebrarse entre 30 y 60 días después de la convocatoria. Desde 1978 la herramienta se ha usado en ocho ocasiones, la primera hace más de cuatro décadas.

El criterio de esta selección es estricto: solo figuran las disoluciones anticipadas decididas por el Ejecutivo en ejercicio, no las elecciones repetidas que han llegado tras investiduras fallidas, como las de junio de 2016 y noviembre de 2019. Siete de los ocho adelantos llevan la firma de un presidente socialista —cuatro de Felipe González, uno de Zapatero y dos de Sánchez—; el octavo fue de Leopoldo Calvo-Sotelo, de UCD, en 1982. Ningún presidente del PP ha recurrido a ella.

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De junio de 1986: Felipe González adelanta para rentabilizar el ‘sí’ a la OTAN

Felipe González convirtió su victoria en el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, celebrado el 12 de marzo de 1986, en el argumento central para disolver las Cortes y convocar elecciones generales el 22 de junio de ese año, cinco meses antes de que expirase la legislatura. El presidente del Gobierno había ligado su continuidad al resultado de una consulta que se saldó con el triunfo del ‘sí’ por un margen estrecho —en torno al 52,5% de los votos, con una abstención superior al 40%—, tras una campaña en la que llegó a anunciar que dimitiría si se imponía el ‘no’. Con ese aval, y aprovechando que la oposición de derecha y el espacio comunista atravesaban momentos de división, adelantó los comicios para rentabilizar el impulso del referéndum y evitar varios meses de incertidumbre electoral.

El Gobierno hizo coincidir las generales con las elecciones autonómicas andaluzas que ya estaban fijadas para ese 22 de junio, un ahorro de costes que el ministro de Economía, Carlos Solchaga, defendió como forma de eliminar incertidumbres para la economía. La apuesta salió bien: el PSOE revalidó la mayoría absoluta con 184 escaños y el 44,06% de los votos, pese a perder 18 diputados y más de un millón de sufragios respecto a 1982. Fue una victoria atribuida más al liderazgo personal de González que al propio partido, con un Manuel Fraga que se estancaba y una «Operación Roca» que se estrellaba sin entrar en el Congreso.